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08 octubre, 2012

La Gorgona

Acaricio su rostro con mis manos bellas, finas, delicadas. He logrado desarmarlo luego de una breve lucha; no ha sido difícil, aunque ha sido el primero en mucho tiempo que logra combatir conmigo sin mirarme a la cara. Por eso vive aún. Ha venido a buscarme, como tantos otros, no sé para qué. Para medir su valor, tal vez. Lo tengo atrapado, mi cuerpo enroscado al suyo, y se resiste a abrir los ojos. Es hermoso y fuerte. Tiembla de pavor y respira agitadamente. Le tomo la cara con ambas manos, como alzando un cáliz, una copa. Siento su carne trémula, envuelta por mi cuerpo. Acerco mi boca para besarlo. Al sentir la proximidad de mi aliento, no puede resistir el terror y abre los ojos. Me mira a la cara. Aunque mi rostro es bello, no tarda ni un segundo en convertirse en una fría estatua de piedra. Desesperada, furiosa, desenrosco mi cuerpo de su cuerpo inerte, con violencia, y lo arrojo lejos de mí. La piedra estalla en pedazos.

Lloro.

Mi nombre es Medusa. Los hombres conocen mi historia. Vivo en el Inframundo y cumplo una condena.

Esta es mi mano. La he mirado muchas veces. La extiendo delante de mí; estiro los dedos, los separo, la palma hacia abajo. Dispongo del tiempo. En la penumbra, advierto la tensión, el dibujo afilado de los tendones. Tengo bellas manos. Finas, delicadas. Giro esta mano, la palma hacia arriba, la llevo a mi aljaba y saco una flecha. Veo mi izquierda empuñando el arco, alzándolo a la posición de tiro. Apoyo con la derecha la flecha en la cruz que forman mi puño y el arco. Cuántas veces he visto mis manos en este gesto: a la distancia de un brazo, mis dos manos juntas, una un puño cerrado, sosteniendo el arco, la otra aferrando la flecha, acercándose a mi cara mientras tensa la cuerda, hasta quedar fuera de mi vista, exactamente junto a mi mejilla, la cabeza apenas inclinada, el aliento contenido, máxima la tensión del arco, destino de la flecha. Ya no miro mis manos sino el pecho de ese pobre idiota que me busca y me presiente y me ignora.

Mi mirada es certera. No me distraigo en mi mano al soltar la flecha. Sin hacer ningún ruido, con la mudez calma de una serpiente fugaz, la flecha busca su blanco.

No falla.

El hombre herido cae. Me busca con la mirada y me revelo. Me mira fijo a los ojos. No tengo tiempo siquiera de acercarme a abrazarlo en su agonía. Se vuelve piedra.

Lloro.

Multitud de hombres petrificados adornan mis aposentos. Museo del horror y de la muerte, paseo entre sus cuerpos inútiles mi silueta intocable.

Me llamo Medusa. Pero soy la Gorgona ahora.

Ningún hombre puede acercarse a mí. Esa fue la condena de Atenea por el delito de haber sido ultrajada ¡Si tan sólo hubiera sabido apaciguar a Poseidón! ¡Si hubiera sido capaz de evitar que me deseara! Pero no, fui al templo de Atenea buscando refugio, y Poseidón me siguió y me acorraló. No fui lo suficientemente valiente para enfrentar la fuerza del dios. Tuve miedo. Tuve miedo de lo que pudiera ser de mí. Sólo quería vivir. Hermoso Poseidón, por favor, no, apiádate. Sí, soy tu sierva si tú los dices. Tu esclava, sí. Sí, hermoso Poseidón, esta pobre mortal está aquí para tí, si es tu deseo, hermoso Poseidón.

Debo arrepentirme ahora de mis palabras.

Sólo he sabido del poder de Poseidón, que aún reina en los mares. Al contrario, a mí Atenea me condenó a habitar el Inframundo, sin conocer jamás el amor de un hombre.

Escucho nuevos pasos en mi cueva. Otro temerario viene a medirse con la Gorgona. Me deslizo suavemente hasta flanquearlo. Lo observo en silencio, lo sigo. Es joven y fuerte, y mantiene la vista hacia el piso. Otro que cree que puede enfrentarse a mí sin mirarme. Se detiene y gira su espada hacia donde yo estoy. Me ha oído. Me mantengo inmóvil y en silencio. Él retoma su andar a tientas por la gruta, buscándome sin saber que estoy a su lado. Me decido a provocarlo. Deslizo mi cuerpo de sierpe a sus espaldas con un roce claramente audible. Se da vuelta y me busca. Ya no estoy. Sigue caminando. Yo tomo distancia. Armo mi arco y apunto a sus pies. La flecha cae justo delante de él, indicando claramente el lugar de donde ha venido. Otros hombres hubieran levantado la vista. Él no lo hace. La flecha le señala que estoy lejos y que su espada no podría alcanzarme. Sólo se aleja unos pasos y se protege detrás de una columna. Él tiene que acercarse a mí. Hago un rodeo y vuelvo a flanquearlo. Con los ojos cerrados, aspira el aire. Siente mi olor. Camina en mi dirección. Lo dejo acercarse unos pasos y vuelvo a dispararle, otra vez a los pies. La flecha en la tierra le hace comprender que no quiero hacerle daño, que quiero que se acerque. Sonríe, y sin levantar la vista, camina en la dirección que le marca mi flecha. Una nueva flecha le confirma el rumbo y mi intención. Lo dejo acercarse a unos pocos pasos. Entonces me revelo, lentamente, en silencio. Para hacerme daño, debería estar aún más cerca. El hombre me adivina y se cubre el rostro con su escudo. Es él quien está vulnerable. Está a tiro de mi arco y en línea con mis ojos, y lo sabe. Puedo advertir la tensión con que aferra su espada, alzada hacia mí. Me acerco lo suficiente para que pueda ver mi cuerpo frente a sus pies, por debajo del escudo. No retrocede. Cuando intento rodearlo, da un salto y se aleja, evitando la emboscada. Armo mi arco y esta vez le apunto a las piernas. No quiero matarlo, quiero atraparlo, para rodearlo con mi cuerpo reptil. Erro. El hombre se aleja y se esconde entre las ruinas. Ahora soy yo la que no puede verlo. He quedado al descubierto. Está intentando tomarme por la espalda. Me deslizo velozmente y me pierdo entre las derrumbadas columnas. No lo encuentro, lo he perdido. No puede estar muy lejos, aún en este laberinto. Él tiene que acercarse a mí. Siento a mi espalda el veloz deslizarse de unas sandalias y adivino la amenaza. La espada pasa sobre mi cabeza y yo alcanzo apenas a darme vuelta, mientras el hombre cae y rueda a esconderse entre las rocas. Armo mi arco tan rápido como puedo y disparo. Erro. Me alejo. Yo soy la que tiene el arco. La distancia es mi aliada. Pero ahora no tengo dudas. Él quiere matarme. Lo he perdido nuevamente. Intentará otra vez emboscarme. Avanzo lentamente por un pasillo estrecho con el arco armado, apuntando al frente. Logra una vez más sorprenderme. Aparece velozmente de atrás de unas columnas a mi izquierda y de un mandoble parte mi arco. Rueda otra vez entre las ruinas y lo pierdo de vista. Ha eliminado mi ventaja. Grito de furia y me lanzo a perseguirlo. Lo encuentro de pie en medio de una gran recámara, dándome la espalda, viendo cómo me acerco en el reflejo de su escudo, la espada lista, el cuerpo tenso. Quiere que me acerque. Quiere matarme.

Es que soy la Gorgona. Soy (ahora) la Gorgona. Por fin lo comprendo. Ya no soy más la que fui, la bella Medusa, la hermosa, la esbelta, la perfecta, la que deseaban los hombres y los dioses.

Soy ahora una bestia, la sierpe, la de la voz viperina y el cabello reptil, soy el monstruo de la mirada mortal que se arrastra por las ruinas de esta enorme gruta del infierno, acechando a los audaces que se aventuran en la oscuridad, para saltarles a la cara y convertirlos en piedra, sin un hálito de vida ni un temblor de ansiedad. Piedra pura dura y muda. Pero hoy ha llegado otro hombre que ha sabido acecharme sin mirarme a los ojos, sin mirar a la Gorgona. La única, la inabordable.

Solitaria Gorgona.

Puedo por fin maldecir a Atenea, ¿qué otro mal puede hacerme? Tal vez este hombre que me espera de espaldas con la espada en alto sea por fin el que termine con este dolor. Yo ya no soy una mujer. Nunca volveré a serlo.

Me acerco a él desarmada. Se prepara para saltar. Gira con violencia, la espada firme en su mano, directo a mi cuello. No sé si me mira. Por las dudas, cierro los ojos.

10 agosto, 2012

El fabricante de espejos

El arte de fabricar espejos era, en sus inicios, un arte delicado pero sucio. Exigía el trato con cristales frágiles y la manipulación del mercurio y del estaño, metales que contaminaban de a poco el cuerpo de los artesanos.

Los más célebres fabricantes de espejos exportaban sus maravillas desde Venecia, que era además un estado guerrero. Cuando la ciudad entró en guerra con el turco para detener su avance en los Balcanes, se encontró peleando del mismo lado que los ejércitos rumanos del príncipe Vlad III, rey de Valaquia. Petre Wajcescu era vidriero y no conocía el arte de fabricar espejos. Era uno de los tantos rumanos que habían sido arrastrados por la leva y habían quedado entre las tropas del Príncipe Radu, quien, en alianza con el turco, quería arrebatarle la corona de Valaquia a su hermano Vlad, entregando de esa manera el control de los Balcanes, las puertas del Sacro Imperio Romano Germánico, al Imperio Otomano.

El Papa no podía permitirlo, por lo que ejércitos de toda Europa enfrentaron al Sultán. Naves venecianas recorrieron el Adriático hostigando a los buques turcos. Una nave de la armada serenísima capturó el bajel (uno de tantos) en el que se hallaba Petre. Fue liberado a su suerte en tierra de la República cuando convenció a los oficiales de la nave de que era un cristiano prisionero del infiel. Abandonado en Venecia, encontró trabajo como vidriero en el taller de un fabricante de espejos, a cambio de casa y comida.

Ahí Petre aprendió a mezclar el estaño y el delicado mercurio. Aprendió a aplicar al cristal los paños de lana para fijar el azogue, desde ese momento, invisible al mirar el espejo.

Luego de violar a la hija de su maestro, huyó de Venecia y emprendió el regreso a Bucarest. Petre se instaló en Targoviste, la capital del reino, y llegó a ser el más famoso fabricante de espejos de los Balcanes.

Una noche, tres lacayos pálidos llegaron a su taller a encargarle la fabricación de 72 espejos. Vlad III, señor de Valaquia, quería adornar con ellos los recintos de su castillo de Poenari, para que las aguas tristes del Arges se multiplicaran en el interior de la fortaleza (como si pudiera de ese modo quitar las manchas de sangre de los boyardos que mandara a morir en su construcción).

72 era una cantidad que el modesto taller de Petre, donde sólo él trabajaba, difícilmente podría producir en el tiempo que se le ordenaba, pero no podía negarse: su señor era terrible (lo supieron 20.000 prisioneros turcos que colgaron empalados a las puertas de Targoviste, sacrificados para aterrorizar a los generales enemigos).

Una vez iniciados los trabajos, el príncipe en persona visitó una tarde el taller para conocer al artesano. Vlad se paseó (la larga capa negra de la orden del Dragón) entre los espejos terminados, sin pronunciar palabra, mientras Petre temblaba de terror. Al partir, prometió pagar un precio que ningún artesano de Valaquia hubiera imaginado obtener por su obra, si se cumplía con el plazo. Petre no necesitó más para entender las consecuencias de lo contrario.

Fue esa tarde que Petre comprendió, además, que su trabajo, esforzado y eximio, no sería jamás apreciado por su señor.

El plazo impuesto vencía cuando la última gota de mercurio había escurrido ya de los cristales. Había logrado los 72 espejos a tiempo (y había pensado en lo arbitrario del número durante las muchas mañanas que había dedicado a elegir las mejores láminas de vidrio). 72 espejos perfectos, incapaces de la más mínima distorsión, en los que había invertido todo lo que los venecianos le habían enseñado y todo lo que él les había robado antes de huir.

Los lacayos pálidos terminaron de cargar 72 impecables cristales en 18 carruajes tirados, cada uno, por 3 caballos (estaba previsto que algún cristal se rompiera durante el viaje a Poenari). Pagaron la suma convenida y el vidriero no pronunció una palabra, a pesar de haber salvado la vida y de haberse convertido en el artesano más rico de Valaquia.

Es que Petre Wajcescu, de oficio vidriero, fabricante de espejos, había descubierto durante aquella visita a su taller que, como el azogue, su amo, Vlad III El Empalador, hijo del príncipe Dracul, vaiboda de Valaquia, no se refleja en los espejos.

08 julio, 2010

Última de espadas y dragones

Sir Patrick McNee
Sir Patrick McNee abrió los ojos y vio sobre sí el enorme cielo y la inabordable altura. Se apoyó sobre la diestra, que aún sostenía la espada, y se incorporó. Se puso de pie. Miró a su alrededor y vio el cuerpo del dragón que comenzaba a descomponerse imperceptiblemente. Miró en su mano la espada y no supo qué hacer con ella. La envainó. Sus leales perros le lamían los flancos, la siniestra lánguida, las piernas heridas. Caminó en círculos un buen rato. Reparó en el sol, en las sombras y en el líquen que crece en los troncos de los árboles. Escogió un rumbo. Partió hacia el oeste, de vuelta a la tierra de los druidas, a pie, seguido por los perros y por doce fantasmas.

La doncella

La doncella soñada por los druidas vió el combate desde el hueco de un árbol. No sintió nada cuando la espada apagó el corazón del dragón. Se quedó muda, inmóvil, pétrea, corazón de un árbol. Cuando vio a McNee incorporarse, sintió la dura quietud del odio. No dijo nada, pero advirtió los fantasmas que seguían al caballero. Escogió un perro, el que parecía más bravo. Cuando McNee se desdibujó en la foresta, salió de su escondrijo y caminó hacia el oeste.

El encuentro

McNee trastabilló o tropezó con una raíz. Sus piernas flaquearon y cayó. Quedó tendido entre el musgo y la humedad, respirando a duras penas, rodeado por los perros. La doncella se acercó a él, los perros no aullaron, pero tampoco agitaron los rabos. La mujer giró el cuerpo del caballero, le sostuvo la cabeza y le volcó agua en la boca. Los fantasmas se alarmaron, se entremezclaron en remolinos confusos, en haces de nada en agitación. La doncella lavó las heridas. Quieren estas leyendas una cura, un cuidado y un amor que hagan más brutal la venganza.

Los perros
El amor no es nada más que dos soledades y dos rencores reunidos en un único relato. La doncella acompañó a McNee. Los perros cazaron jabalíes, los fantasmas guiaron a los perros, los jabalíes nutrieron los cuerpos del hombre y la mujer. Cogieron al poco tiempo, con la independencia con la que cogen los cuerpos, porque estaban solos, porque eran un hombre y una mujer, porque habían compartido comidas, y porque se habían resguardado del frío. Con esa misma ausencia la mujer enloqueció al perro, con método y paciencia, gesto sobre gesto, humillación tras humillación. El perro finalmente la atacó y McNee se interpuso. Presos de su instinto, todos los perros se unieron al ataque. El hombre que había matado a un dragón, quiere esta leyenda, fue despedazado por una jauría rabiosa. La mujer vio todo sin sentir nada. Tomó la espada caída y mató uno a uno a los perros saciados. Parecía incandescente.

Los fantasmas
Doce fantasmas se arremolinan en haces de nada en agitación. Rodean a la mujer, que los percibe y enloquece. Se oculta en el hueco de un tronco, corazón de árbol. Los fantasmas la esperan. Cuando la mujer sale, la rodean, le susurran recuerdos al oído, le cuentan historias de espadas y dragones. La mujer corre desesperada, huye de los murmullos insistentes, tropieza con las raíces. Se oculta otra vez en el hueco de un tronco. Ya no sale. Los fantasmas la esperan. La mujer muere de hambre y de insomnio.

La espada
Permanece clavada en el cadáver de un perro, amenazada de herrumbre.

19 junio, 2010

Otra de espadas y dragones

"¿No ves qué blanco soy, no ves?"
Serú Girán, Eiti Leda.

William Francis Fyrbildere murió de furia. Con el último aliento, entregó su espada a un noble caballero, Sir Patrick McNee, que aceptó así un compromiso de venganza. Otros doce nobles caballeros se le unieron en la batida y salieron en busca del dragón. Partieron hacia el este, más allá del Canal, más allá del Rin, más allá.

En el camino, los nobles caballeros lucharon con osos, lobos, hombres y otros demonios. Fueron atacados, emboscados y despedazados. Murieron de a uno, de a dos, nunca de a tres.

Sir Patrick McNee fue el único en llegar a la tierra que todavía sueñan los druidas galeses. Sus leales perros identificaron el rastro del dragón. Lo siguieron, lo cercaron.

El combate fue colosal, como quieren las historias de espadas y dragones. Lacerado y quemado, Sir Patrick McNee logró arrancar los ojos de la bestia.

En un aullido de furia, el dragón descubrió el pecho. Sir Patrick McNee hundió su espada vengadora hasta el mismo corazón incandescente.

Con la muerte del dragón, hubo un flamear de palomas, un remover de arenas, terror de mangostas e hilos e hilos de zorros, blancos, pánicos, fugaces.

Sir Patrick McNee yace exánime en algún lugar de la tierra soñada por los druidas.

12 diciembre, 2009

Una de espadas y dragones


"...yes, he knows how to build a fire,
but I know how to inflame a cunt.
I shoot hot bolts into you, Tania,
I make your ovaries incandescent
...."

Henry Miller, Tropic of Cancer.

Después de que el dragón dejara simiente en el culo de su potro blanco, William Francis Fyrbildere murió de furia. Había sido derrotado.

La bestia tenía ahora el camino libre para buscar a la princesa de Oriente que los druidas galeses sueñan todavía más allá del Canal, más allá del Rin, más allá.

Cuando el dragón emprendió la marcha, hubo un flamear de palomas, un remover de arenas, terror de mangostas e hilos e hilos de zorros, blancos, pánicos, fugaces.

El dragón se acercó a la mujer y disparó sus rayos ardientes. Hubo un flamear de palomas y un terror de mangostas.

Fueron blancos, pánicos, incandescentes.

22 noviembre, 2007

Abominables (como los espejos)

"...éramos los monstruos
conversando en terrazas
bajo la luna..."
Rain, Glassier, Cyborgs y Zines


...bajo su luz plateada que a duras penas esquiva las nubes (difuso marco de jazmines, brillo insólito de gardenias). Las barandas, mi amor, el parapeto, la escalera. Y tus dos bocas y tus varias lenguas y mis tres brazos y tus folículos ovarios y el silencio que sobrevino. El beso arrebato, mordedura (el silencio que sobrevino, los mudos relámpagos). Mi sexo inmenso, tu vagina profunda, nuestros cuerpos gigantes, cavernosos, cavernarios. La monstruosa masa de carne que nos ha tocado, mi amor, garchando, licántropos bajo la luna (aullando), en las terrazas, las gardenias sacudidas por el viento. Y tu orgasmo y la tormenta que vela las estrellas y el salto enorme surtidor y semen cáustico y tu vientre temblando como el mundo (el viento, los truenos, claro) y la lágrima de vida que ahí comienza (en la lluvia), la nueva bestia que creamos, pedazos uno de otro, queriendo o no, masa de células de fragmentación, y el hincharse de tu abdomen y los demasiados dolores del parto.

Sólo éramos monstruos, en las terrazas, bajo la luna.

06 octubre, 2003

363 cerebros


"...¿que tu y yo estamos locos, Lucas?.."

Nosotros tenemos conflictos más o menos neuróticos (y eso depende más que nada del observador) Y un rito neurótico que se precie del tal no puede prescindir de palabras mágicas. Nosotros sabíamos que algo fallaba.

Rellenamos entonces los cálices y sobreiluminamos los altares. Nos reunimos varias veces al día a ensayar los rituales, tanto era el temor de fallar cuando llegara el gran momento. Ejecutábamos los movimientos mandados con paranoico placer por los números. Medíamos mentalmente cada milímetro recorrido por nuestros brazos, nuestras piernas, y calculábamos las relaciones mágicas que encierran los números: lográbamos hacer aparecer magistralmente onces, sietes, tres y cada número místico que nos viniera en gana munidos de una matemática rígida como cerebros de monos y falaz como amistades eternas.

Y no parábamos de hablar. Dirigíamos nuestros movimientos con palabras precisas. Recuerdo que recitaste sin pausa 129  intervalos del paso de tu pierna sobre mi hombro y su vuelta a la tierra. Nos sentimos shaolines gigantes que abrazarían los calderos del mundo. Y lo decíamos.

Lo más difícil fue detenernos a recitar los movimientos de la boca recitando. ¡Ahí si nos sentimos aliados! Tuve que aprender tu boca matemáticamente, con la precisión del dibujante de cartoons, y detener mis labios para darte tiempo a seguir mis movimientos. Aprendimos a escuchar para adentro para reconocer nuestras voces y perfeccionamos nuestra habilidad de escuchar para afuera para poder seguir el relato del otro. Creímos tener dos cerebros, cuatro orejas, pero no pudimos tener dos bocas, que era lo que en realidad necesitábamos para poder independizarnos, pero entonces hubiésemos necesitado un cerebro más y otro par de orejas para poder seguir lo que decimos, lo que relatamos que decimos, lo que el otro relata que dice, lo que el otro dice.

Entonces caímos en la cuenta de que de lograr nuestro objetivo deberíamos descartar la teoría de los 90 signos de Pierce, porque eso multiplicaría por noventa por dos los cerebros necesarios para descifrar los noventa signos que componen lo que digo y lo que digo que digo, más otros 180  para seguir lo que vos decís y lo que decís que decís.

Deberíamos tener 363  cerebros. Nos tranquilizó entonces descartar la hipótesis de que el cerebro fuese el órgano de la cognición, suponiendo que cognición e interpretación de los signos fueran fenómenos emparentados (hipótesis, por otro lado, que no pudimos descartar). Pero el espanto ante nuestros cuerpos deformes creció al imaginar la multiplicación de estómagos, piernas, ovarios o testículos, según optáramos por uno u otro órgano del simbolismo.

Para más, me recordaste que no debíamos dejar de lado el par de órganos captores de los signos correspondiente a cada cerebro, que dada la imposibilidad empírica de descartar a las orejas para tal función, nos llenaría el cuerpo de 726  orejas, amén de las 363 bocas, lenguas y gargantas que constituyen el aparato fonador (puesto que no estábamos dispuestos a aceptar la posibilidad de la existencia de intercambio telepático de signos).

Tal configuración anatómica hubiera dificultado seriamente la realización de nuestras coreografías y hasta hubiera podido condenarnos a la inmovilidad, dejándonos sin nada que narrar y afectando seriamente la eficacia de los rituales.

Optamos entonces por sostener una postura animista acerca de la cognición, como corresponde a una buena neurosis.