27 diciembre, 2011

"...y en la espera vagamos, indiferentes..."

Oye el sonido del agua cayendo en la ducha. Va al minibar. Se sirve un ron. Sin hielo. Busca el atado entre las botellas. No está. Palmea los bolsillos del pantalón y recuerda que ha dejado los cigarrillos en el saco. El saco está doblado, colgando del respaldo de una silla, al otro lado del cuarto. Al pasar frente a la puerta abierta del baño, ve claramente la sombra de Berenice proyectada contra el cristal esmerilado de la mampara de la ducha. Ama la idea del agua jabonosa escurriéndose entre sus tetas. El inequívoco cosquilleo que antecede a una erección lo complace. Llega junto a la silla. Encuentra el atado en el bolsillo interno del saco. Saca un cigarrillo y el encendedor. Golpea el filtro del cigarro contra el encendedor dos, tres veces. Luego, lo prende con una larga y profunda pitada. Suelta el humo bruscamente, creando un aura descompuesta y atolondrada alrededor de su cabeza. Mira por la ventana. El río se ve tan plácido y la noche tan serena. Abre el ventanal y entra una ráfaga de aire tibio. Con el cigarro entre los labios, va a buscar el sillón rojo que está junto a la cama. Lo acomoda frente al ventanal y vuelve sobre sus pasos para buscar un cenicero que ha visto entre las botellas. Pero al volver a pasar frente a la puerta abierta del baño, ve otra vez la sombra de Berenice proyectada contra el vidrio y se detiene. Se queda mirándola. Está quieta, con la cabeza gacha, dejando el agua correr por la nuca. Un vaho denso de vapor de agua se ha acumulado contra el techo del baño y empieza a bajar para escapar por la puerta. La sombra de Berenice se ve lánguida, apenas asimilable a ese cuerpo de mujer que él conoce bien y que ahora es apenas la sombra de un recuerdo, la sombra. Aspira el cigarro, que se consumía olvidado entre sus labios, cuando el inequívoco cosquilleo que precede a una erección le recuerda que está fumando y le impone la obligación de hacer algo. Se palmea los muslos como quien se sacude una inercia y mueve la cabeza a ambos lados. Sigue hasta el bar, agarra el cenicero y vuelve al sillón que ha dispuesto frente al ventanal. No se detiene frente al baño, pues no lo necesita para saber que Berenice sigue inmóvil bajo el agua. Conoce esa costumbre. Permanecerá así larguísimos minutos. Acomoda el cenicero en un posabrazos del sillón y sacude las cenizas. Recuerda el ron servido. Deja el cigarro en equilibrio en el borde del cenicero y cruza una vez más el cuarto para buscar su vaso de ron. Parado junto al minibar, casi de espaldas a la puerta del baño, prueba el trago. Le resulta innecesariamente agresivo y le agrega hielo. Vuelve al sillón. Aún no se sienta. Permanece junto a la ventana, mirando el río, degustando el ron (seco, siete años), escuchando el agua de la ducha golpear el cuerpo de Berenice, la loza de la bañadera, el cristal esmerilado. Se queda unos instantes absorto en el humo del cigarro. Luego vuelve a mirar el río. Parece tan calmo, tan quieto, tan mudo. Una camioneta negra llega desde el puente que conecta la isla por el sur y se detiene en la costanera. No ve bajar a los dos tipos que unos instantes después adivina por las brasas rojas que se encienden junto al vehículo. Se acerca al sillón y agarra el cigarrillo. Le da otra larga pitada y vuelve a expulsar el humo bruscamente. Finalmente, se sienta. Siente casi un sobresalto cuando advierte que el ruido del agua se apaga. En la oscuridad del cuarto, escucha la mampara deslizarse y abrirse. Berenice sale de la ducha.

Cierra los ojos. Proyecta en el cristal (esmerilado) de su mente una sombra del cuerpo de Berenice, tal como otras veces lo ha visto saliendo de la ducha. Su marioneta acompaña, supone, los movimientos casi rituales de Berenice, el pie derecho alzándose primero para sortear el borde de la bañadera, la mano izquierda estirándose para alcanzar el toallón mientras la cabeza se inclina a la derecha, arqueando el torso, para que el pelo negro y largo, empapado, cuelgue liso y pesado y escurra y pueda envolverlo con el toallón al mismo tiempo que endereza el torso y revuelve la toalla con ambas manos, que despliegan inmediatamente el paño para bajarlo por la espalda, envolver el pecho, secar los senos, el pliegue entre los senos, el abdomen, el vello de la entrepierna y luego el muslo derecho, que se levanta un poco mientras el pie se apoya de puntas en el suelo, para cambiar a la otra pierna, el mismo gesto, el mismo apoyarse en la punta de los dedos. En el momento en que el avatar de su mente toma el secador de pelo, el ruido de la máquina, desde el baño, le confirma la exactitud de sus recuerdos. Berenice se seca la cabeza moviendo el secador en círculos con la mano derecha, mientras la izquierda abre el pelo en hebras para facilitar el paso del aire caliente. Aunque lo espera, el silencio que sobreviene cuando Berenice apaga el secador lo sobresalta. Escucha el click de la llave de luz y la oscuridad en el cuarto es entonces absoluta. Él no se vuelve para ver a Berenice salir desnuda del baño. Le basta con saberla. Ella no dice una palabra y se le acerca. Le acaricia el pelo y le saca el cigarrillo. Aspira casi con el mismo ansia que él, pero expulsa el humo de manera más suave, empujándolo hacia arriba, en una bocanada larga. Le devuelve el cigarrillo, ya casi apenas filtro. Se acerca a la cama, donde está su ropa de ayer y de antes de ayer. Y de antes de antes de ayer. Se viste.

-¿Estás lista?- pregunta él, rompiendo el silencio.

-Si- le contesta ella.

-Dos matones de tu marido nos esperan afuera.

-Vamos- le dice Berenice.

12 diciembre, 2011

Una de clausura

1938, 13 de agosto. San Ponciano, Papa y mártir.

Antes de Vísperas

Llueve. Tenía grandes planes para hoy por la tarde, pero el Señor ha querido desencadenar una lluvia no muy fuerte pero persistente. Habrá que acatar Su voluntad y recogerse en oración, puesto que no es posible salir a hacer obras.

O, tal vez, Él quisiera que hoy saliéramos a predicar bajo la lluvia para dar testimonio de fe. ¡Señor!, ¡a veces es tan difícil interpretar tu Voluntad!

Sor Ludovica llama a Vísperas. Me dispongo a orar.


Después de Vísperas


Durante la oración he cometido un curioso error con el Padrenuestro. He dicho “y perdona nuestras vidas, así como nosotros...”. Pienso que el Señor me llama a meditar sobre algo con ese error. No es que otorgue crédito a las enseñanzas de este judío alemán acerca del cuál no sé más que las anatemas lanzadas en su contra por el Padre Antonio, pero he comprendido que es mi vida entera la que me hace merecedora del castigo de Adán.

Pido perdón al Señor de los cielos si con este pensamiento he dudado de las enseñanzas de la Santa Iglesia. Temo haber incurrido en herejía.

Espero conversar de esto mañana con el Padre Antonio, durante la confesión. Es que siento que con mi vida no he honrado suficientemente la misión que el Señor tenía prevista para mí. No he sido madre, no he sido esposa, no he hecho de mi vida un camino abnegación. Aún estoy a tiempo de consagrarla a la oración y la penitencia y al servicio a los pobres.

Pero temo que no he honrado tampoco mis votos.  ¿Acaso dudo de mi fe?

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. ¡Dios mío!


Retomo la escritura luego de orar. No pude refrenar el impulso de arrodillarme sobre el suelo frío para mortificar la carne. Nunca es suficiente. Sin embargo, sospecho de la vehemencia con que me arrojé en oración.

¡Dios mío! ¡Cuántas pruebas nos trae el día a cada hora! ¡Qué vigilante el espíritu debe permanecer para mantener lejos la duda, la pasión, la tentación!

Sor Ludovica llama a cenar. Tengo hambre. Otórgame, Señor, mesura en la mesa y un caldo bien cocido.


Antes de Completas

Vengo ahora del refectorio. Agradezco al Señor las papas crudas que nos sirvió hoy Sor Inés. ¡Ay, mi Dios!, sé que no debería utilizar este lenguaje irónico y que debería ser piadosa con la torpeza de Sor Inés, pero es que toda esta semana ha sido igual. Todo el convento acusa los efectos de las papas crudas. Pido al Misericordioso que perdone la desidia de Sor Inés, pero sobre todo le pido que la ilumine en el cumplimiento de sus deberes. Que cocine las papas como Dios manda.

¡Ay Dios! Pido también perdón al Altísimo por mis palabras.

Debo tal vez leer los Evangelios para aquietar mi espíritu.


Sor Ludovica llama a Completas. Interrumpo la lectura de los Evangelios y me dispongo a orar.


Después de Completas

En mis intenciones de hoy, he orado por Sor Inés y he pedido perdón por mis pecados.

Hoy la hermana Albertina anunció que dejaba el convento y los hábitos. No ha querido dar explicaciones y la Madre Superiora cubrió su vergüenza con un piadoso manto de silencio, pero todas sabemos que la hermana Albertina ha cedido a la tentación de la carne. ¡Señor! ¡Los medios del Malo pueden ser tan evidentes! ¡El carnicero! Sor Inés no cocina tanto estofado como para requerir los servicios del carnicero tres veces por semana. La hermana Albertina lo recibía y se quedaba con él largas horas, que me perdone el Señor si exagero, en el locutorio. No puedo decir que los haya visto jamás comportarse en modo inapropiado, quiero decir, no es que los haya espiado, Dios no lo permita, pero, ¡Señor!, han pasado ahí muchas horas a solas. No sé por qué la Madre Superiora tardó tanto en someter los encuentros a estricta vigilancia. ¡Ya lo maliciaba yo desde mucho antes! ¡La hermana Albertina es tan joven! Y el carnicero, a decir verdad, tan buen mozo.

¡Señor! Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.


Después de Maitines

Estoy nuevamente en mi celda. Me ha traído la hermana Josefina. Dice que me halló helándome bajo la lluvia. Aparentemente, me he desvestido y he corrido desnuda por el claustro. Cuando la hermana Josefina me encontró, dice, estaba yo repitiendo maníacamente el Padrenuestro. ¿He sido poseída, Señor? Sin dudas que mi intención ha sido nuevamente mortificar la carne con el frío, pero no logro recordar nada. ¡He repetido el Padrenuestro! Dijo Nuestro Señor Jesucristo: “Cuando recéis no uséis muchas palabras”. Lo sé, lo sé, lo sé. De memoria, lo sé. Está en Mateo, 6 7-15. Pero dice la hermana Josefina que no podía detenerme. Ha debido propinarme unas buenas nalgadas para hacerme volver en mí. Testimonio son mis posaderas enrojecidas. Ella me besó y cubrió de amor a Dios para aplacar mi espíritu atormentado.

¡Señor! ¡Cuánta Gloria en el amor de nuestras hermanas, cuán piadosos corazones habitan esta casa!

Es muy tarde. Debo otorgar descanso a mi cuerpo y a mi alma. La hermana Josefina me ha prometido no informar de los acontecimientos a la Madre Superiora. Temo que se esté condenando.

Antes de dormir, rezaré por ella y por su alma.

02 diciembre, 2011

Remedios para el dolor

“...como si Dios nos hubiera dado
a cada uno un círculo a llenar. A mí, con esto –y levantó la
trompeta–. A usted, con lo que sea –se interrumpió–. De qué trabaja usted.”

Noche para el Negro Griffiths, Las panteras y el templo, Abelardo Castillo.


-Si no te gusta, andate.

Ahí estaba yo, con todo mi mal genio de cuarentón divorciado, echándola.

En resumen: que había empezado a venir sin llamar, que ya se había dejado un cepillo de dientes, que tenía varios pares de aros tirados en mi mesa de luz, que ya había asumido la responsabilidad de mantener la heladera provista de queso blanco y sin sal. Hasta ahí, vaya y pase.

Pero hoy había hecho una sugerencia inaceptable.

- Esa trompeta... ¿podrias meterla en el estuche y sacarla del medio, no? Si al final yo no te he visto tocarla jamás.

Punto final. Es asi, uno lo sabe. Como que a uno le ha tocado estar del otro lado y ser el infeliz que dice exactamente la frase que informa al otro que nada de eso tiene sentido: que no tiene swing. Esta vez, le tocaba a ella.

Fijate, boluda, pensé, o casi ni pensé, sí, a veces toco esa trompeta. Normalmente, cuando vos no estás, fijate. Pero además su presencia ahí, de pie en ese aparador, junto a los libros, o tirada sobre la mesa del comedor, entre las migas, es un testigo, un testimonio. Un recordatorio de mi tiempo perdido. Debe estar ahi para que yo no pueda olvidar.

En cambio, fui más sintético:

-Si no te gusta andate.

-Mirá que sos pelotudo- fue su reacción.

-Más a mi favor. Andate y listo.

-Solo, te vas a quedar.

¿Pero no ves que ya estoy solo? ¿Que hace años que estoy solo y que tu presencia, tus gustos decorativos, tus manías alimentarias, las tuyas o las de cualquier otra, no van a cambiar eso? Yo ya sé que estoy solo. Hace rato que sé que estoy solo. No es que me haya sido fácil de aceptar, pero ahora lo comprendo. Lo sé desde la primera mañana a solas con las pesadillas de la víspera, con mi mujer todavía al lado, desde la primera noche después de mi divorcio, desde que la nena me preguntó qué era morirse.

La hice más corta:

-Por eso, haceme el favor y andate.

Después que se fue, saqué la basura, puse música de Youtube y me fui a dormir.


02 noviembre, 2011

Día de los muertos

Ya sé, me van a decir que exagero, que manipulo los hechos, que enmiendo, corrijo, que busco el efecto. Pero les juro (por Todos los Santos, pulgar e índice en cruz sobre los labios) que lo que les voy a contar corresponde a la verdad, que hoy, a las siete y media de la mañana, el remisero que me llevaba a la parada del micro, sin que viniera a cuento de nada, porque sí, por mera necesidad de desahogo, me dijo que estaba mal por su padre, por lo que había pasado con su padre, que se había ido a Mar del Plata, que se había metido en el mar. Que no había vuelto a salir. Que sufría acúfenos, esa enfermedad del ruido permanente en los oídos, que tenía 82 años y que estaba harto, que no lo soportó más. Se fue a Mar del Plata y se metió en el mar. Y no salió.

Y es así como se los cuento, les juro (por Todos los Santos, pulgar e índice en cruz sobre los labios), que por si no bastara ese asomarse de la Parca, recién, hace un rato nomás, el taxista que me traía de vuelta a casa, a cuento de nada, por mera necesidad de desahogo, me contó de su mujer, del accidente cerebrovascular a miles de kilómetros, de que tuvo que traerla, con una pierna paralizada, de los 7000 pesos que le cobraron, que la plata no importa. Que la operaron, que ella no quería que la operaran, que no quería que él firmara la autorización. Que la operaron igual, que si no la operaban se moría, o quedaba en silla de ruedas. Que después de la operación él la vió bien, dormida, pero bien, respiraba, y que al otro día todavía dormía, y al otro y al otro y que le dijeron que era por los sedantes, para ayudar al cuerpo a recuperarse y que se murió al día siguiente. Que la hizo cremar. Que le compró una cajita y que ahora está con su madre, que ahora descansa en paz. Que ya pasaron unos días pero todavía no abrió el ropero. Que lo va a hacer uno de estos días, con su hija.

Es así, les juro, como les cuento. Una de esas cosas que se cuentan creyendo que así uno se libera de ellas.



A la memoria de mis muertos queridos.

30 octubre, 2011

Una de facinerosos

Araujo, querido, qué semana del orto. Este laburo de mierda, qué te voy a contar. El lunes me agarró una contractura de esas que te matan. La cuestión es que tenía un mareo que no podía ni pensar. Peor que borracho, todo el tiempo. No se puede laburar así, podés hacer cualquier cagada, viste. Ya me pasó una vez. No me podía ni parar. Dicen que son las preocupaciones. Esta vez, no perdí tiempo y me empastillé de una, y ayer fui ver al Tordo.

Resulta que tengo el cuello rígido y un principio de artrosis. Qué mierda. Artrosis es enfermedad de viejo. ¿Estoy viejo, Araujo?

La cuestión es que no pude ir a hacer ese laburito que te dije, viste. Yo creo que el Roto me va a salir a buscar a mí. Decí que tuve tiempo de avisarle a Karpasczy. El polaco ese es bueno, no se le escapa ni un cliente, pero siempre deja todo muy enchastrado, llama mucho la atención y después el Roto se tiene que andar bancando los titulares "Triple crimen en Pereyra: ¿mensaje mafioso?". Si dan ganas de mandar un anónimo y decir "si, boludo, qué te pensás que es, ¿un libro de versos?".

Pero claro, al Roto no le hace gracia el chiste. Es muy serio. Le gusta más como laburo yo. Dice que lo mío es más "quirúrgico". Le gustan esas palabras, al Roto. Pero imaginate, con el mareo que tenía la semana pasada a ver si me queda alguno boqueando o me la pegan a mí, qué se yo. Yo no podía. Y Karpasczy aceptó un cincuenta; después de todo, era laburo mío. Un cincuenta está bien, ¿no? ¿Vos decís que me zarpé? No creo, un cincuenta está bien. Creo. Por ahí un sesenta. Ya está, el laburo está hecho y ahora el Roto me busca.

Me dijo Artiola que está caliente. Que dice que no puedo borrarme sin avisarle. Que Karpasczy es medio bocón y la puede cagar con cualquier pelandrún que hace policiales para Diario Popular. Por mandarse la parte, nomás.

Qué merda. Me vuelve el mareo. No puedo pensar, Araujo. Yo no creo que Karpasczy sea tan boludo. En este laburo no durás 7 años, como él, si sos tan boludo. Siete años amasijando giles. No, boludo no podés ser.

El Tordo me dijo que siga con las pastillas. De la artrosis no me dijo nada. ¿Se puede seguir en este laburo con artrosis? Yo no sabría qué hacer y no me da para jubilarme. Si yo me siento un pendejo. Preguntale a la jermu de Rodríguez, si estoy tan viejo, je. Rodríguez se tiene que cuidar. La mina anda boconeando boludeces. Que se queda con vueltos. Yo creo que el Roto se la tiene jurada. Lo anda dejando arrimarse mucho, lo trata de amigo. Si el Roto te trata de amigo, tenés que desconfiar. Miralo al Tano Petruzzi. Que parecía que el jefe era él. Y todavía buscan pedacitos en Parque Pereyra.

Ese laburo lo hice yo. Me dio pena, el Tano. Habíamos tenido varios encargos juntos y nos cagamos de risa, como cuando se nos desparramaron las tripas de un buchón por el camino de Boca Cerrada. Lo llevábamos para Ensenada y se nos abrió la caja de la chata. También, a quién se le ocurre llevar un fiambre en una chata. Estábamos bastante del orto. Para relajar después del laburo, viste. Pero qué problema nos íbamos a hacer, si por esa zona no pasa nada, es tranqui. Viste cómo es Boca Cerrada. El pozo más chico entra un chabón parado. Nos comimos un pozo y se desenganchó la puerta. El fiambre rodó al asfalto. Menos mal que nos avivamos. Lo habíamos tenido que coser a puntazos y con la caída se le fueron las tripas por los agujeros. Rodó como cincuenta metros y dejó el desparramo. Nos bajamos con el Tano y juntamos lo que pudimos. Después de todo, la idea era que hiciera de carnada de los dorados. Y el Roto que dice que lo mío es quirúrgico. Quedaron restos de tripa, igual, y pensamos que los caranchos se iban a ocupar. Pero algún pescador lo tiene que haber notado, porque me dijeron que salió en El Día de La Plata un suelto sobre la ineficacia de los transportes de los mataderos. Como si los mataderos no estuvieran por el lado de Gorina, bien en la otra punta. Menos mal que no salió lo del mensaje mafioso.

Pero bueno, lo tuve que amasijar al Tano. El jefe se la tenía jurada, por agrandado y bocón. Le dimos el Bola y yo. Lo agarramos saliendo de la casa y lo metimos en el auto. Como era de los nuestros, lo fusilamos en Parque Pereyra. El Bola lo descuartizó; medio que le gustan esas cosas, mucho morbo. A mí el Bola no me da confianza. Estuvimos como hasta las cuatro de la mañana dando vueltas por Pereyra, a oscuras, sin luces, sembrando pedazos por acá y por allá. Al primo del Tano, que es tira y manejaba con él los camellos de Altos de San Lorenzo, le mandamos el dedo con la alianza en un ataúd chiquito. La idea fue del Roto. Lo había leído en algún lado. Al Roto le gustan esas cosas.

Por eso te digo, que Rodríguez se cuide. Y por eso te digo que Karpasczy no puede ser tan boludo.

Pero no hay que abusar. Mañana le salgo al cruce y lo voy a ir a ver al Roto, explicarle y ver si garpa. A ver si encima me tengo que arreglar con Karpasczy. Pero todavía estoy mareado.

Qué poronga. Me tocan las pastillas de mierda.

Cuidate, Araujo, aunque yo sé que a vos difícil que te hagan cantar ninguna.

21 octubre, 2011

Los pesos muertos

Arrastro tantos muertos, tantos cuerpos muertos en el propio cuerpo, tanto cadáver encima y amontonado, que la vida pesa de puro agobiada, sometida al esfuerzo bruto de arrastrar: los pesos muertos. Pero no puedo desprenderme de los cadáveres de ensueño o pesadilla. No puedo abandonarlos a su suerte (suerte de disolución la perra suerte de todo cuerpo, a la inmundicia de la intemperie o en la púdica intimidad del féretro). Ellos aún están tibios, aún no hieden, y son el testimonio de tanta cosa viva y caliente que ahora no está y sin embargo se siente, como si estuviera presente y es apenas recuerdo o sombra o velador velando, el que vela y se queda sin embargo: no se puede o no se trata. Sobre todo eso: no se trata, ni siquiera intento desprenderme de los cuerpos. Si ellos se fueran, si ellos partieran a su suerte, ¿qué sería de mí sin su recuerdo? Acaso sean el lastre que me mantiene en tierra, que frena mi levitación: después de todo, una disolución del cuerpo en el espacio, hacia un cielo fértil o imaginario, lugar donde habita Dios, y la abuelita y a donde se van los perros y a donde se fue el gato. El cielo, eso que ya sabemos: el lugar donde les dicen a los niños que están los muertos.

Allí irán si los suelto.

Entonces los duelo. Los llevo conmigo a todas partes por que no sé adónde estoy si me los dejo, toda la noche despierto, porque dormir es morir un poco y ellos son testigos de que yo soy el que los velo.

16 octubre, 2011

Ñam

Morder es un acto reflejo. Una fatalidad. Inadvertidamente, te llevás la cosa, ni muy rígida ni muy plástica, a la boca y con los dientes violentás su límite elástico. Pum: deformada. Al principio, son unas pocas marcas, pero, con la repetición, ese extremo (porque la cosa tiene extremos y por lo general mordés siempre el mismo) se va achatando, convertido en una superficie nudosa. La mugre comienza a instalarse entre los pliegues, tal vez algún minúsculo jirón se levanta y despega, y la superficie, al principio lisa, se transforma en algo arrugado y sutilmente peludo. En los casos más extremos de deformación por masticación, se pierde la función.

Come on.

Mordedores obsesivos, manojos de ansiedad, alteran la forma cónica inicial a tal punto que la capacidad del objeto de contener, cobijar y proteger, para la cual fue concebido, se pierde. El destino es el extravío. Estas piezas menores (apenas de la longitud de un par de falanges, y de una circunferencia máxima de unos siete u ocho milímetros) terminan olvidadas y perdidas. La verdad es que esto suele pasarles aún cuando la masticación no las deforme: son, en definitiva, accesorias, superfluas. Pertenecen a un especie variopinta que acompaña a otros objetos de utilidad más evidente. Por lo general son blancas. Al menos, son blancas aquellas que por lo general se mastican. Pero las hay negras, verdes, rojas o azules, todas susceptibles de masticación. Como dijimos, su forma es cónica, o mas bien ojival. Sí, son más bien ojivas huecas destinadas a abrigar en su interior el extremo de su objeto acompañante. Poseen además una especie de apéndice con forma de agujeta que prolonga su silueta a partir de la base. La función primaria de esta agujeta es permitir al objeto y su acompañante permanecer asidos a bordes delgados tales como bolsillos o tapas de libros. No obstante su función prevista por diseño, estas agujetas pueden emplearse para producir un sonido ligeramente latoso y chasqueante, como el de un resorte o muelle, aunque de volumen y calidad insignificantes para fines musicales. El juego de chasquear esta agujeta puede, perfectamente, acabar en rotura, por lo que es frecuente que la mutilación sea un paso previo al descarte.

Así, percutidas, mordidas, deformadas o mutiladas, estas piezas cumplen un ciclo de vida que va desde la irrelevancia al ovido.

09 octubre, 2011

Días que cambiaron al mundo

Nuestro hombre tuvo una idea. Pensó que sería muy provechosa, que lo haría rico y que cambiaría el mundo. Sin embargo, no podía plasmar sus fantasías sin ayuda. Buscó socios. Los encontró. Comenzaron el desarrollo y les fue bien, la idea funcionó. Muchos otros hombres, por todo el orbe, reclamaron haber tenido la misma idea o haber pensado sus bases. Eso no cambió nada: nuestro hombre y sus socios siguieron adelante, lograron seducir a los más ricos, a los poderosos, y se posicionaron como líderes en un nicho nuevo y prometedor. No obstante, a nuestro hombre no le fue tan bien con sus socios. Lo hicieron a un lado y se quedaron con la empresa. Terminaron los proyectos, mejoraron los desarrollos, expandieron la obra y nuestro hombre, al final, como no puede ser de otro modo, se murió gozando del reconocimiento de los ricos y poderosos.

¿Jobs? ¿Qué Jobs?

Yo estoy hablando de Johannes Gutenberg y su socios, Peter Schöffer y Johann Fust.

04 octubre, 2011

Nubes y viento en el horizonte

“Siempre habrá vasos vacíos...”
LFC.

Berenice tomó de un sorbo su trago y se recostó. Noel se acercó y le tocó el hombro. Berenice se sobresaltó, no mucho, un momento fugaz. Estaba muy en lo suyo, concentrada en el sol, o en el viento, en cualquier cosa, menos en Noel, imperceptible para ella, perdido, lejano, como en otro mundo.

-Te perdiste -dijo Noel.

-Si, perdón -dijo Berenice, sin convicción.

-Pero te encontré...

Ella siguió con la vista en el horizonte. Noel no supo qué hacer con ese silencio obstinado, duro y definitivo.

-Traje otro trago -dijo Noel.

-¿Y?

-¿Querés? -insitió él.

-No.

Noel no supo cómo seguir. Dudó, y al fin se sentó en el suelo, junto a Berenice, sobre la arena húmeda, viejísima, un vaso en cada mano. Miró la arena, buscó en ella alguna señal. Luego, miró el horizonte, hacia donde miraba Berenice. No vio lo mismo, seguramente. Sólo nubes. Y horizonte. Puto horizonte. Homogéneo horizonte. Liso e infinito horizonte.

-¿Qué ves? -dijo.

-No mucho -contestó ella, impasible.

-Nubes, veo yo. Vienen del sur.

-Si, hay nubes -admitió Berenice.

-Y viento. Bueno, el viento no se ve, pero se siente.

-No me jode. El viento, digo, no me jode.

Los ojos de Noel volvieron al suelo. Quedaron en silencio. Enorme y liso silencio, como el horizonte.

-Me voy -dijo Noel.

-Al fin -dijo Berenice.

Y el sol tibio, y el viento que no jode y el vaso vacío.

10 septiembre, 2011

Falsarios filisteos!!!

Faulkner, escribiendo cuentos, es así: se pasa párrafos describiendo acciones más o menos triviales y morosas (un tipo que vuelve de la siega, caminando por el campo, subiendo y bajando colinas, olfateando las mujeres que le cruzan el paso, mirando el movimiento del sol y el lento y rural paso del tiempo) y cuando tu paladar de ritmo urbano está a  punto de decir "come on, William", te descerraja un tiro como este:

"El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo".

Tomá pa' vos.

Se vuelve un buen momento para apagar la música, enfrentar el silencio y seguir leyendo.

05 septiembre, 2011

Moving backwards

O un nuevo aporte para la arqueocoverología


Una vez más, la cadena empieza más o menos por el final. Hace mucho, mucho tiempo, francamente, Luc usó esta canción en un post suyo que ahora no pude volver a encontrar:



Yo nunca fui un gran fan de Bowie. Me gusta, eso sí, un disco que sus fans y alguna crítica consideran menor, Outside, y, aún más y en su momento, la Tin Machine. Pero aquel día que Luc usó esta canción en su post, la cosa funcionó tan bien que ahí quedó alojada en mi memoria, una hermosa canción.

Y ahora, en estos tiempos de Youtube me vengo a enterar de que Bowie grabó este tema como homenaje a Nina Simone:



La voz de Nina es insondablemente blue. Suena tan escalofriantemente triste, tan sola, tan desamparada, que resulta verdaderamente difícil entender que todo haya partido de aquí:



Y esa es la parte interesante de la arqueocoverología: que es absolutamente incapaz de explicar cómo una canción tan fea como la de Johnny Mathis pudo convertirse en esto otro tan triste que Bowie y Nina trajeron a nuestros oídos.



[
Diggin' the Tube - otras versiones de Wild is the wind, ya para siempre marcadas por la tristeza de Nina:
la inimputable Barbra Streisand, tan irrenunciablemente hollywood;
Cat Power, toda darkie, ella, ella y un redundante piano solo;
y una chica y su contrabajo: Esperanza Spalding, Piazzolla sobrevolando, vagamente un tango.
Y hay más, claro.
]

02 septiembre, 2011

Introducción al análisis estructural de los relatos


“...el relato se burla de la buena y de la 
mala literatura... el relato está allí...”

Quién otro: Rolando Barthes, taxista.

Saliendo del cine, mi niño y yo.

-¿Viste que la historia del Linterna Verde este es la misma que la de Po?

-¿Qué? ¿Kung Fu Panda?

-Si. ¿No viste que a este también lo elige una fuerza del destino para luchar contra el mal?

-Ja. ¡Si, el marciano moribundo es como Oog Wei!

-Si, si. Y Sinestro es como Shifu.

-¡Si! ¡No cree que vaya a poder salvar a todos!

-Eso.

Mi pibe se queda pensando y yo lo dejo. Caminamos en silencio, no exagero si digo que un par de cuadras, lo cual es mucho para mi pequeño saltamontes. Entonces, habla:

-Linterna Verde tiene miedo, como Po, que le tiene miedo a Tai Lung.

-Es verdad. Y los dos superan el miedo.

Qué se lee es importante. Es la única manera de educar el paladar, en un ejercicio que de alguna manera es el camino para alcanzar mayor sofisticación, cosa que ahora no podría explicar por qué me parece valiosa. Qué se lee es importante. Pero para que eso no sea sólo un ejercicio esnob, es necesario algo más, determinante: cómo se lee.

Como sea, a mi me gustó mas Kung Fu Panda.

30 agosto, 2011

Araca lo' ninja

Me gustan las mezclas, los desplazamientos, los mestizajes, las soluciones impuras. Me hablan de inquietud, de insatisfacción y de búsqueda. Me dan una idea de eso que algunos llaman “deseo”.

Lo de estos chabones, la verdad, después de escuchar tres o cuatro temas, me decepcionó. Se me fueron presentando cada vez más como una mezcla rara entre Kenny G y Joe Satriani, pero en pilcha samurai (creo que el principal problema es que, si su oído japonés se nutre de una tradición milenaria, su oído rockero atrasa por lo menos diez años; en fin).

Aún así, esto es propiamente una maza:



El coso este se llama Shamisen, vine a enterarme. Es el mismo coso que toca el japonés que hace de japonés en el video de Playing for change que puse hace un par de posts (y me refiero al japonés, no a la japonesa, que toca el tiki taka). Es lo que suena para enjaponesar Shima Uta en la versión de Alfredo Casero. Por cierto, es lo que toca el autor de Shima Uta.

25 agosto, 2011

Una que sepamos todos

Elogio del pastiche y del sincretismo

El contexto lo brinda una de estas nobles iniciativas primermundianas que logran extraer valor de la miseria de los otros, lo que no está necesariamente mal. La posibilidad la crea una tecnología que no por incorporada desde hace ya bastante deja de maravillarme. El resultado son cosas como esta:



o esta:



Entonces, reflexiones superficiales:

x) El reggae como “lengua vehicular”. El reggae como lugar común donde todo y cualquier cosa puede desplegarse. Cómodamente.

3) La idiosincrasia como una cuestión de tratamiento armónico: en el video Groove in G, cada músico, como estila decirse, “interviene” la base en sol apelando al peculiar repertorio armónico del género que domina o que le es, digámoslo así, natural. Y el resultado funciona.

b) Una historia de sincretismo (en la cual los Beatles son condición necesaria) que nos trae a un presente donde nuestros oídos son capaces de admitir estas combinaciones: una misma pieza donde se reúnen las escalas y los timbres del flamenco, del blues, de tales o cuales músicas asiáticas o africanas cuyos nombres desconozco.

///) La magia de estas tecnologías de la ausencia, capaces de crear la ilusión de que variados sonidos acontecen en un mismo “espacio acústico”.

j) El “espacio acústico” como territorio utópico donde es posible la reunión de variadas telepresencias.

VI) El “tempo” de la música, como ficción desvinculada del “aquí y ahora” del músico. Nada nuevo: la música se graba en “sesiones” desde hace ya medio siglo, si lo piensan. Casi toda la música que escuchamos no supone que los músicos que la tocaron hayan estado juntos jamás.

7) El montaje como énfasis de todas estas ficciones. El montaje y la edición como apoteosis de la idea frank-zappiana de “composer”.

XIX) La escala humana. “Bono. Dublin, Ireland”. Aún encerrado en un bunker (contraste respecto de las locaciones exteriores de los demás músicos que algo nos dice), aún cumpliendo su papel de “endorser”, el tal Bono se me antoja aquí devuelto a la escala humana, un tipo cantando, como los otros tipos, tocando. Algo que ya he dicho por aquí: la música como algo que hace gente.

//) La afinación temperada occidental como hegemonía.

omega) Otras reflexiones no mencionadas aquí.


Más Playing (que puede entenderse como "tocando", pero también como "jugando") for Change.

17 agosto, 2011

La estupidez (propia) es (la más) insondable

-Disculpe, señor, ¿ésta qué estación es?

-No venía mirando, pero debe ser Hudson...

Mirá que hay que ser pelotudo. ¿En qué cabeza cabe responder esa pregunta empleando para la palabra "hudson" una sin dudas inexacta pero en todo caso aceptable pronunciación inglesa? Qué boludo. Si en ese momento el Sur hubiera decidido ejercer su legendaria justicia arrojando a mis manos un cuchillo, habría tenido el puntazo bien merecido por nabo y por fifí.

Y no era la primera vez. "Sí, el otro día anduve por Hurlingham", te dije, ¿te acordás? "Se dice Úrlingan", me corregiste, un poco maternal y como abarajando la desgracia. Y eso que había pronunciado la "u" como tal y la "h" como una jota carrasposa. Pero no hay caso.

-Lo que pasa es que yo vivo en Jaedo-. El chiste, repetido hasta el cansancio, de un amigo de mi viejo...

12 agosto, 2011

Honner cumple, Medeski dignifica

Érase una vez una reunión de músicos. Había entre ellos violinistas, pianistas, guitarristas, saxofonistas. Habíase admitido no hace mucho incluso bajistas. A uno alguien le preguntó:

-Y vos, qué tocás.

-La melódica- dijo, sin que un pelo se le moviera y provocando un amplio despliegue de miradas de desprecio y conmiseración.

-Pero soy John Medeski, bolú.



("Honner", y usted no tiene por qué saberlo, es, o al menos fue hasta hace unos años, un fabricante muy popular de instrumentos "menores", esos mas bien destinados a introducir párvulos en el ejercicio de la música, tales como armónicas, melódicas y flautas dulces. Ignoro qué habrá hecho con ellos la competencia china, también omnipresente en el mercado de los instrumentos musicales. Ignoro también si la melódica que toca Medeski en este video es de ese fabricante. Su nombre aparece aquí porque tiene dos sílabas, como tiene tres el apellido "Medeski". El metro y el ritmo de la frase del título queda así salvaguardado).

10 agosto, 2011

Pura sangre

Más los escucho, más me gustan. Estos muchachos me sacan el moño. Tienen esa cosa, esa furia desprolija, ese tono muscular, ese nervio, ese componente paramusical que sin embargo es tan sonoro, que me gusta adscribir a cierto jazz de hace unos años, a cierto rock de hace algunos menos.

MM&W me hacen pensar, caprichos de la libre asociación, en aquellos gatos jazzeros que imaginó el mojigato (valga el retruécano) Walt Disney, aquellos que cantaban "todos quieren, todos quieren, todos quieren ser un gato jazz"...



(De paso, un nuevo aporte a la exploración comunitaria del universo del "cover": el tema -o lo que queda de él- es de Hendrix)

04 agosto, 2011

"¿Puedes?"

Vuelvo a usar a Castillo:
"Los hermosos libros, las dos o tres verdades eternas,
las nuevas verdades transitorias que cambian la vida,
el sentido absoluto de la vida misma, se nos revelan
en la adolescencia o no se nos revelan nunca.
Para comprender una verdad tan sencilla no hay más
que recordar qué nos decían los libros
cuando éramos adolescentes."
Esta vez, para hacer más bien un ejercicio prospectivo.

O algo así.

Es decir: que estos días ví con mis chicos esta película no sé cuántas veces, y que yo encontré que esta escena, su diálogo, así desgajada, recortada, iluminada caprichosamente, dice algo, que no es poco, y se lo dice a mi hijo, a mi hija, si quisieran, o pudieran, oírlo, si yo fuera acaso capaz de subrayarlo.

Tras haber usado la comida como señuelo para entrenar a su poco prometedor discípulo, el Maestro presenta la mesa y anuncia: “Come con libertad”. El discípulo desconfía: “¿Así nada más?”. “Juré entrenarte y has sido entrenado. Come con libertad”. Y ni bien el discípulo intenta llevarse un pancito a la boca, el maestro se lo arrebata. “¿Puedo?”, grita enfurecido el discípulo. “¿Puedes?”, contesta el maestro. Y comienza una lucha por la comida. Cuando al final el discípulo vence al maestro y obtiene su pancito, se lo arroja a las manos y dice: “No tengo hambre”.

Y me pregunto qué sedimento quedará, si mis hijos serán, como yo, de fijarse en estas cosas, de retener textos como bloquecitos de Lego, cómo será para ellos recordar qué les decían los libros (las películas, los videos de Youtube, las narrativas de los juegos, la tele...) cuando eran niños o adolescentes, cómo será para ellos todo ese bloque de pasado que definitivamente no es, de ustedes ni mío, nuestro pasado, y que por eso los hace, a nuestros hijos, así, tan diferentes, tan ajenos, tan otros, aunque sean nuestros hijos.



(El texto en inglés, y la distancia entre el texto en inglés y el texto en español -versión, la castellana, que conocí, obviamente, primero-, es digno de ser tomado en cuenta: “You are free to eat”, “Am I?” “Are you?”)
“En oposición a los discursos sustancialistas..., la mirada alerta de Borges descubre textos
completamente marginales y, hasta entonces, invisibles...
Borges no busca un hipotético saber popular (a la manera populista)...
por el contrario, las toma como la vanguardia toma al objet trouvé,
producido por el ojo del artista que descubre un tesoro en la banalidad.”
Beatriz Sarlo. Borges, un escritor en las orillas.

29 julio, 2011

Crueldad II

Sólo veo las luces opacas. Escucho los suspiros de Beatriz a mis espaldas y me voy sin mirar atrás. No quiero ver, no quiero enterarme. Sé que está llorando pero piso firme, aprieto el paso, me voy...

Nat había prendido todas las luces de su casa, que destacaban el blanco de las paredes y el amarillo de los almohadones, dispuestos en el suelo para que nos sentemos en ronda. Beatriz me busca, se me acerca por la izquierda y yo cierro conversación con Quique, a mi derecha. Llega Lu, "Lumía". Unos días antes, habíamos vuelto a encontrarnos, después de mucho tiempo. ¿Un año? Creo que dos. ¡Dos años! ¿Y cómo estás? Bien. Sabés a qué me refiero. Si, bien, estoy en pareja, ¿vos?. Nada... te quiero, todavía. Yo también te quiero, no es ese el punto, Lucas. Supongo que no. Ahora, Nat pone música, algo de Diego Frenkel, y trae las pizzas. Beatriz me saca conversación y yo miro a Lu. Beatriz trata de tomarme del brazo. La miro como para matarla. Qué marcás. No contesta. Lu no me dedica mirada. Se sienta cerca de Nat, le desea feliz cumpleaños y se pone a charlar con el Oso, que tiene locuacidad cervezal. Se ríen. El Oso es inofensivo, pienso, inútilmente. La noche pasa. Decido irme y me despido de todos y de nadie, único beso para la anfitriona, que lo termines lindo, nos hablamos. Chau a todos. Yo también me voy, dice Beatriz, dando casi un salto. No sé cómo llegamos a siete y 57, caminando. No sé de qué pudimos hablar todas esas cuadras ni sé como es que Beatriz está llorando y yo me siento frío de frialdad absoluta. No quiero nada con vos. Pero bien que me cogiste. Pero no quiero nada con vos. ¿Es por Lu? No me jodas, ella está en pareja. Pero es por Lu. Por lo que sea: no quiero nada con vos. Me siento mal, creo que me voy a desmayar. No hagas teatro, es tarde y estoy cansado. Te digo que me siento mal. No vas a hacer que me quede con vos desmayándote. Te digo que me siento mal. Pasan varios taxis y no le paro ninguno. Al contrario, doy media vuelta y, frío de frialdad absoluta, empiezo a caminar. Sólo veo las luces de la avenida, el amarillo lúgubre y tembloroso, opaco, suma de todos los haces insuficientes del alumbrado, los negocios y los autos. Escucho los suspiros de Beatriz a mis espaldas y me voy sin mirar atrás. No quiero ver, no quiero enterarme. Sé que está llorando pero piso firme, aprieto el paso, me voy. No me putea, no grita, nada. Si no escuchara su sollozo pensaría que se ha desmayado en serio, al final. Cuando paso por el frente del ministerio, sólo veo el frío halógeno y ya no escucho a Beatriz. En un rato me voy a perder en la oscuridad de Plaza Rocha, habiendo consumado un acto de cobardía y pensando por qué, pudiendo evitarlo, pude ser tan cruel.

26 julio, 2011

Crueldad I

Recuerda. Una vez, un acto de la escuela primaria. De fin de curso, seguramente. Se hizo un sorteo. Cuando sacaron el último número escuchó que decían la cifra impresa en el ticket que tenía en la mano.

Recuerda. Que pensó: "¡Yo que nunca me saco nada!". Una exageración, seguramente. Pero auténtica expresión del tamaño y la ingenuidad de la alegría que experimentaba mientras avanzaba hacia el escenario, esperando recibir, como los anteriores agraciados, libros, lápices, mochilas.

Lo que no recuerda es si le comunicó a alguien, en voz alta, ese pensamiento. Recuerda, sí, los aplausos, el bullicio, un paréntesis en el tiempo y la sensación del vaivén de sus piernas, la misma sensación que tiene ahora al caminar, confusión de acto y recuerdo. Cuando llegó al escenario, le dieron un paquete similar a una caja de zapatos.

Era, efectivamente, una caja de zapatos: la abrió a la vista de todos y encontró unas viejas sandalias de hombre, marrones, tipo franciscanas, sucias y desvencijadas. Recuerda (o todavía siente) en la cara su gesto de desilusión, de incomprensión, de desamparo. No recuerda si miró al que voceaba los números, buscando una explicación, o si buscó la explicación en el borde del escenario, en las luces o en el enorme cuadro de Quinquela colgado en la pared derecha del salón.

No sabe eso, pero sí que escuchó la risa impiadosa del auditorio abalanzándose sobre él como esos vendavales que el pampero sucio decarga en la playa, esa mezcla imprevista de polvo, arena y papeles robados de manos que no vieron venir la nube negra que la tormenta levanta en el horizonte acercándose velozmente, un fugaz aviso que las almas reblandecidas por el sol de enero no están nunca dispuestas a presentir.

Volvió a su lugar entre sus compañeros, muerto de vergüenza y humillación (quizás por eso no recuerda si le comunicó a alguien aquel pensamiento desmesurado), sin lograr explicarse por qué, por qué, pudiendo evitarlo, alguien puede ser tan cruel.

23 julio, 2011

Esto es una lista

O lo que es decir: me hubiera gustado repetir el chiste aquél de “esto no es una” equis cosa, una lista en este caso, sino que es representación o emblema o signo o metáfora de algo que no está presente en la lista o que la lista prefigura.

Sin embargo, esto es sólo una lista: la lista caprichosa de aquellas canciones que yo conocí a través de un cover antes de escuchar la versión históricamente primera u orginal o canónica.

En algunos casos, incluso, tardé años no sólo en escuchar esa versión primera sino en saber, sencillamente, que lo que estaba escuchando, y disfrutando mucho, no era atribuible al artista que de tal forma me lo presentaba.

En esos casos, la tal versión es tan consistente con la estética del artista versionador que la naturaleza de versión no resulta en absoluto aparente para quien no esté informado. Eso para mí es un rasgo que hace a una gran versión.

Aquí va, entonces, mi lista:

Fricción

Y soy de los que creen que Héroes, de Fricción, es una canción mucho más densa que Heros, de una tal Bowie, menardismo en su más alta expresión.

Chili Peppers

Para decir que uno nunca deja de aprender: nunca había reparado en que esto no era de los RHCP, lo supe hace unos días, acá. ¡Por Dios! ¿cómo hubiera podido adivinar a Stevie Wonder detrás de esto?

U2

Yo estaba todavía muy verde y empezando a escuchar música y, leyendo el plegable interno del cassette de una compañera del colegio, me enteré de que esto era de un tal Bob Dylan.

Steve Ray Vaughan

De esta no estoy seguro: no podría afirmar que escuché a Vaugham antes que a Hendrix, porque llegué a ambos más o menos en el mismo momento de mi vida y siguiendo las mismas trazas; la exacta sucesión es irrelevante: Little Wing es en mi cerebro una suerte de imagen de cine 3D compuesta por esta versión y la de Hendrix.

Infectious Grooves

Tampoco creo que pueda decir de esta canción que la haya escuchado primero por IG. Para cuando ellos sacan su versión, la de Bowie había ya sonado por todas partes (¿no fue parte de un comercial de Pepsi?). Es decir: no pude no oír a Bowie. Pero si diría que recién escuché esta canción por IG.

Cohen

En este caso, no me refiero a la canción sino al poema: el original lo leí mucho después de años de amar esta canción, al descubrir que estaba basada en un poema de Lorca.

Hendrix

Cover de cover de cover. De U2 a Hendrix: me tomé mi tiempo para llegar a Dylan.

Primus

Bueno, no exactamente un cover, pero, cuando escuché YYZ, de Rush, mi pensamiento fue "pero esto empieza como John The Fisherman!!!"

Infectious Grooves

Yo a Zeppelin llego muy tarde y casi por una cuestión de "cultura general", como por cubrir un bache o cumplir una obligación. Para entonces, ya había escuchado esta versión, que está en el mismo disco que la de de Fame.

Divididos

Esta es un caso curioso, viniendo yo de una familia donde se escuchaba y tocaba mucho folklore. Pero jamás había escuchado la zamba hasta que Mollo llevó mi atención a ella.

UPDATE y reparación: Frank Zappa

Tarde supe que esto era de los Allman Brothers, banda que no he escuchado. Este tema será siempre el bluesazo de cierre de uno de los discos de Zappa que más me gusta.


Bueno, eso. Subjetividades, que les dicen.

09 julio, 2011

Amor, locura y muerte

"Los hermosos libros, las dos o tres verdades eternas, 
las nuevas verdades transitorias que cambian la vida, 
el sentido absoluto de la vida misma, se nos revelan 
en la adolescencia o no se nos revelan nunca. 
Para comprender una verdad tan sencilla no hay más 
que recordar qué nos decían los libros 
cuando éramos adolescentes."

Abelardo Castillo, en Las palabras y los años, Desconsideraciones.




El recuerdo volvió de improviso hace unos días y he perdido registro del proceso, porque estoy seguro que hubo un proceso, que me llevó a desenterrarlo.

Capturé de él, curativamente, una asociación marginal: era mi primer recuerdo asociado con la literatura.

Después lo perdí. Es decir, y no creo estar diciendo nada que no conozcan, mi mente conservó el recuerdo de haber recordado un viejo recuerdo relacionado con la literatura, pero al recuerdo lo volvió a colocar en ese lugar falazmente seguro donde se soterran los recuerdos insoportables.

Y volvió recién. Puedo ahora, porque escribo en caliente, reconstruir la cadena de asociaciones que, como suelen hacer las asociaciones, levantó la peluda alfombra que tapaba mi recuerdo.

De esa cadena, retengo el eslabón final, la voz y la presencia de Alberto Laiseca contando cuentos de terror.

Entonces: yo tenía doce años. Estaba terminando la escuela y mis padres habían decidido que yo tenía el derecho y el mérito de aspirar a una plaza en el Nacional Buenos Aires.

Durante aquel año, mi último año de escuela, me mandaron, por las tardes, a la salida del colegio, a un instituto privado donde se suponía que me prepararían para el examen de ingreso.

Recuerdo que el lugar (uno de los primeros lugares a los que empecé a ir solo, sin que mis padres me acompañaran) quedaba en el barrio de Flores o de Caballito y lo recuerdo como un lugar no sé tanto si lúgubre o sucio o pobre como decepcionante. Se suponía que en ese lugar yo sería instruído en competencias superiores, en saberes sofisticados.

El instituto pertenecía al maestro de mi grado, un señor pelado y amable, al que todos los pibes queríamos mucho y que jugaba con nosotros los torneos de ping pong que se organizaban en los recreos.

Supongo que para mi sensibilidad de entonces, ese sitio vulgar no podía ser el lugar donde el Maestro preparara a sus alumnos para ingresar al Gran Colegio.

No sabría decir qué, entonces y para mi mente infantil, era lo decepcionante. Recuerdo un tonto y anodino color beige en las paredes, un ruidoso ascensor y sus puertas tijera, un palier mal iluminado, recuerdo viento, luz de tubos fluorescentes y pizarras blancas.

Pero recuerdo un cuento. De todo lo que durante un año me habrán enseñado (matemáticas, supongo, especialmente, porque eran mi punto débil), yo recuerdo un único cuento.

Y hablo del recuerdo, porque el libro, su prosaica materialidad, un fajo de hojas mecanografiadas y abrochadas, aún lo conservo. Tiene aún, muy deteriorada, claro, su tapa de papel celeste que dice, también mecanografiado y todo en mayúsculas "Antología del cuento argentino".

Podría ir, si quisiera, a mirar qué titulos componían la antología, seleccionada por los propios maestros del instituto. Pero comprenderán ustedes que la precisión es ridícula e innecesaria.

Sin importar qué más tuviera, en ese libro está el cuento que hizo estallar en pedazos mi inocencia. Hasta ese momento, yo era lector ferviente de Salgari y Verne. Yo creía que esos, los de aquellas noches en vela siguiendo a Sandokán o a Phinneas Fogg, eran mis primeros recuerdos librescos.

De alguna manera, lo son.

Sin embargo, mi momento de pase como lector vino de la mano de Horacio Quiroga.

Fue La gallina degollada el cuento que me hizo entrever, oscuramente atisbar, qué cosa podía ser cabalmente la literatura.

Supe entonces que la vida no tiene sentido y que la justicia no existe, que todos somos como frágiles e inocentes y delicadas nenas de tres o cuatro años a merced de sus ni siquiera crueles hermanos.

Ahí estuvo para mí ese primer horror insoportable, una forma dura de angustia que apenas si podía entonces comprender o aún menos explicar como hago ahora: los hermanos tontos no eran malvados, no eran crueles, no eran culpables.

Eran, apenas, ni más ni menos, capaces de matar.

Hoy en día, el horror que involucra criaturas me sigue resultando insoportable. Cuando el género noticioso se solaza en esas truculencias, debo apagar o cambiar de canal. No hablo de una suerte de trauma, sino de una sensibilidad persistente que me permite decir que aquél niño de doce años que leía con espanto La gallina degollada soy yo, este mismo, de alguna manera.

Nunca más volví a leer ese cuento. No puedo, y no lo necesito. Sé perfectamente lo que tiene para decirme.

Y Horacio Quiroga ocupará para siempre en mi Olimpo personal el lugar del hijo de una gran puta que reveló una verdad.



Ah. El secundario lo hice en el Colegio José Manuel de Estrada, de la ciudad de Necochea.

07 julio, 2011

El fantasma de Menard

No sé si da para elevar el fenómeno a la categoría de sign ‘o the times, pero no he podido evitar notar en la blogósfera (un énfasis que quizás se explique sencillamente en base a mi peculiar punto de vista) un cierto interés por la cuestión de la “versión”.

Hace un tiempo, yo me entusiasmé con este site y con este otro, que resultó menos interesante qus su Manifesto.

Hace poco, Bardamu, cuyo blog no dedica frecuentemente un énfasis especial a la música y que venía mas bien interesado en el cine, compartió con nosotros su obsesión de una noche de insomnio y nos regaló 28 versiones de I put a spell on you. Más recientemente, recopiló cuatro versiones de Sucio y desprolijo.

Vero ayer colgó a Mimí Maura haciendo R.E.M.

Ahora estoy un poco perezoso como para ponerme exhaustivo. Pero creo que cualquiera que dedique un rato a la faena, podrá encontrar cuantiosos ejemplos de gente que se cuelga con relevamientos, comparativas, agrupamientos, meras colecciones de “versiones de”, especialmente, canciones.

A todos nos fascinan las versiones.

Youtube facilita el ejercicio. Basta poner el título de una canción para tener la posibilidad de aburrirnos viendo mucho, pero realmente mucho, de lo que se ha podido decir a partir de esa canción.

Sin embargo, me gustaría señalar que aunque los ejemplos musicales son tal vez los más obvios, que podríamos incluso decir que la idea de “versión” es más frecuente en la música que en otras artes, la cuestión es más amplia y Vero da con una elegantísima manera de decirlo, en este post.

Vero, señaló, hablando de libros, lo que para mí es el corazón de cualquier versión de cualquier clase de obra: “un libro subrayado ya es una versión”.

Se puede dar vuelta perfectamente el enunciado: una versión es un texto subrayado.

06 julio, 2011

La poética de Google

ya saben:
“el futuro llegó, hace rato”

La línea une a la vieja (porque ya es vieja) ciencia ficción con la actual realidad de las empresas (that used to be) de internet. La línea subraya que durante ¿cuánto? ¿cuarenta? ¿cincuenta? ¿sesenta? años, la ciencia ficción nos explicó que los androides eran máquinas, piezas de hardware más o menos sofisticadas, más o menos antropomórficas.

La línea apunta hacia androides que son otra cosa.

Android es software.

¿Con qué sueñan estos androides?

¿Conocen eso que en marketing se llama la “visión”? Es esa idea que, dicen los marketineros, empuja y moviliza a una empresa hacia el futuro, es una suerte de definición de cómo deberá ser el mundo, normalmente concebido como mercado, tras la acción de la compañia. Los marketineros se dedican a escribir y formalizar “visiones”, que son comunicadas a los empleados como parte de su adoctrinamiento. Fíjense que Google no sólo llamó Android a su sistema operativo sino que llamó Nexus One a su primer teléfono. No hace falta que tengamos acceso al texto pergeñado por los marketineros de Google: su visión tiene, digámoslo así, seis etapas, a contar desde Nexus One, no sé si me explico.

Nota: todas las marcas comerciales mencionadas en este post son propiedad de sus respectivos dueños y se mencionan aquí con carácter informativo ;-)

29 junio, 2011

"...ahora tocan a mi puerta..."

Yo sé que en un país donde la gente se muere de hambre, donde tales y cuales otras desesperantes urgencias, andar preocupándose por estas cuestiones de la ciudadanía digital puede sonar a lujo burgués, pero esto es grave:

http://www.uberbin.net/archivos/derechos/el-canon-digital-en-argentina-a-punto-de-ser-ley.php

28 junio, 2011

Guilty

Me pregunto si la soledad favorece la escritura. No me refiero al hecho de estar solo para poder concentrarse y escribir. Pienso si no es el hecho de no tener con quién hablar el que, por lo menos a mí, ahora, me mueve a escribir. Así, la escritura sería como mi Viernes, o como la pelota Wilson de Chuck Nolan. Un lugar para un Otro indispensable.

Por ejemplo, no tengo a quién contarle, en este momento, que descubro esta mañana un mecanismo de culpabilidad que me perturba. Está relacionado con la comida. Anoche no tenía ganas de cocinar y me compré una pizza. Me la comí casi entera (dejé sólo una porción, lo cual constituye el primer gesto culposo). Ahora amanezco y encuentro que no me siento bien. Me siento hinchado, tengo acidez. Pienso en que estoy gordo y que no debí comer pizza.

Me pasó hace tres o cuatro días. Estaba en la oficina, era la hora del almuerzo y estaba más o menos apurado. Decidí ir a la pizzería del barrio. Pedí una porción de fugazzeta y una de fainá, para comer en la barra. Me encanta comer parado en la barra de una pizzería, mirando las noticias mudas en un televisor lejano. Ya esa tarde tuve la sensación de pesadez y de hinchazón. Pienso que son las levaduras. Que estoy gordo, bah. Y otra vez pensé “no debí”.

En estas dos circunstancias advierto el sentimiento de culpa. Pero son también aquellas en las que me di cuenta de que esto me pasa cada vez que como comida chatarra. Y eso me pasa bastante más seguido de lo que debería: no debería.

Entonces es así: como esta mañana y este encuentro son sueños, como en este sueño no tengo a quien contarle mis menudas angustias, escribo.


22 junio, 2011

Xerox e infinito

“Definiremos esta última como la manifestación irrepetible
de una lejanía
(por cercana que pueda estar).”
Walter Benjamin, ya saben dónde 
y a propósito de qué (y si no, googleen)


Vengo al teclado luego de haber estado escuchando el hermoso y delicado concierto de Köln de Keith Jarret. Como tal vez sepan, esta es una célebre grabación de un concierto de 1975. Es el registro de una improvisación de un poco más de una hora. Las piezas no tienen siquiera nombres y los “tracks” están identificados como “Part 1, Part 2”, y así, cuatro partes, sólo para caber en el imperativo tecnológico de los “20 minutos por lado, máximo” que regía en la era del LP de vinilo (cuatro partes, cuatro lados: este concierto se editó originalmente en un disco doble).

Tal vez sepan también que esta, la de ser completamente improvisados, es una característica de los conciertos de Jarret solo. Es decir: cada concierto es completamente único. La música que usted escucha en este disco no había sido tocada nunca antes. Y no volvió a ser tocada nunca más.

(Más allá de que le encuentre una utilidad didáctica, carece de sentido que un músico se esfuerce por aprender a tocar alguna de sus partes.)

Vean qué diferencia con Comfortably numb, puestos en envión. Esa canción de Pink Floyd participa de alguna manera de la naturaleza de los fractales: sean de la envergadura que sean las variaciones, permanece siempre idéntica a si misma. En un comentario a esta (a mi juicio, insignificante) versión de la canción, un usuario que firma PkCynthialover expresa la idea: “yo creía que Comfortably numb era inversionable”.

Es que, de alguna manera, lo es. La ejecución de esa canción, se me antoja hoy, invierte la teoría benjaminiana del aura y de la reproductibilidad técnica: cada performance es la actualización de un registro inamovible, es, por sobre cualquier otra cosa, un acto de repetición.

En cambio, cada vez que alguien se aproxima a la grabación del Concierto de Köln (incluso hasta la obscena cercanía que ofrecen los auriculares de un reproductor de MP3), no puede evitar la conciencia sobrecogedora de que eso que oye existió sólo una vez y que la grabación es la manifestación distante de algo irrepetible.

17 junio, 2011

Entonces...

... ¿quién es el compositor acá?



(descubierto hoy, gracias a Puchero de Tinta)

What Do You Do for a Living, Dad?

If any of my kids ever asked me that question, the answer would have to be: "What I do is composition." I just happen to use material other than notes for the pieces.

Composition is a process of organization, very much like architecture. As long as you can conceptualize what that organizational process is, you can be a 'composer' -- in any medium you want.

You can be a 'video composer,' a 'film composer,' a 'choreography composer,' a 'social engineering composer' -- whatever. Just give me some stuff, and I'll organize it for you. That's what I do.

Project/Object is a term I have used to describe the overall concept of my work in various mediums. Each project (in whatever realm), or interview connected to it, is part of a larger object, for which there is no 'technical name.'
 Frank Zappa, The real Frank Zappa book

15 junio, 2011

Análisis profano: un lego se pone al día y lee Madame Bovary

a) Madame Bovary no existe. El retruécano imprudentemente lacaniano es para dar fe de la primera constatación: Flaubert habla de un ¿tipo? de mujer que, si alguna vez existió, no existe más. (Si cedemos a la tendencia ahistórica que alienta en el psicoanálisis, Madame Bovary no existió jamás y todo es síntoma de Charles Bovary. O de León. O de Rodolfo. O, qué tanto joder, de Flaubert, que después de todo admitió con todas las letras: “Madame Bovary c’est moi”.)

iv) Toda la escena en que Rodolfo le hace el verso a Emma mientras a su alrededor tiene lugar una acto público (los “comicios”, en la traducción que leí) es fabulosa. Situémonos en el siglo XIX y reparemos en que el cine aún no existe. Si se dice que, con Madame Bovary, Flaubert participa de la creación de la novela moderna, sea eso lo que sea, ¿será también que con esta escena en particular inaugura la mentalidad que un siglo después será capaz de imaginar el montaje paralelo?

5) Qué embole las descripciones. Interrumpen la acción, se cuelan entre los acontecimientos, abruman con sustantivos que refieren a nada, que son abstractos a fuerza de nombrar cosas que ya no están en mi entorno y para las cuales no tengo, muchas veces, otra entidad que la que pueda proveer un diccionario. Sentí más de una vez que si se le sacara a esta novela todas las largas descripciones de ambientes y lugares y vestimentas no habría gran pérdida y el clima general sería el mismo y los hechos de la vida de Emma tendrían la misma valencia. De hecho, no pude evitar perderme y distraerme cuando Flaubert se ponía descriptivo, cada uno sujeto a su Zeitgeist.

7) Abracadabra: qué grande la escena del carruaje, después de que León arrastra a Emma fuera de la catedral. Quizás me exceda en mi especulación anacrónica, pero esa escena debió ser escandalosa en su tiempo. Y habrá causado escándalo sin nombrar en absoluto eso que estaba pasando dentro del carruaje (boas abiertas, boas cerradas: pensé en las cajas y los corderos de Saint-Exupery)...

i) Terminada de leer, siento que toda la novela está en la escena de los comicios, donde Flaubert contrapone el mundo romántico de Emma con la burda realidad de los premios a los criadores de chanchos. Todo lo que esta novela tiene para decir(me) está, en definitiva, magistral y sintéticamente plasmado ahí. (Dentro de unos años, cuando mi memoria haga estragos, como suele hacer, recordaré así a Madame Bovary: “¿esa es la novela en que una naifa juega a dejarse engatusar por uno que le hace el verso mientras afuera le dan un premio a una criadora de chanchos?”)...

11 junio, 2011

Lamento de Exú

Yo tuve un bar. No, no fue nada cool. Lo puse en sociedad con mi mejor amigo y nuestras respectivas esposas de entonces. Mala fórmula.

Pero no iba a eso. Para esa época yo tenía otro amigo, de origen brasileño. Me acordé por los pochoclos. Ví gente comiendo pochoclo en un bar y me acordé: una de las características que habíamos elegido para el nuestro era un enorme macetón plástico que poníamos, lleno de pochoclo, junto a la puerta de entrada, para que cada quien se sirviera a su gusto. Eso, y los colores rojo y negro con que estaba pintado el interior y que habíamos decidido conservar.

La cuestión es que a los pocos días de inaugurar, este amigo brasileño que decía vino a tomar algo y conocer el bar. Cuando vió las paredes pintadas de rojo y negro, dijo “son los colores de Exú. ¿Ustedes sabían que el maíz y los colores rojo y negro son los atributos de Exú?”. Y se puso a contarnos.

Exú es uno de los espíritus del candomblé brasileño, mensajero de los Orixás. Es un demonio, o más bien un duende, para nada malvado, pero pícaro y travieso. Un jodón.

“Una de sus gracias es pintarse la cara mitad roja y mitad negra. Espera a ver pasar a dos amigos conversando, y los cruza interponiéndose entre los dos, de modo que cada uno vea una mitad de su rostro. Tal vez no sea lo que busca el duende, que sólo es un bromista, pero la maldad consiste en que esos amigos se pelearán por establecer si se cruzaron con alguien que llevaba la cara pintada de rojo, o de negro”.

“Bueno, brindemos por Exú, entonces”, hubiera sido bueno que alguien propusiera, pero no recuerdo si brindamos, si nos reímos, o si hicimos algún chiste. No me acuerdo. Tampoco sé si la versión de la leyenda de Exú de mi amigo es parte de la tradición o un cuento de su invención.

“Y fíjense también que una de las manifestaciones de Exú es la forma de un perro”, terminó mi amigo, señalando al cuzco que, teatralmente, se colaba en el bar e iba a ovillarse debajo de la mesa del macetón de pochoclos, como si supiera.

Palabra: supongamos que exagero un poco al decir que la observación de mi amigo y la entrada del perro fueron simultáneas. Pero convengamos que la exacta cronometrización de esos acontecimientos es irrelevante para referir esa noche en que, más o menos mientras un amigo contaba su versión de la leyenda de Exú, un perro entraba a un bar rojo y negro donde se convidaba maíz tostado a los parroquianos.

Los detalles no cuentan. El negocio fue horrible y el bar duró abierto no más de tres o cuatro meses. Mi amigo y yo terminamos peleados.

Yo creo que esa noche, Exú estuvo en nuestro bar. Y para mí, iba pintado de rojo.

07 junio, 2011

"I turned to look but it was gone..."

En la versión de Londres de este año, en la que se reúnen Waters y Gilmour, podemos observar algo del orden escénico: Waters canta parado frente a la Pared. Gilmour toca desde allí arriba, del otro lado. La topología es casi freudiana: la voz cantante está aquí , de este lado de la pared, que lo separa de eso que puede que sea una voz pero que no significa nada, que simplemente es, aquello que no tiene letra (desdeño a mis fines el papel de Gilmour cantante, aunque, freudianamente, podríamos señalar que la parte que a Gilmour le toca cantar corresponde a los recuerdos infantiles: “when I was a child...”). Waters no nos deja dudas: golpea la pared hasta que una proyección crea la ilusión de que las piedras estallan descubriendo un sanguíneo cielo soleado. Los niveles de esta metáfora son muchísimos, más o menos obvios. Este viejo amigo que saluda a un adversario, en la reunión, pone un énfasis feliz y sobrecogedor, pero anecdótico. Algo que no debía estar separado por la pared se reunifica.

Pero decir más sería caer en zoncera o en pleonasmo. Creo que me entendieron. Ya lo dije: densa.

06 junio, 2011

Paralingüísticas

Demoledora cristalización de recursos multimedia: letra, música, sonidos concretos, imagen. Pero vuelvo a cuestiones de “lenguaje musical”. La segunda parte del solo empieza en anacrusa. Dos notas de una sencilla escala menor se tocan antes de que la que en definitiva es la misma nota del primer solo caiga ahora como ojival quinta con todo su peso en el primer tiempo fuerte del compás. De este conjunto de tres notas, me interesa el siguiente detalle: en todas las versiones de este solo que he escuchado, Gilmour ataca la primer nota con una técnica que consiste en hacer que la parte externa del dedo que sostiene la púa toque la cuerda casi inmediatamente después de haberla pulsado. Esto produce un “armónico”, algo que usted puede quizás identificar como un “romperse” del sonido, algo como un atragantarse de la guitarra. Siempre, pero siempre siempre, Gilmour ataca esa nota de esa manera. Es, normalmente, la nota con la que a mí se me hace un nudo en el estómago (si, ya sé, usted puede hablar en mi caso de una suerte de fijación fetichista o morbosa; no veo por qué habría yo de discutirle; cada quien fija sus afectos donde puede).

05 junio, 2011

“There’ll be no more...”

Sin embargo, sabemos que duele: ahí, en este fantástico anudamiento de los recursos multimediales de la forma canción, Waters elude la palabra y coloca un grito, el cristalizado “aaahhh” que toda versión de Comfortably numb debe contener.

(En la película, vemos que ese momento coincide con la primer reacción de Pink ante el mundo exterior, su respuesta con un grito desmesurado al pinchazo de la aguja, “just a little pin prick”; de hecho, al momento en que le quitan la aguja).

04 junio, 2011

El verbo

La frase que hoy escojo como central en esta canción usa el verbo “to show”, mostrar. Podría haber sido: can you tell me where it hurts?, pero no: dice “show”. El dolor como algo observable, seguramente físico, presumiblemente situado en el cuerpo. El personaje no puede hablar (“just nod if you can hear me”), no puede decir qué le duele, pero se lo insta a mostrarlo. Doble imposibilidad: lo que le duele debería decirse más que mostrarse. Por eso, tanto porque no puede hablar como porque lo que duele no es del orden de lo físico, la pregunta queda sin respuesta.

03 junio, 2011

Sobre esta piedra...

Esta canción es el centro de equilibrio de toda esa construcción que es The Wall: el hombre herido en su alma, destruido por una maquinaria de producción que lo aliena de sí mismo, reparado famacológicamente (y ahí tenemos el arco que va desde el uso recreativo de drogas, hasta la famacopea psiquiátrica, pero también a los suplementos dietarios) para seguir funcionando. “Can you show me where it hurts?”

Who minds.

02 junio, 2011

El nudo

Y digo que esta canción es densa no en el sentido coloquial de ser angustiante, que puede serlo, sino en el sentido de que reúne en un espacio reducido (el proverbialmente reducido espacio de la “forma canción”) una cantidad enorme de significación.

Desde el vamos, está este nudo entre una “letra” (que hasta dice “I need some information, first”), y un solo de guitarra de una carga emocional que no precisa de palabras: la letra y lo que no tiene letra, frente a frente, o lado a lado, o como los quieran poner.

01 junio, 2011

Lo inefable

Todos vimos The Wall y todos sabemos que la anécdota central de esta canción es la del cantante arruinado por las drogas que no logra ponerse en pie para salir al escenario, mientras un manager desesperado por su inversión intenta que lo reanimen. Todos nos hemos acostumbrado a suponer a esta escena (y a toda la película, y a toda la obra de Floyd) como un relato autobiográfico de Waters.

Pero, yendo más allá de su biografía, Waters formula la pregunta del millón: can you show me where it hurts?

31 mayo, 2011

Keep It Simple

Este solo tiene algo conmovedor: es increíblemente simple. Sobre todo, la nota mágica con la que empieza es la gloria de lo elemental: es una de las notas más obvias (la tercera) de las que se puede escoger de una sencilla escala mayor, tocada en el primer tiempo fuerte del compás. Musicalmente, es como colocar un yunque sobre un pedestal sobre un sólido cimiento. Es algo así como la resistencia y la estabilidad de una ojiva. Usted puede estudiar música por milenios y nunca podrá llegar a una solución tan económica sin sentirse avergonzado. Pero aquí estamos nosotros, conteniendo el aliento y pensando “ahí viene, ahí viene”, esperando que se compruebe el milagro.

30 mayo, 2011

El goce infantil de la repetición

Todos sabemos (todo aquel que, como dice Luis, “tenga unos añitos” y participe de un espacio cultural que por comodidad resumo como “cultura rock”), decía, todos sabemos cómo empieza este solo. Sepamos o no sepamos música, conocemos las notas, podemos cantarlas. Lo esperamos. “Ahí viene, ahí viene”. Musicalmente, esa espera se señala y enfatiza con un compás (o varios, a veces) neutro, de negras machacantes. No hay ninguna pretensión de causar sorpresa. Y cuando llega, bueno, ya saben, llega.

29 mayo, 2011

Uno que es dos, dos que son uno

Y estamos hablando de “el” solo de Comfortably numb. Si se fijan, estrictamente hablando, los solos son dos. Uno después de cada estribillo. Sin embargo, esos solos constituyen el centro único, uniforme, continuo, permanante de la canción: son la respuesta a “can you show me where it hurts”. You know, I can’t, but it hurts.

28 mayo, 2011

El respeto del ritual

David Gilmour sabe, imagino que sabe porque está claro que no me consta y no puedo documentarlo, que cualquier oyente de Comfortably numb espera el solo.

A lo largo de las innumerables versiones de la canción, el solo ha sufrido más o menos notables variaciones. Sin embargo, es fácil advertir que Gilmour es muy cuidadoso con tres o cuatro elementos: vaya hacia donde vaya la improvisación o la variación, que siempre goza de algún espacio, ciertos pasajes son tocados por el oficiante con fidelidad religiosa. Son los resortes emocionales de la composición.

27 mayo, 2011

El solo

Esta canción es famosa por su solo de guitarra. No sé cuántas veces, ni en qué compulsas, este solo ha sido caracterizado como “el mejor”, “el más” esto o lo otro de la historia del rock. Es un tópico. Es como el arpegio de Escalera al cielo. Pero no hay necesidad de jugar el juego de los rankings. No hay dudas de que, sea como sea, es el solo, una construción no lingüística, uno de los rasgos más sobresalientes de esta canción (por definición, una forma que consagra la importancia de la “letra”).

26 mayo, 2011

Can you show me where it hurts?

Confortably numb es, IMHO, la más grande, densa, abigarrada y completa canción de la historia del rock. Parafraseando lo que dice Saer a propósito de Zama, “Comfortably numb es superior a la mayoría de las canciones que se han escrito, pero ninguna buena canción de rock es superior a Comfortambly numb”.

Aunque semejante afirmación puede parecer, y, en última instancia, muy probablemente sea, la declaración amorosa de un fan, me propongo el ejercio de desplegar por qué opino eso. Después de todo ¿desde qué otro lugar que no sea el del amor hablar de lo que nos gusta?

21 mayo, 2011

A moco tendido...

Cómo no va a emocionarnos ver al creador de una de las metáforas más productivas de la cultura en la que, queramos o no, estamos inscriptos, reencontrarse sonriente con el creador del solo de guitarra más inefable del roc.

(gracias Luis)


19 mayo, 2011

Éramos pocos...

Alice Cooper. También viene Alice Cooper. Argentina parece estar deviniendo una suerte de amable retiro geriátrico rockero.

(¿Ozzy ya vino? No me acuerdo. Cuando venga Ozzy echamo' lo fideo'...)

14 mayo, 2011

Érase una vez un restorán...

-Un irlandés con poca crema.

Fue decirlo y comprender que estaba empezando a convertirme en un personaje. ¿Cuántas veces puede uno llegar a un bar, sentarse solo en una mesa, sacar un libro de la mochila, esperar al mozo y repetir la misma orden?:

-Un irlandés con poca crema.

No creo que hagan falta muchas repeticiones. Mucho antes de que el mozo empiece a preguntar:

-¿Lo de siempre?

ya sabe que uno es “el que viene a tomarse un irlandés con poca crema y leer un libro”.

El pedido contiene el rasgo de capricho (“poca crema”) que enseguida le permite al mozo recortar una individualidad, aunque más no sea negativamente, “qué hinchapelotas”. Recorte al fin.

Y creo que no digo esto por deseo de ser reconocido, individualizado, sino porque trabajé casi diez años de cafetero y aún recuerdo a la que pedía el exprimido “colado, sin pulpa”, o al que pedía un café con leche “primero la leche”. O el del whisky con hielo, “pero el hielo traelo en un vaso aparte”. Y la de la fanta con crema, toda ella inexplicable.

Esas personas se convierten en personajes, individuos. El personal los vé venir y los identifica. Si sus costumbres son muy regulares, sirven para puntuar el tiempo indiferenciado de la jornada laboral.

Me acuerdo que había uno que venía a cenar un rato antes del cierre, cuando ya no quedaba nadie en el salón. Era el dueño de otro restorán. La dueña consideraba eso una suerte de halago. Curiosamente, no recuerdo qué solía pedir, pero recuerdo que su presencia marcaba el fin de la noche: si él estaba cenando en nuestro salón era porque su restorán, uno de los más importantes de la zona del puerto, ya había cerrado.

Se sentaba en una mesa rinconera, cerca de la barra. Cada noche invitaba a uno distinto de sus empleados. Tomaba vino, blanco, de eso me acuerdo porque yo era el que servía las bebidas. No esperaba a que el mozo se acercara; ordenaba desde la mesa, en voz bien alta, directamente a la cocina, como si fuera el patrón y con aire de saber cómo se cocina el bacalao; nunca más apropiada la expresión.

Su presencia significaba un riesgo. Si otro comensal llegaba en ese momento, era una descortesía contraria a la cultura de la casa negarse a atenderlo y en ese restorán estábamos orgullosos de atender a la antigua. Había reglas de cortesía estrictas: en sus tiempos muertos, los mozos debían mirar siempre hacia las mesas, por ejemplo. Es el día de hoy que me resulta irritante ir a un bar o a un restorán donde los mozos se acodan en la barra, de espaldas al salón, obligándote a los malabares más ruidosos para llamar su atención y pedir el postre.

A veces sucedía que el salón quedaba vacío temprano, antes de la hora de cierre habitual. Esas noches, los empleados rogábamos que nadie entrara sobre el límite de la hora, porque la política de la casa era esperar a que se retirara el último comensal para poder cerrar. Lo peor eran las parejas. Y si se sentaban en una mesa a pelear, sabíamos que la noche podía hacerse interminable. Dos cafés eternos y escenas de llanto son corolarios indigestos para una noche agitada.

Pero por suerte este hombre dueño de un restorán del puerto que llegaba a cenar cuando todos ya habían se habían ido nunca se demoraba más de lo necesario y nos hacía saber que sabía que estábamos esperando que se fuera para poder ir a descansar. Él mismo estaría cansado. No recuerdo si dejaba propinas. Debía de hacerlo, porque los mozos lo atendían de buena gana. Saludaba a todos al salir, con una sonrisa satisfecha y un “gracias por todo” que sonaba sincero. Era un modo amable de terminar la jornada.

Ahora soy yo el que está pasando regularmente por un café para sentarse a repetir una costumbre, una manía, las tardes escasas pero no improbables en que el tiempo por venir no se puebla de expectativas.

Me pregunto si llegaré a habitué y si llegará el día que el mozo me diga: “¿lo de siempre?”.

11 mayo, 2011

Furibundas

Hablando de chicas.



Este video no hace honor al sonido aplastante y al enorme disfrute de la cosa que transmiten; es apenas una pálida idea de lo que esta banda es en vivo.

Dirty Diamonds, un poco más allá de la avenida Rivadavia (donde, no sé si se acuerdan, Borges situaba el inicio del Sur).

09 mayo, 2011

Glam metal que me hiciste mal y sin embargo...

Unos señores bastante crecidos y con alta tolerancia al ridículo se calzan sus disfraces de rockeros y vienen a pasear sus raros peinados viejos por la ciudad de Buenos Aires.

También escuché que viene Whitesnake. Y Bon Jovi ya vino.

¿Y para cuándo Poison?

¿Y Cinderella?

[¡¡¡Les juro!!! Existió una banda que se llamaba Cinderella. De púber yo tenía un amigo que le gustaba el glam metal (o “hair metal”, como le llaman inspiradamente en Allmusic.com) y tenía todos los discos ¡en vinilo!; doy fe: yo los ví (y hasta los escuché).]

¿Y este grupo que eran todas minas? Cómo se llamaba... ahí lo encontré: Vixen; ¿estarán tocando o ya se les habrán caído mucho las tetas?

Ay, los ochenta, sus clichés, sus tics...

05 mayo, 2011

Fondo

Lo dije y lo reafirmo: esta canción de Plant tiene una sonoridad que me recuerda al Cerati de Amor Amarillo.

Someto a sus oídos la prueba:



Claro que no tienen que prestar atención ni a Plant ni a Cerati, que son cantantes lo bastante distintos, como son distintas las canciones. La de Plant está impregnada incluso de temática gospel, inimaginable en Cerati.

Pero escuchen el uso de las guitarras: guitarras saturadas y embarazadas de reberverancia y eco que despliegan arpegios o estiran acordes.

Y los solos. Claro que no son iguales, claro que no hablo de plagio. Pero alientan un mismo gusto, un mismo ánimo, unos mismos recursos.

No sé quién es el guitarrista de Plant en esta grabación (en un rato lo busco). Sí se a quién declaraba homenajear Cerati en aquel disco de 1993: recuerden que es el disco que incluye su versión de Bajan.

Pensar en aquel a quien escucha Cerati cuando toca su guitarra nos lleva a Spinetta. No sé a dónde nos lleva pensar en quien escuchaba Spinetta cuando tocaba la suya. Y está claro que el guitarrista de Plant no escucha (no necesariamente escucha) a Cerati o a Spinetta. Hay allí, en un fondo común, un guitarrista que llega a nosotros a través de estas capas de tiempo, a través de otros oídos.


Y aunque no le pongamos un nombre ni le adscribamos una biografía, allí está, aquel fantasma.



(Los guitarristas de Plant son dos: Patty Griffin, una dama, y el caballero Buddy Miller, de los cuales no tenía el gusto, y que en el resto del disco no hacen ningún esfuerzo por ser otra cosa más que guitarristas de country - De paso, la canción de Plant no es de Plant, sino de Low.)

30 abril, 2011

There's a kid who had a big hallucination...

Tengo sed.

(Me sirvo un vaso de agua).

Ah, estás ahí.

El agua está caliente. Muy caliente (agarro el vaso así, como se dice, haciendo un cuenco con las manos, y lo siento: el agua está caliente).

No hace falta que digas nada. Ya sé que no te importa. Por qué habría de importarte, si es mi agua y es mi sed. Idiota yo.

Ya sé qué voy a hacer. Voy a poner el vaso con el agua caliente adentro de una cacerola con agua fría. Me imagino que el agua fría... si, eso: trepará por los bordes, no sé, por algún fenómeno físico que no conozco, la capilaridad, ponele, y se mezclará con el agua caliente...

Por lo menos el calor se disipará a través del vaso, ¿no? por contacto con el agua fría.

Ya sé que no te importa, que pensás que estoy hablando boludeces.

Creo que ya está, ya puede beberse.

¿Querés?

Te pregunté si querías: ¿querés?

Qué me importa.

El agua está sucia (turbia a contraluz, levanto el vaso y lo alzo hacia la ventana). Ya veo.

Si lo que tengo que hacer es  tomar agua sucia, tomaré agua sucia.

(Entonces te doy la espalda y vuelco el contenido del vaso por el drenaje)




[
Tras la lente panorámica
mis ojos nublados apenas si pueden delinear
el momento.

Lejos de volar hacia el cielo azul
caigo en espiral hacia el pozo en que me oculto.

(Si lográs sortear las minas a la entrada
golpear a los perros y engañar la vigilancia
si discás la combinación y abrís la trampa
Si estoy adentro
te diré...)


Hay un pibe sufriendo una gran alucinación
haciendo el amor con chicas de magazine
Se pregunta si tu nueva fe te permite dormir
si alguien podría amarlo
o si todo es un sueño.

Si te mostrara mi lado oscuro,
¿me abrazarías igual esta noche?
Si te abriera mi corazón
y vieras mi debilidad,
¿qué harías?
 

¿Venderías la historia a la Rolling Stone?
¿Te llevarías a los chicos?
¿Me dejarías solo?
¿O sonreirías complaciente
al otro lado de la línea?
¿Me mandarías a mudar?
¿O me llevarías a casa?

Yo creí en tener mis sentimientos al desnudo
Creí en tirar abajo las cortinas

He tenido la hoja en mis manos
Estaba listo

Pero sonó el teléfono.

Nunca tuve el valor de hacer el corte final.
]

27 abril, 2011

De un derrotero y de una reflexión

El derrotero es el que yo realicé hasta comprar un disco. La música corresponde a una banda de esas que suele calificarse “de culto” (existe una comunidad de oyentes que la valora pero que no alcanza la masa crítica necesaria para ocupar un lugar en el mainstream).

Su música bien podría ser un caso más para mi colección de respuestas a la pregunta de Frank Zappa.

Hace años, tenían sus dos discos colgados en su propio sitio web para descarga gratuita. Yo los había bajado. En algún colapso de hardware, los perdí, y suerte similar habrá corrido el sitio de la banda, porque nunca más lo volví a encontrar. Tanto era mi deseo por recuperar esas grabaciones, que hasta indagué en el Internet Archive para descubrir que hay trazas del sitio en cuestión hasta 2009. Después, poof!, como Keyser Soze.

Contrariando la hipótesis que afirma que es muy difícil borrar las huellas digitales que se dejan en el ciberespacio, no pude encontrar ni una miserable canción ni en la mula ni en el torrent ni en ningún lugar de la web. Y busqué a conciencia. Nada

Amigos and Friends parece haber desaparecido del ciberespacio.

La semana pasada fui a ver un recital y encuentro, en la puerta, la habitual mesita donde el sello independiente del caso vende los discos de la banda del día, y muchos otros más.

Y allí estaban. Arcaicos, físicos, con cajita y celofán, con su booklet y la segura serigrafía en el lado ciego, seguramente brillantes y plateados en su lado con datos, grabados en formato CDA, los discos de Amigos and Friends.

¿Y saben qué? Los compré. A ver si lo explico claramente: compré los discos de una banda que había “regalado” su música en internet unos años atrás y que yo había obtenido asi en formato MP3 y luego perdido.

La reflexión es que hay música, digamos además que la música que a los mastines del copyright más les interesa, por la que yo no pagaría un mango. Shakira, por ejemplo, y sin ir muy lejos. Pero para mí, estos discos de Amigos and Friends tenían valor.

Se me hace de una evidencia así diría cartesiana que toda esta cuestión de la demonización de la piratería no tiene nada que ver con el arte, con el gusto de la gente y ni siquiera con la “propiedad intelectual”. Es lisa, brutal y llanamente una pelea en defensa de un modo de explotación y de apropiación. Nada más.

Para más INRI, Amigos and Friends, una banda que podría calificarse aproximativamente de “banda de covers”, declara en uno de los booklets que “el copyright de los temas aquí interpretados pertenece al inconciente colectivo de la humanidad”.


El que no haya pasado sus buenos ratos tarareando un jingle de televisión e imaginándole variaciones, que arroje la primera piedra: