29 diciembre, 2012

La cualidad nutricia

El relato conecta dos hechos, separados en el tiempo por un par de meses. Un par largo, se diría, para sugerir que, tal vez, "un par" significa algo más que simplemente dos.

Son, los dos hechos, banales.

El más antiguo de los dos corresponde a un día que estaba preparando pasta. Había puesto el agua al fuego y, cuando rompió el hervor, quise abrir el paquete, un paquete de esos fideos cortos con forma de tirabuzón.

Se me rompió el celofán y la pléyade de fideítos se consteló por la cocina. Aquello del universo en constante expansión, supongo. Barrí y junté los fideos que pude, pero algunos habían caído en el hueco entre la cocina y la mesada, de donde, a decir verdad, ni intenté, en ese momento, retirarlos.

Me olvidé de ellos hasta el segundo acontecimiento, que fue por estos días. Una invasión de hormigas. Había dejado la mesada llena de trastos sucios y se vé que la cualidad nutricia de los restos atrajo a unas hormigas chiquitas y negras que yo sé que viven conmigo en esta casa.

La mesada y la propia cocina eran un, como se dice, hervidero de hormigas. Estaban sobre los platos, las fuentes, los vasos, entre las hornallas, abigarradas, móviles,  apretaditas, como los murciélagos de Luca, recortando, troceando, trasegando los restos para ellas tan valiosos.

Me puse a lavar, que no era otro el problema. Lavé los trastos, limpié la mesada y la cocina, pasé lavandina, y las hormigas se fueron retirando, espantadas, a medida que mi tarea avanzaba.

Lo que conectó ambos hechos fue descubrir, al limpiar el espacio entre la cocina y la mesada, intactos, los fideos que se me habían caído aquella vez que se me rompió el paquete.

Es decir, algo un poco inquietante, ver que, en su voracidad, las hormigas habían ignorado un alimento, supuestamente, de origen orgánico.

Rocié el área con veneno para hormigas y me fui a hacer otra cosa.

10 diciembre, 2012

Lucas Pizarro y sus noches de invierno

...entonces nos acercamos el uno al otro y nos besamos. Un beso en los labios, tierno, suave, hecho de varios besos más pequeños. Cuando terminó ese beso, ella tomó mi cara con sus dos manos, como quien eleva una ofrenda, como una caricia, y dirigió mi cabeza hacia un costado. Me dió un largo y dulce beso en la mejilla. Mi reacción fue reír, un poco exageradamente. Aún no sé qué puede haberle significado mi risa. Tampoco sé yo mismo qué quise decir, si fue una risa nerviosa, o una forma de aceptación.

Esa fue la despedida. Salí de su casa. Estaba oscuro y hacía mucho frío. Me calé el gorro de lana y alcé el cuello de mi abrigo. Un beso en la mejilla. No había romanos esperándome. Estaba solo.

22 noviembre, 2012

Postal

Muchas veces, como hacemos todos, seguramente, he intentado reconstruir o recuperar recuerdos de la infancia. La memoria de mis primeros años es un árbol bastante seco del cual sólo extraigo cada tanto unos pocos frutos no muy jugosos. Son retazos, o más bien postales, casi fotografías y, en muchos casos, ni siquiera auténticos recuerdos sino la reimplantación de un recuerdo a través de un relato de alguien mayor.

Mi madre, sin ir muy lejos. De ella guardo algunos recuerdos, pero sobre todo muchas palabras.

Si algo es mi madre, por ejemplo, es su historia del abuelo gallego. Y esa historia es a su vez vaga e incompleta. Es la historia de mi madre comiendo almejas. Recogía las almejas con mi bisabuelo, en días de caminata por la arena. Ella era un niña de unos cinco o seis años, la edad que tiene ahora una de mis hijas. Caminaba con su abuelo por una playa que podría ser Mar de Ajó, en esa zona donde el mar todavía está sucio de la afluencia del Plata (hay otra anécdota de mi madre que involucra a Mar de Ajó, un destartalado ómnibus de pasajeros y el esfuerzo de mi abuelo, su padre, para ayudar a mover el ómnibus, que se había encajado en la arena).

Caminaban por esas playas, que hace sesenta años habrán sido desoladas y rústicas, y recolectaban almejas. El abuelo las abría vivas, las rociaba con limón y las comía. El abuelo gallego le enseñó a mi madre a comer almejas crudas, lavadas con la misma agua del mar, apenas laceradas un poco por el ácido del limón.

Y yo me pregunto qué habrá sido eso que tanto impresionó a la niña de seis años, qué cosa señaló ese recuerdo de entre el cúmulo de experiencias, si el gesto del hombre, si el acto primal de devorar al animal crudo y todavía vivo, si el sabor fuerte y agresivo del molusco y el cítrico, si el ritual, la coreografía del gesto que imagino (la danza de las manos para despegar la valvas con un cuchillo, apretar el limón, adivinar el reventar de la pulpa, la caída de alguna gota en los ojos de la nena que mira, fascinada, incrédula, al animal reaccionar y retorcerse), si habrá sido el atardecer o la figura del hombre contra el sol, o tal vez el juego, el estar de rodillas en la arena, buscar con la vista los pequeños y redondos agujeros que delatan el lugar donde la almeja se ha enterrado, cavar con la pequeña palita de metal, atrapar al animal antes de que logre hundirse más profundo, cuidar de no romper las valvas con la pala, juntar la cosecha en un balde lleno de agua de mar.

Mi madre nunca contó que se riera entonces. Siempre ha presentado la escena como un momento pleno de felicidad, pero no recuerdo risas en la historia. Aquel hombre, del que sólo sé que juntaba almejas con su nieta y que las comía bañadas en limón, dejó en la niña que después fue mi madre una impronta tan profunda que se concentró en un único acontecimiento, relatado una y otra vez (ahora lo pienso) como cuento para ir a dormir (y afloran recuerdos de mi madre: sentada en un banco, entre mi cama y la de mi hermana, dándole una mano a cada uno para evitar celos y competencias, y contando la historia del abuelo, una historia con tan escasos elementos como aquí los repito: un hombre y su nieta caminan por la playa buscando almejas para comerlas crudas, rociadas con limón). Ese era el cuento. Ese o el de los tres chanchitos, una canción de cuna y a dormir.

Algo fascinante habrá tenido la voz de mi madre. La certeza de una forma del amor, algo próximo al encantamiento causado por un único gesto, una escena simple y acotada, aguda y exigua como una espina, y clavada con igual tenacidad.

Y el cuento pasó finalmente a mi memoria. Aquel inmigrante gallego en las costas del Plata, que imagino taciturno, dejó, diría casi con certeza que sin saberlo, su ciega marca para que una madre la pasara a su hijo. Creo que no fue tanto la historia como la pura voz de mi madre, su inexplicable entusiasmo, aquello inefable que el relato no podía contener pero que la voz revelaba.

Con los años, mi madre formalizó un manifiesto deseo de conocer Galicia. El tiempo le dio la oportunidad. Viajó a España a visitar a una hija, inmigrante de la oleada de los años dos mil. Y fue a Rajó. Y vio las rías. No sé si comió almejas. Honró la memoria de su abuelo, conoció olvidados y vagos parientes.

En las costas del Atlántico argentino hace años que ya no se ven almejas. De chico, yo todavía las juntaba cuando íbamos de vacaciones a San Clemente. Era un juego y la ocasión para que mi madre repitiera la historia del abuelo gallego. Nos divertíamos, mi hermana y yo. No recuerdo haber comido jamás esas almejas. Apenas si recuerdo si alguna vez mi madre hizo con ellas algo parecido a una paella, hirviéndolas, creo, hasta que las valvas se abrieran.

Hace unos días leí en un diario que se habían vuelto a ver almejas en la costa. Pedían a la gente que no las recolectara, para no fracasar su regreso.

En fin. Así son las postales: parece que tienen un origen, una causa o un motivo y, sobre todo, que se dirigen hacia otro, un lugar o un destinatario, pero en realidad son retazos encallecidos de algo que, suponemos, pasó, sin causa ni efecto, sin trama ni desenlace.

08 octubre, 2012

La Gorgona

Acaricio su rostro con mis manos bellas, finas, delicadas. He logrado desarmarlo luego de una breve lucha; no ha sido difícil, aunque ha sido el primero en mucho tiempo que logra combatir conmigo sin mirarme a la cara. Por eso vive aún. Ha venido a buscarme, como tantos otros, no sé para qué. Para medir su valor, tal vez. Lo tengo atrapado, mi cuerpo enroscado al suyo, y se resiste a abrir los ojos. Es hermoso y fuerte. Tiembla de pavor y respira agitadamente. Le tomo la cara con ambas manos, como alzando un cáliz, una copa. Siento su carne trémula, envuelta por mi cuerpo. Acerco mi boca para besarlo. Al sentir la proximidad de mi aliento, no puede resistir el terror y abre los ojos. Me mira a la cara. Aunque mi rostro es bello, no tarda ni un segundo en convertirse en una fría estatua de piedra. Desesperada, furiosa, desenrosco mi cuerpo de su cuerpo inerte, con violencia, y lo arrojo lejos de mí. La piedra estalla en pedazos.

Lloro.

Mi nombre es Medusa. Los hombres conocen mi historia. Vivo en el Inframundo y cumplo una condena.

Esta es mi mano. La he mirado muchas veces. La extiendo delante de mí; estiro los dedos, los separo, la palma hacia abajo. Dispongo del tiempo. En la penumbra, advierto la tensión, el dibujo afilado de los tendones. Tengo bellas manos. Finas, delicadas. Giro esta mano, la palma hacia arriba, la llevo a mi aljaba y saco una flecha. Veo mi izquierda empuñando el arco, alzándolo a la posición de tiro. Apoyo con la derecha la flecha en la cruz que forman mi puño y el arco. Cuántas veces he visto mis manos en este gesto: a la distancia de un brazo, mis dos manos juntas, una un puño cerrado, sosteniendo el arco, la otra aferrando la flecha, acercándose a mi cara mientras tensa la cuerda, hasta quedar fuera de mi vista, exactamente junto a mi mejilla, la cabeza apenas inclinada, el aliento contenido, máxima la tensión del arco, destino de la flecha. Ya no miro mis manos sino el pecho de ese pobre idiota que me busca y me presiente y me ignora.

Mi mirada es certera. No me distraigo en mi mano al soltar la flecha. Sin hacer ningún ruido, con la mudez calma de una serpiente fugaz, la flecha busca su blanco.

No falla.

El hombre herido cae. Me busca con la mirada y me revelo. Me mira fijo a los ojos. No tengo tiempo siquiera de acercarme a abrazarlo en su agonía. Se vuelve piedra.

Lloro.

Multitud de hombres petrificados adornan mis aposentos. Museo del horror y de la muerte, paseo entre sus cuerpos inútiles mi silueta intocable.

Me llamo Medusa. Pero soy la Gorgona ahora.

Ningún hombre puede acercarse a mí. Esa fue la condena de Atenea por el delito de haber sido ultrajada ¡Si tan sólo hubiera sabido apaciguar a Poseidón! ¡Si hubiera sido capaz de evitar que me deseara! Pero no, fui al templo de Atenea buscando refugio, y Poseidón me siguió y me acorraló. No fui lo suficientemente valiente para enfrentar la fuerza del dios. Tuve miedo. Tuve miedo de lo que pudiera ser de mí. Sólo quería vivir. Hermoso Poseidón, por favor, no, apiádate. Sí, soy tu sierva si tú los dices. Tu esclava, sí. Sí, hermoso Poseidón, esta pobre mortal está aquí para tí, si es tu deseo, hermoso Poseidón.

Debo arrepentirme ahora de mis palabras.

Sólo he sabido del poder de Poseidón, que aún reina en los mares. Al contrario, a mí Atenea me condenó a habitar el Inframundo, sin conocer jamás el amor de un hombre.

Escucho nuevos pasos en mi cueva. Otro temerario viene a medirse con la Gorgona. Me deslizo suavemente hasta flanquearlo. Lo observo en silencio, lo sigo. Es joven y fuerte, y mantiene la vista hacia el piso. Otro que cree que puede enfrentarse a mí sin mirarme. Se detiene y gira su espada hacia donde yo estoy. Me ha oído. Me mantengo inmóvil y en silencio. Él retoma su andar a tientas por la gruta, buscándome sin saber que estoy a su lado. Me decido a provocarlo. Deslizo mi cuerpo de sierpe a sus espaldas con un roce claramente audible. Se da vuelta y me busca. Ya no estoy. Sigue caminando. Yo tomo distancia. Armo mi arco y apunto a sus pies. La flecha cae justo delante de él, indicando claramente el lugar de donde ha venido. Otros hombres hubieran levantado la vista. Él no lo hace. La flecha le señala que estoy lejos y que su espada no podría alcanzarme. Sólo se aleja unos pasos y se protege detrás de una columna. Él tiene que acercarse a mí. Hago un rodeo y vuelvo a flanquearlo. Con los ojos cerrados, aspira el aire. Siente mi olor. Camina en mi dirección. Lo dejo acercarse unos pasos y vuelvo a dispararle, otra vez a los pies. La flecha en la tierra le hace comprender que no quiero hacerle daño, que quiero que se acerque. Sonríe, y sin levantar la vista, camina en la dirección que le marca mi flecha. Una nueva flecha le confirma el rumbo y mi intención. Lo dejo acercarse a unos pocos pasos. Entonces me revelo, lentamente, en silencio. Para hacerme daño, debería estar aún más cerca. El hombre me adivina y se cubre el rostro con su escudo. Es él quien está vulnerable. Está a tiro de mi arco y en línea con mis ojos, y lo sabe. Puedo advertir la tensión con que aferra su espada, alzada hacia mí. Me acerco lo suficiente para que pueda ver mi cuerpo frente a sus pies, por debajo del escudo. No retrocede. Cuando intento rodearlo, da un salto y se aleja, evitando la emboscada. Armo mi arco y esta vez le apunto a las piernas. No quiero matarlo, quiero atraparlo, para rodearlo con mi cuerpo reptil. Erro. El hombre se aleja y se esconde entre las ruinas. Ahora soy yo la que no puede verlo. He quedado al descubierto. Está intentando tomarme por la espalda. Me deslizo velozmente y me pierdo entre las derrumbadas columnas. No lo encuentro, lo he perdido. No puede estar muy lejos, aún en este laberinto. Él tiene que acercarse a mí. Siento a mi espalda el veloz deslizarse de unas sandalias y adivino la amenaza. La espada pasa sobre mi cabeza y yo alcanzo apenas a darme vuelta, mientras el hombre cae y rueda a esconderse entre las rocas. Armo mi arco tan rápido como puedo y disparo. Erro. Me alejo. Yo soy la que tiene el arco. La distancia es mi aliada. Pero ahora no tengo dudas. Él quiere matarme. Lo he perdido nuevamente. Intentará otra vez emboscarme. Avanzo lentamente por un pasillo estrecho con el arco armado, apuntando al frente. Logra una vez más sorprenderme. Aparece velozmente de atrás de unas columnas a mi izquierda y de un mandoble parte mi arco. Rueda otra vez entre las ruinas y lo pierdo de vista. Ha eliminado mi ventaja. Grito de furia y me lanzo a perseguirlo. Lo encuentro de pie en medio de una gran recámara, dándome la espalda, viendo cómo me acerco en el reflejo de su escudo, la espada lista, el cuerpo tenso. Quiere que me acerque. Quiere matarme.

Es que soy la Gorgona. Soy (ahora) la Gorgona. Por fin lo comprendo. Ya no soy más la que fui, la bella Medusa, la hermosa, la esbelta, la perfecta, la que deseaban los hombres y los dioses.

Soy ahora una bestia, la sierpe, la de la voz viperina y el cabello reptil, soy el monstruo de la mirada mortal que se arrastra por las ruinas de esta enorme gruta del infierno, acechando a los audaces que se aventuran en la oscuridad, para saltarles a la cara y convertirlos en piedra, sin un hálito de vida ni un temblor de ansiedad. Piedra pura dura y muda. Pero hoy ha llegado otro hombre que ha sabido acecharme sin mirarme a los ojos, sin mirar a la Gorgona. La única, la inabordable.

Solitaria Gorgona.

Puedo por fin maldecir a Atenea, ¿qué otro mal puede hacerme? Tal vez este hombre que me espera de espaldas con la espada en alto sea por fin el que termine con este dolor. Yo ya no soy una mujer. Nunca volveré a serlo.

Me acerco a él desarmada. Se prepara para saltar. Gira con violencia, la espada firme en su mano, directo a mi cuello. No sé si me mira. Por las dudas, cierro los ojos.

06 octubre, 2012

El don

Habría que intentar otro pesar, 
otra alegría, un sitio 
distinto para esta alma que se espeja...
 Tamarit 


El libro inició su recorrido hace meses, años, tal vez. Fue pergeñado, deseado, escrito y fabricado en Córdoba. Fue dedicado a una decena de personas. Otros tantos ejemplares fueron entregados en don a un mensajero y transportados por unas primeras manos humanas desde La Docta hasta la Reina del Plata. Ese primer mensajero podía guardar un ejemplar para sí, pero debía acercar al resto a otro destino. Un tiempo humano, que no se mide sino por los azares de las ganas y la voluntad, transcurrió hasta que las manos del primer mensajero se encontraron con otras y conversaron y entregaron en don los ejemplares del libro. Manos humanas lo transportaron desde la Reina del Plata hasta algún lugar del Oeste. La cruda y bruta materialidad del libro esperó otra vez un tiempo humano hasta que tuvo lugar un nuevo encuentro. El segundo mensajero guardó un ejemplar para sí y transportó camino al Sur la ruda materialidad del papel y la cartulina. Mis manos recibieron un don y un testigo. Guardé un ejemplar para mí. Otros dos ejemplares más esperaban aún para encontrar su destino. Más tiempo humano pasó. Hoy, mis humanas manos pasaron los dos últimos ejemplares a un nuevo mensajero, que guardará un ejemplar para sí. Sólo falta un libro. En estos tiempos interesantes que nos tocan, la historia que quiero contar es la de un curioso libro, un libro de poemas, un libro impreso en papel, que recorrió por tierra, en bolsos, carteras, guanteras o mochilas, cientos de kilómetros para hilvanar una decena de puntos.

09 septiembre, 2012

Aquellos viejos buenos cuentitos...

Siguiendo un recorrido de lecturas que no vienen al caso, caigo en la cuenta de que Psiqué es uno de los personajes de la fecunda mitología griega que cruza vivo al Inframundo. ¿Podríamos llamar a eso “atravesar el dolor”?

(La leyenda se reduce a que Eros, encargado por su madre de vulnerar la amenazante belleza de la mortal, se enamora de Psiqué y la secuestra. A Psiqué le agarra síndrome de Estocolmo y se deja garchar por Eros, que le exige sin embargo permanecer ignoto, no ser visto, entrar en la que deviene su mujer protegido por las sombras -pobre Psiqué: no le vé la cara a Dios, pero siente su potencia. Un día, Psiqué viola el pacto que los vincula y enciende una lámpara mientras el dios duerme el sueño del amor. “Sólo un monstruo puede exigir permanecer oculto”. Sin querer, le quema el rostro con el aceite de la lámpara. Decepcionado y seguramente dolorido, Eros repudia a Psiqué y vuelve con su mami, Afrodita. Psiqué, arrepentida, implora el perdón de Eros, el regreso de su amor. Como si la cosa dependiera sólo de ella, Afrodita exige a cambio a Psiqué reparar la belleza de su nene, dañada por la quemadura. Le encomienda ir al inframundo a pedirle a Perséfone una parte de su hermosura. Psiqué piensa en suicidarse para llegar rápido al Inframundo, pero tiene una iluminación que le da un par de ideas mejores. Obviando los detalles, Psiqué logra su objetivo: cruza viva el Aqueronte, llega al Inframundo, negocia con Perséfone y regresa al mundo de los vivos con un recipiente lleno de belleza. Imprudente, abre el recipiente con la intención de robar una parte para sí. Un sueño de los muertos la fulmina. Eros, con todo aún enamorado de Psiqué, la despierta. Final Disney. Comerán luego perdices y de su unión nacerá Placer.)

25 agosto, 2012

¿No ves que ya no somos chiquitos?

Es muy triste ver surgir un entusiasmo, chiquito, tímido, debilucho. Verlo asomar como una plantita minúscula que rebrota entre el polvo cruel de la sequía o entre las cenizas que siguen al incendio. Es descorazonador verlo estirar esas hojitas como bracitos, como desperezándose, como venciendo una tendencia a la inmovilidad que le viene de dentro. Y después, verlo malograrse. Los anteriores entusiasmos fueron arrasados por cataclismos furibundos y rapaces y no ha quedado de ellos más que un germen que se repliega y repliega y repliega y se va hondo en la tierra y huye de la luz y todas esas cosas que ya se sabe que hacen los entusiasmos cuando a su alrededor el tiempo no es propicio y rugen tempestades o rechistan alambradas eléctricas. Pero nunca un cataclismo es tan fuerte ni tan duradero. Se acaba, un buen día, y entonces un minúsculo entusiasmo asoma su cabecita y empieza a desperazarse. Y cuando parece que este minúsculo entusiasmo, un entusiasmo que es apenas la evocación o el resto de otros entusiasmos voraces o feroces, entonces, se acerca la cabra inevitable, el hervíboro del caso y pum, se lo come, o lo pisa la manada de elefantes o lo arrastra un torrente inesperado que, en realidad e igual que el propio entusiasmo, señala el fin de la sequía.

Y después queda ahí el hueco de ese minúsculo entusiasmo, la sensación del brazo amputado que es énfasis de una ausencia, y uno se queda mirando como diciendo "¿y? ¿ya pasó?" y ahí no queda nada y otra vez a esperar, a cuidar semillas invisibles y minúsculas, que las trae y lleva el viento, y repararlas del clima y de los pájaros y esperar a que brote, otra vez, un entusiasmo que, para llegar a baobab, tiene primero que ser brizna.

-¿Baobab?

-Si, Antoine, las rosas me chupan un huevo. No quiero un entusiasmo de rosa. Quiero un entusiasmo fuerte como un baobab...

-Pero es que yo pensé... creí... bah, la idea era...

-Si, Antoine, ya sé cuál era tu idea. Era una linda idea.

Antoine me mira. Se lo ve apesadumbrado. Se ve que, de alguna manera, lo he decepcionado. Se recuesta en su silla y juega con la cuchara del café. Abre la boca como para decir algo y escucho la pequeña apnea que prepara la salida de la voz. Se calla, sin embargo.

-¿Sabés, Antoine? Hace años, había en el patio del departamento donde vivía una bolsa de tierra. Brotó algo, ahí. Lo cuidamos y lo dejamos crecer. Resultó un jacarandá. O la semilla estaba en la bolsa, o cayó con la mierda de algún pájaro, andá a saber. Lo dejamos en la bolsa hasta que estuvo lo suficientemente grande como para pasarlo a una maceta. Lo transplantamos. Luego nos mudamos y lo llevamos con nosotros. Tuvimos que pasarlo a una maceta más grande. Alcanzó un par de metros de altura. Se ve que el macetón donde lo teníamos no lo favorecía. El tronco era un palito fino y flexible que tenía en la punta un penacho de esas hojitas compuestas propias de los jacarandaes, pero resistió vivo, aguanto tormentas y heladas y resolanas. Pero nunca nos decidimos a plantarlo. Ningún lugar parecía lo suficientemente bueno. Yo me fui de esa casa, con dolor, con furia. Ahora, necesito un baobab. ¿Me entendés, Antoine? Un baobab...

10 agosto, 2012

El fabricante de espejos

El arte de fabricar espejos era, en sus inicios, un arte delicado pero sucio. Exigía el trato con cristales frágiles y la manipulación del mercurio y del estaño, metales que contaminaban de a poco el cuerpo de los artesanos.

Los más célebres fabricantes de espejos exportaban sus maravillas desde Venecia, que era además un estado guerrero. Cuando la ciudad entró en guerra con el turco para detener su avance en los Balcanes, se encontró peleando del mismo lado que los ejércitos rumanos del príncipe Vlad III, rey de Valaquia. Petre Wajcescu era vidriero y no conocía el arte de fabricar espejos. Era uno de los tantos rumanos que habían sido arrastrados por la leva y habían quedado entre las tropas del Príncipe Radu, quien, en alianza con el turco, quería arrebatarle la corona de Valaquia a su hermano Vlad, entregando de esa manera el control de los Balcanes, las puertas del Sacro Imperio Romano Germánico, al Imperio Otomano.

El Papa no podía permitirlo, por lo que ejércitos de toda Europa enfrentaron al Sultán. Naves venecianas recorrieron el Adriático hostigando a los buques turcos. Una nave de la armada serenísima capturó el bajel (uno de tantos) en el que se hallaba Petre. Fue liberado a su suerte en tierra de la República cuando convenció a los oficiales de la nave de que era un cristiano prisionero del infiel. Abandonado en Venecia, encontró trabajo como vidriero en el taller de un fabricante de espejos, a cambio de casa y comida.

Ahí Petre aprendió a mezclar el estaño y el delicado mercurio. Aprendió a aplicar al cristal los paños de lana para fijar el azogue, desde ese momento, invisible al mirar el espejo.

Luego de violar a la hija de su maestro, huyó de Venecia y emprendió el regreso a Bucarest. Petre se instaló en Targoviste, la capital del reino, y llegó a ser el más famoso fabricante de espejos de los Balcanes.

Una noche, tres lacayos pálidos llegaron a su taller a encargarle la fabricación de 72 espejos. Vlad III, señor de Valaquia, quería adornar con ellos los recintos de su castillo de Poenari, para que las aguas tristes del Arges se multiplicaran en el interior de la fortaleza (como si pudiera de ese modo quitar las manchas de sangre de los boyardos que mandara a morir en su construcción).

72 era una cantidad que el modesto taller de Petre, donde sólo él trabajaba, difícilmente podría producir en el tiempo que se le ordenaba, pero no podía negarse: su señor era terrible (lo supieron 20.000 prisioneros turcos que colgaron empalados a las puertas de Targoviste, sacrificados para aterrorizar a los generales enemigos).

Una vez iniciados los trabajos, el príncipe en persona visitó una tarde el taller para conocer al artesano. Vlad se paseó (la larga capa negra de la orden del Dragón) entre los espejos terminados, sin pronunciar palabra, mientras Petre temblaba de terror. Al partir, prometió pagar un precio que ningún artesano de Valaquia hubiera imaginado obtener por su obra, si se cumplía con el plazo. Petre no necesitó más para entender las consecuencias de lo contrario.

Fue esa tarde que Petre comprendió, además, que su trabajo, esforzado y eximio, no sería jamás apreciado por su señor.

El plazo impuesto vencía cuando la última gota de mercurio había escurrido ya de los cristales. Había logrado los 72 espejos a tiempo (y había pensado en lo arbitrario del número durante las muchas mañanas que había dedicado a elegir las mejores láminas de vidrio). 72 espejos perfectos, incapaces de la más mínima distorsión, en los que había invertido todo lo que los venecianos le habían enseñado y todo lo que él les había robado antes de huir.

Los lacayos pálidos terminaron de cargar 72 impecables cristales en 18 carruajes tirados, cada uno, por 3 caballos (estaba previsto que algún cristal se rompiera durante el viaje a Poenari). Pagaron la suma convenida y el vidriero no pronunció una palabra, a pesar de haber salvado la vida y de haberse convertido en el artesano más rico de Valaquia.

Es que Petre Wajcescu, de oficio vidriero, fabricante de espejos, había descubierto durante aquella visita a su taller que, como el azogue, su amo, Vlad III El Empalador, hijo del príncipe Dracul, vaiboda de Valaquia, no se refleja en los espejos.

01 agosto, 2012

Manos

Mi hijo mayor se durmió agarrado de mi mano. No sé si debería contar esto. Pienso en mis doce años y en que me hubiera avergonzado enterarme de que mi padre le contaba a alguien una cosa así. Pienso también en que hay diferencias de estilo sustanciales entre el padre que fue mi padre y el padre que yo soy, y en que hay diferencias de carácter sustanciales entre el hijo que yo fui y el que mi hijo es.

La cuestión es que se acostó y nos dimos la mano y se durmió. Tiene la mano grande. Casi tan grande como la mía. Y fuerte. Ya no es la mano de un niño. No es aún la de un hombre, pero ya no es la de un niño. Entonces agarré fuerte esa mano. Quería que esa forma, ese volumen, esa tensión, quedara grabada en mi mano, en la memoria de mi mano, porque intuí que esa era una última vez, que esa era una de una serie de últimas veces que ya han comenzado a ser.

La vida no se priva aún de ofrecerme primeras veces. Sorprendentes, excitantes, frustrantes o dolorosas, mi vida sigue llena de primeras veces. Pero empiezo a ser consciente ahora de las últimas. No sé cuántas veces más mi hijo se dormirá tomando mi mano.

Cualquier día de estos, serán esas las manos de un hombre que comprenderá que no hay nada que pueda sostenerlo guardado en las manos de su padre.

31 julio, 2012

N+2 ocurrencias de (casi) un mismo texto

Intro. Trumpet solo...

Summertime... Y la vida es fácil. La nana negra está en el campo con el hijo del amo y el niño blanco rompe en llanto. Un rasguño, una espina, una piedra o el fracaso en la pesca. The fish are jumping and the cotton is high. A ver mi niño, tu papá es rico (es el dueño de este campo, del algodón y de todos estos negros que lo cosecharemos: para vos la vida está resuelta), tu mamá es bonita, así que hush you little baby, don't you cry. Pero la negra es un poco cruel, o de un fatalismo impiadoso. No llore mi niño, la vida es fácil y el día de verano es espléndido, pero one of this mornings, you gonna rise up singing, te saldrán alas, and you'lll take to the sky. Te vas a morir, claro que te vas a morir. But till that morning there is nothing can harm you, esa mañana está escrita en el gran libro del Señor y, si hoy no es ese día, hoy sos inmortal, no será este rasguño el que te mate, ni esa piedra, ni ese río. Daddy and mammy standing by se ocuparán de eso (el algodón está crecido y tenés la vida resuelta)...

Trumpet solo, bridge...

Summertime, time, time, and the living is easy... Amanecen dos en un departamento con vista a la Bahía de San Francisco, un amanecer espléndido. Estuvieron garchando toda la noche y los sorprende la mañana en un nuevo trip. Ella mira el techo: "hay peces que saltan... y algodón... allá arriba". A él le pega mal, se asusta, empieza a llorar. Vamos, che, niño rico, your mamma's good looking now, todavía es joven, tu viejo tiene guita, ¿de qué te quejás? Ah, ¿es por mí? No, un día de estos vos también vas a elevarte cantando (te va a pegar bien), you'll spread your wings, y llegarás al cielo. Hasta esa mañana, por mí no te preocupes, there is nothing can harm me, así que, pibe, no llores. No, no, no. No llores.

Guitar solo. Coda. Finale.

Fantasías que despiertan los modos de decir Summertime de Ella y Janis (con sus sutiles diferencias en la letra).

04 julio, 2012

El grito (el gran baile en el cielo)

Hacía rato que no jugaba a traducir. Ahí va mi versión del diálogo del video de Cosor:


-¿Acaso no está muerto de miedo?

-No... No tengo miedo de morir

-¿En serio? ¿Está seguro?

-Es algo que pasa un día u otro. Qué importa.

-Si está asustado, está bien. Es decir: ¿quién no lo estaría?

-¿Por qué debería tener miedo de morir?

-No sé, alguna gente se asusta.

-No hay motivos para eso. Hay que irse algún día...

-Si, es verdad. Supongo que así debe ser. Pero, si está asustado...

-Nunca dije que tuviera miedo de morir.

-¿Puede confiar en mi? Sólo estoy buscando conversación. No hay razón para gritarme.

-Le dije que estoy calmado. No intente dar vuelta mis palabras.

-No hago eso.

-¿No? Yo creo que sí. Lo conozco bien.

-OK, lo lamento. No debí decir nada. Fue un error... Le pido disculpas por mi falta de sensibilidad. Le prometo que me mantendré callado mientras estemos juntos.







(Las primeras cinco líneas que corresponden al viejo coinciden textualmente con el texto que se oye en el principio de The Big Gig in the Sky, en la grabación original, un poco en el segundo plano de la mezcla.)

03 julio, 2012

Vean el videíto que nos mandó Luc.



No se escapen a los créditos finales. Atribuyen la música a Pink Floyd, lo cual es inexacto, porque parte del crédito corresponde a Clare Torry. Pero pienso, ¿habrán pagado derechos? Munch debe estar en el dominio público, así que con eso no hay problema, pero Pink Floyd, ¿será muy caro usarlo de soundtrack?, ¿habrá sido el costo más alto de la producción?

Copiar, combinar, transformar...
http://www.youtube.com/watch?v=nxOrSzCy50U


(De paso: el video está güenísimo.)

28 junio, 2012

De cómo se rellena el tiempo perdido

Venía leyendo en el tren. "Historia de la lectura". Voy por "Roma", digamos. Pero el pensamiento que se me ocurrió, mientras leía, tiene un carácter bien actual: pensé en que toda la mitología griega, esa que tanto ha admirado a nuestro "occidente" euro-determinado del que creemos formar parte, no hubiera existido si no hubiera sido posible para los autores de tragedias apelar a personajes de la tradición oral, de la religión popular, si no hubieran sido capaces de apropiarse de situaciones dramáticas y narrativas, si otros autores no hubieran podido continuar o retomar temas, contarnos lo que otros no habían contado acerca de los mismos personajes.


Es decir: la entera cultura griega no hubiera existido si una normativa de derechos de autor y propiedad intelectual hubiera impedido a una multitud de autores y comentaristas explorar (y explotar) personajes o situaciones en su carácter de enteros símbolos, como unidades de significación de un nivel superior, distinto de sus componentes, que se integraran en nuevas composiciones.


Pensé también que si limitaciones de propiedad intelectual como las que se impulsan hoy en día hubieran estado en vigor desde entonces, muy probablemente supuestos herederos de Sófocles, o detentores de la propiedad intelectual que podrían haberla comprado como quien compra una camisa a los que se la habían comprado a los que se la habían comprado a los herederos de los herederos de los derechos de Sófocles, hubieran hecho imposible a Freud crear el psicoanális basado en una metáfora como la de "Edipo" (o lo hubiera obligado a una perífrasis sin vigor expresivo: "Complejo de joven-rey-griego-que-descubre-tarde-que-ha-desposado-a-su-propia-madre").


Pensé también a quién carajo le importaría lo que yo estuve pensando.

21 junio, 2012

Algo que, aunque usted no lo crea, viene a ser una especie de diálogo

"Reconoció ese tono exacto de gris que sólo los miserables pueden distinguir en un cielo de lluvia".

Es Onetti, condenando nuestro daltonismo, citado acá por Vero.

"-... ¿Cuál es el color de sus ojos?
-¿Se ha fijado usted en el color de la plata pulida cuando...?
Anoté ojos grises y me dí prisa en seguirle interrogando."

Es Dashiell Hammett, uno que nada que ver.

10 junio, 2012

Persiste la duda

La condición y naturaleza de aquellos que son como yo es conocida. Fue establecida con precisión y hartazgo de detalles en el siglo diecinueve. O lo que es lo mismo, vengo aquí a declarar que me considero decimonónico.

Ya la palabra “decimonónico” es, por lo bajo, grotesca. Una cuestión de sonoridad: “monónico”. Cierren los ojos y díganlo en voz alta. ¿Lo oyen? Repitan, repitan: “monónico”.

Nada serio puede estar asociado con ese sonido.

La cuestión es que estoy aquí, apartado del mundo, como el Duque de Orsini, rodeado de bellos instrumentos que vienen a ser, tal como establecen las normas decimonónicas, un énfasis.

El exceso de dedos en las manos o los pies, las jorobas, la pilosidad descontrolada, tal o cual rasgo animalesco, preferentemente garras, colmillos, orejas o rabos, una voracidad desmedida, la fuerza sobrehumana, una lujuria desatada, todo ello justifica un aislamiento estricto.

Y para que la monstruosidad sea cabal, estas bellas estatuas griegas, los óleos renacentistas, los bordados orientales deben adornar las estancias donde el monstruo descansa su ira o su frustración, donde espera la llegada de jóvenes vírgenes a quienes someter impiadosamente o de apolíneos héroes dispuestos a medir su fuerza y su valor con un desesperado.

Es así que, en pleno siglo XXI, he logrado rehuir un destino de fenómeno televisivo, ocultando mi naturaleza en esta villa italiana abandonada. Está demás claro que no puedo explicar cómo es que una onerosa propiedad de esta clase permanece desocupada, cómo es que no es explotada por empresarios del turismo. Aunque ahora que lo pienso, como tampoco puedo explicar las comidas que están siempre frescas, recién preparadas y servidas, a mi alcance en los variados comedores, tal vez deba considerar la hipótesis de estar siendo criado como un oso, un león, un tigre, un elefante, que vive una vida despreocupada tras los almohadillados barrotes de su jaula de oro.

¿Pueden haber acaso cámaras tras las cortinas? ¿Puede haber acaso un público detrás de los espejos?

La idea de estar siendo observado es insultante.

¿No merece acaso, cualquier homínido, en estos tiempos de derechos y agotadoras regulaciones de las relaciones entre los hombres, y las mujeres, claro, su precioso aislamiento que lo mantenga a salvo del escarnio y, sobre todo, la provocación que podría llevarlo a destruir todo lo que lo rodea?

Ya se sabe: no soy yo cuando me enojo.

Sin embargo, mi monstruosidad es generalmente pacífica. Echo con tristeza una ojeada a los espejos que abundan en esta estancia. Me devuelven la mirada de mis puros ojos azules, el rostro cánido, e imagino una multitud agazapada contra el cristal. “¡El monstruo llora! ¡El monstruo llora!”, dirá alguno, necesariamente una jovencita, una prepúber, una niña sensible.

Un hálito de compasión recorrerá al grupo. Podría entonces bajar la mirada, reflexivamente, pararme, recorrer a paso lento la suntuosa habitación. El público tras el cristal contendría la respiración, suspendidos a la espera de mi próximo paso. Me acercaría entonces al delicado bouquet floral que viste el mismísimo espejo desde el cual me espían.

“¡El monstruo se ha acercado! ¡Nos mira!”, dirá el guía mientras clavo mis ojos azules en la perspectiva vacía del falso azogue.

Levantaría mi mano deforme y con las larguísimas garras como dagas que brotan de mis puños atravesaría una delicada rosa blanca y la acercaría a mi hocico, para aspirar su perfume.

Aguzaría el oído en ese momento para percibir el quedo murmullo que la audiencia no podría contener. Confirmaría así su presencia.

Habría completado un digno número de monstruo sensible de Disney. Sin embargo, persiste la duda: no logro escuchar nada detrás de los espejos.

Podría, en cambio, soltar las riendas que refrenan mi ira. Hacer jirones las finas prendas que contrastan con mi piel escamosa y arrojarme como un torpedo contra las paredes, los cristales de las ventanas. Haría volar los jarrones y las porcelanas, destrozaría los óleos, reduciría a astillas los marcos de los cuadros, los muebles, despanzurraría almohadones.

Rugiría con la solemnidad amenazante de una manada de leones cuando la noche llega y anuncian la cacería o la cópula. El público tras los cristales sentiría miedo y pavor. El guía les hablaría de los blindajes y otras precauciones.

Mientras yo correría hasta los patios, intentando alcanzar los bordes de las altas cercas, el guía tocaría, con más deleite que preocupación, el dispositivo de alarma que tendría preparado para estos casos.

Una jauría de perros vendría a buscarme. Cebados con cocaína, me atacarían inmediatamente. El espectáculo sería apoteósico.

No quedaría un solo perro vivo. Sé que podría partirles los lomos, abrirlos con mis garras y dejarlos con las vísceras expuestas. Los patios quedarían inundados de la sangre de los perros y la del monstruo que, exhausto, se tiraría a descansar sobre el charco inmundo.

Nuevamente aguzaría mi oído para captar el indiscreto sonido de los aplausos que la audiencia extasiada, ebria de adrenalina, no podría contener.

Sin embargo, persiste la duda: no logro escuchar nada tras los espejos.

Cierro los ojos, presto atención. No logro escuchar nada, nada más que el rumor casi imaginario de la sangre en mis oídos. Así, con los ojos cerrados, percibo mi respiración. Presto atención a la tensión de mis músculos. Recorro mi cuerpo, los puntos donde mi cuerpo está en contacto con el suelo, las caderas, los omóplatos, el rabo.

Imagino mi corazón agitado, la sangre corriendo por túneles oscuros, llegando a los músculos extenuados, llevando el reparador oxígeno. Pienso en mi metabolismo acelerado, las vísceras, el alambique del estómago, los turbios intestinos.

Busco otra vez el afuera, pero aún no abro los ojos: extiendo las manos y hurgo en el charco de sangre: siento el líquido viscoso y ya frío.

¿Lo siento? ¿Es acaso ese temblor mi respiración? Y ese rumor en mis oídos, ¿es el paso de mi sangre o un zumbido cuya naturaleza no alcanzo a explicarme?

Tal vez sea que no es otro el mío que el triste destino de un monstruoso cerebro, sin cuerpo ni órganos, que vive en un laboratorio, flotando en un nutricio caldo de fluidos sintéticos, conectado a una computadora, condenado a imaginar silenciosamente una vida, aunque más no sea la de un cautivo, la de un fenómeno, la de una fuerza contenida.

01 junio, 2012

Silencio

No voy a decir la pavada de que el silencio sea algo malo porque para silencio el de los cementerios. El silencio es la parte, me parece a mí, más importante de la música.

Por eso, porque este blog está en silencio desde hace bastante (y eso no es ni malo ni bueno: simplemente es), encuentro ahora un motivo para tomar la palabra: desde hace unos días, Blogspot decidió imponer el silencio a Toy Enojau.

Toy Enojau ha hecho un gran, enorme, valiosísimo aporte a la cultura, a romper la idea de que sólo valen los blockbusters, de que música es Lady Gaga.

Como sabemos en la pampa, siempre llega un momento para ir con la música a otra parte.

Y allí, ser libres de elegir, si queremos, y sólo si queremos, el silencio.

12 abril, 2012

Sur y después

Estación Constitución (borde orgánico) y tren Roca. Corte de vías en estación Plátanos. Trenes hasta Quilmes. Micro 159, Avenida Mitre. Berazategui por Avenida Rigolleau. Vueltas por las callecitas de Beraza que tienen ese no sé qué. Camino Belgrano al fin, José María Gutiérrez: Rotonda de Alpargatas. Un gaucho sin nombre que ofrece su tarjeta SUBE: Costera Metropolitana. Camino Centenario. Estación City Bell. Sacar la bicicleta del guardabicis. Cuatro horas y media para llegar a casa.

25 marzo, 2012

Excuse moi, René, mon cher

Claro y evidente: en la vida en soledad, la mente, el pensamiento, la carrera alucinada e idiota del hámster en su rueda, se van comiendo de a poco todo lo que pueda ser su "objeto". Junto con todo eso, hasta el cuerpo pierde entidad. Nos va tragando la irrealidad.

Observé recién una pareja abrazándose en el salón de espera, antes de un viaje que, no sé, tal vez los separará o tal vez los unirá en una aventura. Se tocaban, se palpaban, sin deseo, sin ansia. Parecían estar confirmándose, como ciegos.

Te toco, luego, existo.

23 marzo, 2012

Notas sin vocación de desarrollo


Como consecuencia de la acción proselitista del mismo amigo que me dijo a mi que escuchaba música de viejo, mi hijo ha descubierto Kiss. "Ja, Kiss era viejo cuando yo tenía tu edad!", le dije. Qué viejo estoy.

Cosa que no puedo tomarme en serio, Kiss. Como no puede ser de otro modo, la canción favorita es "I was made to love you". Esa canción en particular adolece (y resulta tan apropiado el verbo en este caso) de toda una serie de defectos que básicamente podrían resumirse en una inconsistencia profunda que sólo nos autoriza a entender la canción como el momento cúlmine en que el sentido del humor de los setenta logra la síntesis estéril de sus dos grandes tendencias, inventando el disco metal, subgénero que, afortunadamente, no dejó herederos.

"Fui hecho para amarte" tiene esa guitarra a la Ozzy Osbourne al principio, que nos promete satánicos personajes maquillados con sus guitarras colgando a la altura de las rodillas para que, a los pocos compases un Gene Simmons haga ingresar en la pantalla de nuestra mente, de la mano de su bajo inequívocamente disco, un John Travolta de fiebre de sábado a la noche. Todo en la canción está fuera de registro, de lugar, de escala: la letra de amor empalagoso, la melodía que no envidiaría César Banana Pueyrredón, los coritos sin letra. No way. Esto no es rock, esto no es música, esto no es serio.

(Entre paréntesis, la canción me retrotrae a mis propios doce años, cuando la música dividía a los hermanos mayores de mis amigos entre los que escuchaban Kiss y los que escuchaban Queen, oposición que hoy no podemos advertir sino falaz, sino un único y ubicuo kitsch de los tardíos setenta y los primeros ochenta.)

Entonces pienso en el lugar en que me descubro, pienso en los doce años de mi pibe y en algo que, de alguna manera, me alegra: el rock sigue siendo eso que, por su música, su actitud y su puesta en escena, irrita a tu padre.



(Más la escucho, más la pienso, más genial me parece, más me gusta).

22 marzo, 2012

Aguas van


(14 estados de Facebook)

"Vera! Vera! What has become of you?"

#Tener 41 años y estar viviendo eso que llaman "la madurez" tiene altibajos. Entre las contras, por ejemplo: sí, me terminaron doliendo los pies y la espalda. Y no pude reencontrarme con la inocencia de los 17.

#”Govierno”, escrito así, con “v”, en la panza del chancho volador, se me impuso como el piolín indiscreto en medio de la más apabullante perfección técnica mediante el cual todo el entramado de este The Wall, como decimos en buen criollo, mostró la hilacha.

#Roger Waters logra el milagro de reducir The Wall a un alegato antifascista pueril y convencional, inocuo, sobre todo, subrayado aquí y allí por perogrulladas al mejor estilo U2. Resalta todas las líneas obvias, no se priva de ningún golpe bajo, y se permite citar de manera explicita a “1984”. ¿Alguien le podría explicar al señor Waters que 1984 es ya un libro “viejo”? Aún necesario, tal vez, como don o testigo que les pasemos los viejos a los más jóvenes, pero viejo al fin. Un énfasis de senilidad que, para mí, desenmascaró a tres vejetes sobre el escenario: Orwell, The Wall y Roger Waters.

#¿Puede un artista no haber comprendido su propia obra? ¿Quién la comprendió?

#No obstante, hay algo tan poderoso en The Wall que aún este pueril alegato antifascista no lo logra diluir: contrariamente a muy consolidadas tradiciones que vinculan el fascismo con la figura de un Padre tiránico, Waters postula que la sociedad de vigilancia es algo que debe relacionarse con la figura de la Madre obsesiva (un “grafitti” pintado -proyectado- en la “pared” durante la ejecución de, si la memoria no me falla, Run like hell, mostraba la frase “Big Brother is watching you” con las letras “Br” tachadas y reemplazadas por una “M”).

#Cosas que se pueden “hacer” con The Wall: ¿del Nombre del Padre como fundamento de la Ley al Nombre del Padre como fuente de resistencia?

#Comentario de mi niño, ante el muñeco de la esposa: “Tiene brazos de mantis”. “Si”. “¿Sabés que después del apareamiento se comen al macho?” (juro que me lo dijo así: “apareamiento”). “Si, es así”. “Es para alimentar a las crías”. “Eso dicen ellas, hijo”. Él se río de lo que le pareció un chiste. Yo confronté mi lado oscuro.

#El guitarrista que “hace de Gilmour” se la re-banca.

#Me desilusioné igual. Yo esperaba el milagro.

#No dejó de resultarme más o menos romántico este amoroso encuentro entre un artista británico antibelicista y un público argentino. No sé exactamente de qué podría ser signo ese romance, pero ahí estábamos.

#¿Podría Waters hacer The Final Cut en Argentina? ¿Sería eso un gesto político “real” o más proyecciones sobre una pared de utilería? Mejor aún: ¿podría una “banda tributo” argentina hacer The Final Cut en Londres?

#El momento en que la pared se viene abajo no deja de ser muy emocionante. Placer infantil de la repetición.

#Hubo, por suerte, otros tantos momentos en los cuales logré olvidar la frase de Marx sobre la historia (aquella sobre sus primeras y sus segundas veces). Canté a los gritos: Mother, Another brick, Vera, One of my turns. Y Comfortbly numb, claro.

#Ok: puedo decir al fin que estuve ahí, que ví a la mejor banda tributo a Pink Floyd que existe. Mi hijo salió de River con su remera y una ciega marca: The Wall, River Plate, marzo de 2012. Como dije antes, qué pueda significar ese signo es ahora su parte.

18 marzo, 2012

Duermevela

Es el cansancio de los músculos que, en la duermevela, se transforma en un sueño. Estoy en la calle, cerca de mi casa, y huyo de algo. Deseo avanzar rápidamente. Comienzo a dar grandes zancadas, pero el movimiento es como una coreografía que remedara la acción de correr: me desplazo lentamente. El esfuerzo por vencer la inercia y acelerar es insoportable. Me pesa el cuerpo, los músculos no responden. Me caigo. Inmediatamente me levanto, y para lograr avanzar intento ayudarme braceando, como si nadara. Siento el aire denso pasar entre mis dedos, con el peso y la densidad del agua. No avanzo. Intento serenarme, porque el sueño es angustiante y la frustración enorme. Lentamente, casi arrastrándome, sintiendo el simple aire pesar sobre mi, sintiendo los músculos agarrotados por la fatiga extrema, llego a mi casa, atravieso mi patio, entro a mi cuarto, me arrojo en la cama. A pesar del agotamiento, no me duermo. De hecho, me despierto. Tengo los músculos acalambrados por un esfuerzo, exhaustos, adoloridos...

13 marzo, 2012

¿Para qué leen los niños?


Siguiendo a Matías, en Golosina Caníbal, llego al site de la revista Luthor. Me entusiasmo con la reseña Escenas de lectura familiar, de Guadalupe Campos, sobre un libro de Karina Bonifatti. El tema me toca. En Apóstrofe, Pablo Makovsky se enfoca en lo que parece lo más relevante del artículo de Guadalupe: la idea de que en el libro de Boniffati se vería el despliegue de un modo de lectura digamos creativa, que fuerza al texto, en su caso, el de Harry Potter, a establecer o tener relaciones con otros textos, en su caso, clásicos de la mitología griega.

El punto es estimulante. Del libro y de la reseña, me interesan dos temas: uno, una cierta idea de la lectura que no se rinde ante la soberanía del enunciado sino que lo usa para explorar su propia dinámica, sus propios límites. Y dos, que se toma para desplegar ese modo de lectura un material doblemente innoble: Harry Potter. Innoble por ser un producto de la cultura de masas, de la industria cultural, y por inscribirse en el registro de la literatura (que no merece tal nombre) para niños.

Todo eso está muy bien. Pero, como es mi costumbre, me detengo en un margen, en un pliegue. Guadalupe afirma que son cuatro las preguntas que, implícitamente, organizan o motorizan el texto de Bonifatti: “¿Qué lee un chico? ¿Para qué lo hace? ¿Para qué debería leer? ¿Cuál es la función que debería cumplir un adulto en ese proceso?”.

Lo que me interpela es la respuesta que Guadalupe arriesga para la segunda pregunta: “Entonces, de vuelta a las preguntas iniciales: la primera (¿qué lee un chico?) está bastante supeditada a la segunda (¿para qué lee?): ante todo, busca entretenimiento”.

No comparto en lo más mínimo ese punto de vista. Confieso, mi método es poco científico aunque afín al del libro reseñado: voy a basarme en mi experiencia de padre cuenta cuentos. Y arriesgar otra hipótesis: un chico lee (y entiendo “leer” en el sentido amplio de “consumir relatos”, así sea que los lea por su cuenta o, en voz alta, alguien se los lea o, como suelo hacer yo, se los invente al vuelo) porque busca respuestas.

La misma Guadalupe nos lo dice más adelante, en su artículo: "Para eso [para que un libro les interese a los niños], tiene que tener algún elemento que realmente los inquiete, que consiga que empiecen a interesarse por quedarse en el libro (...) con algo que los inquiete, me refiero a algo que los interpele profundamente, porque se compromete con sus miedos, con sus dilemas reales..."

Es curioso, porque en mi experiencia pasé por algo similar a lo que se nos informa de Bonifatti: ella habría tomado la decisión de abordar sin cortapisas la mitología griega, a pesar de sus tramas truculentas o abiertamente sexuales, porque “alguien que puede procesar la historia de una mujer que consigue el favor sexual de un hombre con conjuros y que se suicida cuando él huye al notar lo que pasó, y de su hijo que en la adolescencia busca y asesina a sangre fría a su padre y a sus hermanos (hijos de otra mujer) en su búsqueda de venganza y de inmortalidad, no necesita cuentitos que atenúen el tratamiento que recibían las esclavas de guerra y que obvien olímpicamente las tramas familiares tortuosas de Esquilo.” En una nota al pie se nos aclara a los que no leímos a Rowling que esta es, en resumidas cuentas, la historia de Lord Voldemort, el antagonista de Harry Potter.

Adopto aquí el estilo narrativo: hace unos meses estaba yo leyendo Macbeth. Venía de seguir a Vero en su paseo, y estaba entregado a un par de traducciones. Mi niño me ve (dice Guadalupe, un poco conductistamente, que esta es la mejor manera de motivar la lectura) y me pregunta: “Qué leés?”. Él todavía no sabe quién es Shakespeare y yo no le revoleé con el nombre prestigioso por la cabeza, fui a lo importante: “Es la historia de un príncipe escocés al que se le mete entre ceja y ceja que él tiene que ser rey pero se encuentra con que el rey de Escocia todavía está vivo”, resumo.  Su reacción fue de lo más natural: “Ah, tiene que matarlo, ¿no? ¿Me leés?”.

La clarividencia de mi niño me conmovió. Tuve una fracción de segundo de duda: ¿leerle Shakespeare a un chico de once? Pensé inmediatamente en cuál era su historia favorita: el manga Naruto. Pensé que Naruto es una típica hisoria de superación personal, desde la insignificancia hasta la gloria, que atraviesa toda clase de asesinatos, padres que entregan a sus hijos a la muerte, discípulos que traicionan a sus maestros, mujeres que traicionan a sus hombres, familias diezmadas por la venganza, hermanos que se matan entre sí, y, sobre todo, dos amigos que se odian a muerte.

¿Qué podía haber en Macbeth que no tuviera Naruto de lo cual debiera yo “proteger” a mi hijo”? ¿Una versificación tediosa? ¿Un léxico arcaico? Respuesta a la pregunta final de Guadalupe: ¿y para qué estaba yo ahí? Decidí leerle Macbeth en voz alta. Después de todo, Macbeth es un guión de teatro.

Entonces, mi relato cuenta la historia de la lectura familiar de un texto de noble alcurnia. Pero quiero señalar que la reflexión en la que basé la decisión de intentarlo fue simétrica a la de Bonifatti.

La lectura duró varias noches. Es cierto: no era algo que pudiéramos compartir con mis hijas menores, y procurábamos los momentos a solas. El ejercicio se extendió varias semanas, con muchas interrupciones en el medio.

Y a pesar de eso, Shakespeare, su relato, mantuvo todo ese tiempo el interés de mi niño. Pasaban los días y volvía a pedirme cada vez que continuara la historia. “¿Y qué pasó, pa? ¿Le mintieron las brujas? ¿Se hace rey? ¿Le hace caso a la esposa? ¿Lo mata al rey? ¿Lo traiciona a Banquo? ¿Se vuelve loca la esposa? ¿Mató a los hijos de Macduff? ¿Qué pasa cuando los ingleses invaden Escocia?”.

Para terminar de exponer mi tesis, permítanme subirme en los hombros de Shakespeare y completar mi respuesta a la última pregunta de Guadalupe: mi hijo mantuvo el interés, también, gracias a mi voz, a mi palabra, a las licencias que me tomé con el texto, a mis explicaciones sobre Inglaterra, los reyes, Escocia, la época.

Agrego, entonces, un corolario a la respuesta dos: los niños leen para establecer vínculos.

No me parece poca cosa: de niños leíamos, creo recordar, por las mismas razones que de adultos.

10 marzo, 2012

A propósito de las razones para no ver a Roger Waters


Creo que entiendo y comparto casi todos los argumentos por los cuales Roger Waters, el millonario que hace treinta años roba con lo mismo, el megalómano que llevó a Pink Floyd a la ruptura, el ególatra que, justamente a partir de The Wall, puso al servicio de sus delirios infantiles una equipo de instrumentistas de una sensibilidad excepcional, no merece que vayamos a verlo.

Por todas estas razones, yo dudé mucho de ir a este nuevo recital. De hecho, y por todas estas razones, por considerar que un Pink Floyd sin Gilmour no es Pink Floyd, que, incluso, un Pink Floyd sin Waters es bastante más Pink Floyd, no fui a ver a Waters las veces anteriores que estuvo en la Argentina.

De todas maneras, si la polémica 'ir/no ir' adquiere el carácter de una guerra de sensibilidades, se me hace una guerra muy infantil, una escaramuza de remeras estampadas.

No obstante, lo que me resulta grato de esa guerrita, que evidente e inevitablemente se da, es que es la señal de que 'la cosa Pink Floyd' nos con-mueve.

Mi primer vinilo de Floyd fue The Final Cut. Me lo regalaron unos amigos para mi cumpleaños 16 o 17, ni siquiera cuando era una novedad, sino unos años después del lanzamiento. Pero me lo regalaron porque sabían que me gustaba Pink Floyd. Para ese momento yo ya había visto la película y conocía The Dark Side of the Moon y Wish you were here, aunque no sé en que orden los habré escuchado.

Por muchísimos años, ese disco fue el único registro de Pink Floyd del que fui propietario. Pink Floyd fue, durante mi adolescencia, objeto, soporte y ocasión de conversaciones. Siempre lo escuché de prestado. Recién en los noventas largos me compré The Dark Side of the Moon y Wish you were here, en CD, obviamente. Y no hace mucho, el DVD de la película.

De alguna manera, yo soy conciente de ir a ver este show un poco porque peor es nada, porque hace siglos que esperamos a Gilmour y nadie logra traerlo. Sé que cuando llegue Ese Solo, voy a estar escuchando al pobre guitarrista al que le toca el envite con orejas de 'a ver cómo te sale, pibe'.

Pero eso es 'culto de la personalidad'.

La cuestión es, me parece, que hay otra manera de pensarlo. Se afirma que The Wall es el principio del fin de Pink Floyd, un movimiento signado por una monomanía de Waters que se cristalizará en The Final Cut. Se afirma que los fans de la primera hora se decepcionaron con The Wall. Se afirma que retiraron su afecto con The Final Cut. Se afirma que con The Wall, Waters empieza a parasitar y fagocitar a esa entidad idealizada que llamamos Pink Floyd. Se afirma, además, que incluso la relación entre Waters y Alan Parker durante el rodaje de la película no fue buena, que eran más las diferecias de criterio que las coincidencias, que la película que vemos es una suerte de solución de compromiso, que no es la película que ninguno de los dos imaginaba.

Lo que yo pienso es que The Wall es lo que es (la obra más grande de la sensibilidad rockera, su culminación y su resumen) a pesar de sus creadores, por obra y gracia de lo que sus escuchas hicieron con ella.

O lo que es lo mismo: aunque los millones se los lleve el perfectible individuo Waters, The Wall es nuestra.

Yo voy a ver este show con mi hijo de 12. Lo llevo, no tanto para informarlo de una 'pieza importante de cultura' como para que sepa algo de su padre (qué significa ese signo, será parte de los libros que a su manera escriba él).

Entonces, si algo pasa en la sensibilidad de mi hijo con este show (admito que mi apuesta es grande y la decepción puede ser mucha), si algo que tiene que ver con él y su padre queda inscripto en el registro de 'lo que nos decían los libros cuando éramos adolescentes', entonces, porque es nuestra, The Wall aún vive.

06 marzo, 2012

Montaña rusa


La nena más chica mira el trencito subir, bajar y dar vueltas a una velocidad atemorizante. Arrastrada por el entusiasmo de sus hermanos mayores, se aferra a mi pierna con miedo y fascinación. Me pide upa cuando vamos llegando al acceso de la atracción. Nos sentamos los cuatro en un vagón, los mayores adelante, la chiquitina y yo detrás. No se despega de mi cuerpo y se agarra de la barra de seguridad con toda su fuerza. El trencito arranca. Son exactamente cuatro vueltas, ni siquiera tan vertiginosas, no más de cuatro minutos. Todos gritamos en las bajadas. Mezcla de montaña rusa y tren fantasma, hacemos bromas al pasar junto a un gigante calamar de espuma, debajo de un tiburón enorme. El tren se detiene y bajamos. La beba a upa. Al salir de la atracción, la dejo de vuelta en el suelo.


“Otra vez”, me pide.

25 febrero, 2012

Lucas Pizarro y sus largos duelos

"Cabe preguntarse para qué se manifiestan 
los furiosos deseos resumidos en esos labios..."
Alejandra Pizarnik


...estoy en el subte y me fijo en una mujer que me recuerda (pobre de mi) a mi ex esposa.

El mismo color de pelo, los mismos pómulos marcados, la nariz dura, el mismo tic nervioso de morderse el lado interno del labio inferior.

Más allá de los rasgos físicos, similares unos a otros al evocarlos aisladamente, es esta manifestación del carácter la que captura mi atención.

¿Qué significa un tic? ¿acaso es la señal de algo? ¿es siempre síntoma de lo mismo? ¿es acaso la rumia de una misma rabia la que lleva a dos mujeres distintas a morder con igual insistencia su propio labio?

Por las dudas, aunque es bella y me sostiene la mirada, no le hablo.

16 febrero, 2012

Hello world (so it goes)

Los ritmos de la vida y los de la electricidad no necesariamente coinciden.

Hace dos días, Luc festejó los diez años de Resacas con un relanzamiento. Algo (muy breve) dije al respecto en La Red Social, pero no lo dije aquí (navegamos a la vez dos mares de aguas diferentes; será cuestión de probar nuestra marinería). Fueron dos días en que habité el mundo real y, la verdad, es que escribir en un blog, componer un post, requiere un tiempo y una dedicación que La Red Social, toda ella tan práctica, tan automática, tan frictionless, no requiere.

Pero como es casi una cuestión de principios, vengo a enmendar ahora.

Resacas vive porque Luc así lo desea. Viva Resacas.

(Como dice Javier, es cuestión de enriquecer la web. Exagerando un poco -pero, para ser honesto, no creo que mucho- enlazar de la manera que dice Javier es hoy casi una declaración política.)

Enlaces, señores, enlaces. Una economía del don y una ética de la lectura (leer con dedicación, en perjuicio del meme).

No tenemos que olvidar tampoco una idea del viejo McLuhan: toda tecnología convierte a la tecnología que la precedió en una forma de arte.

Salud, blogueros.