19 diciembre, 2006

15 diciembre, 2006

Elephant talk

No puedo hacer sino esto que hago, así, como lo hago, torpemente, sin gracia, a los ponchazos, pasando como el mítico elefante haciendo añicos las fruslerías que conforman el precioso capital del dueño del bazar. No es tampoco que sea Atila y que un impiadoso ímpetu conquistador me lleve a arrasar la tierra que piso. Es apenas una de las formas de la torpeza, ni siquiera la más flagrante o la más dolosa, apenas eso: un elefante en un bazar, hechando por tierra vasos baratos, jarros de agua y palanganas, pingüinos de vino, quemadores, calentadores, perchas, tendederos plegables, esas cosas simples. No puedo exhibir en mi beneficio una vocación iconoclasta. No ando por ahí vociferando el fin de los tiempos ni buscando aquello indestructible que tanto interesaba a no me acuerdo cuál anarquista famoso, creo que Malatesta. Claro, desprovisto de una motivación loable, difícilmente pueda conformar al dueño del bazar explicándole que es mi naturaleza de elefante la que me priva de la delicadeza que sus susceptibles escaparates reclamaban. Quiero decir: no se puede ser un elefante, meterse así nomás en un bazar y pretender luego salir por la puerta saludando con las orejas y bamboleando la cabeza como todo un artista mientras suena de fondo la musiquita del circo. No, señor, todo tiene un precio y debe pagarse. Lo que consecuentemente quiero señalar es que acumulo muchas deudas. Me encantaría poder pagarlas sin falta, pero algunas me las quieren cobrar usurariamente y, en todo caso, no tengo sino esta naturaleza de elefante que, sin gracia, torpemente, me llevará a hacer nuevos estragos en las oficinas de cobranza.

Sin embargo, debieran verme cuando con la punta de mi trompa levanto del suelo, separándolo de las ramas secas y el polvo, ese minúsculo maní que algunos amigos que conservo me regalan y, con gesto serio y concentrado, como conviene al rostro tristón de un elefante, lento, parsimonioso, me lo llevo a la boca para disfrutar de ese sabor seco y chiquito que tan bien acompaña, dicen, a la cerveza...




<META NAME="Note for further use" CONTENT="Para el 2007 debo excluir los títulos de King Crimson de mi vocabulario">

11 diciembre, 2006

El viento reposa

Cuando el viento reposa... ¿es como un monje budista en el segundo antes del nirvana?

En el fondo del mar, donde ya no hay luz y la presión es inconmensurable, el agua, apenas fluída, ya casi inmóvil, ¿reposa?

¿O reposa el oranguntán que ve pasar la selva en su mínimo marchitarse?

¿Es como el aliento contenido?

El viento reposa: apenas un sustantivo y un verbo.

Para delimitar el sentido de la expresión probemos cambiar una vez más el sustantivo. Digamos: el hombre reposa. Seguramente no cualquier hombre reposa. La mayoría descansa. Reposa el hombre que puede elegir no usar una energía que, sin embargo, tiene.

Al hacer reposar al hombre, la voluntad ejerce.

Pero, ¿qué pasa si hacemos reposar a algo sin voluntad?

Digamos: los planetas reposan. Reposan suspendidos, apoyados o colgados de la nada mágica de que está hecho el universo.

Y ese reposo magnético es como la deriva retenida que precede al abrupto acontecer de una anacrusa.

La anacrusa ¿empieza con su primer sonido, o empieza antes, contra el fondo de silencio que de golpe se retira para permitirle ser figura?

La anacrusa del cosmos se resuelve en los acentos de la polirritmia que forman las estaciones de todos los planetas, primaveras de Júpiter o Saturno, que seguro tienen.

Anacrusa o compás de espera... y en el movimiento de los planetas, ha cambiado el verbo: los planetas esperan. El hombre espera. Algo del orden del futuro ha preñado de tiempo el reposo del hombre y de los planetas.

Como ese hijo nuestro, que en tu vientre reposa.

Como el viento.

05 diciembre, 2006

Estudio No. 1 en sol menor y en tres movimientos, para soprano y barítono

"...quiero morder
el tallo de su rosa..."

El primer día, se quedó mirándome a los ojos, fascinada, y sonrió, como sonríen las mujeres cuando quieren hacerte pensar que, tal vez, te han elegido. Pero fue por sus labios del color de las rosas que crecen río abajo, rojas como si estuvieran a punto de reventar de sangre, salvajes, que supe que era ella. Tocó a mi puerta un día y me atreví a dejarlo pasar. Sin buscarlo, me encontré de pronto sumergida en el refugio de su abrazo mientras permitía que con mano segura secara mis lágrimas: decidí que sería mi primer hombre. Al otro día, vino con una solitaria rosa roja y me la ofreció a cambio de mis penas y de todos los fantasmas sin nombre ni rostro que me habitaban en lugar de otros cuerpos, otros rostros, otros nombres. Me preguntó si lo acompañaría a conocer el lugar donde crecen las rosas silvestres y apenas atiné a asentir tímidamente con la cabeza. El segundo día, le llevé una flor; era más hermosa que cualquier mujer que hubiera visto. Entonces, le pregunté si conocía el lugar donde crecen libres las dulces rosas silvestres. Al tercer día fuimos al río. Me enseñó las rosas y nos besamos. Después ya no sé: lo último que escuché fue un susurro; él estaba arrodillado sobre mi, con una piedra en la mano. El último día, la llevé al lugar junto al río donde crecen las rosas silvestres. Se recostó en la orilla (el viento tenía el brillo que pudiera tener un ladrón que triunfa en la noche). No le negué un beso de despedida: toda belleza debe acabar, murmuré. Después, planté una rosa entre sus dientes....