28 marzo, 2010

Carne de diván

Algunos de ustedes quizás lo saben, pero resulta que hay analista y hay analizante.

Veamos: hay pianista pero no pianante, guitarrista pero no guitarrante. Hay cantante, sin que haya cantista.

Hay amantes, amoríos, amistades, pero no amoristas.

No hay naveguistas por más que haya navegantes; hay comediantes sin que haya comedistas; hay anarquistas y anarquizantes.

Hay corazones palpitantes para los que, a veces, el dolor es torturante: un contorsionista que extrema sus esfuerzos contorsionantes, un artista hartante.

Quizás esto sea simplista. Acordarán que, en todo caso, no es simplante. Cuando llegue el turno de lo importante no habrá manera de distraerse en lo importista: reconocerse anhelante, mas no anhelista.

06 marzo, 2010

Gesto

Hace un día hermoso y estamos reunidos junto a la piscina. Mis hijos entran al agua con su abuela, mi madre. "Está profunda", grita el mayor. Mi madre lo ayuda a flotar.

Tras ellos, entro yo al agua, y me pongo a nadar de espalda, llevando a mi hija del medio sentada a horcajadas sobre el abdomen. Ni bien empiezo a nadar, cuando las salpicaduras del agua estorban mi visión, me doy cuenta de que no me quité los anteojos. Sin dejar de nadar, me los saco y le hago a mi viejo, que está de pie junto al borde de la piscina, gesto de arrojárselos.

Su reacción me sorprende. "Pero cómo te vas a sacar los anteojos", me dice, y yo francamente no entiendo por qué no habría de quitármelos, pero advierto que no piensa recibir mis anteojos, así que los revoleo con furia. Los anteojos pasan por encima de él y van a dar más allá de la ligustrina que circunda el área de la piscina.

Yo sigo nadando, sin prestar más atención al asunto y bromeando con mi hija, que va muerta de risa sobre su papá ballena, que se llena la boca de agua y escupe hacia el cielo simulando el venteo de un cachalote gigante.

Sin embargo, escucho a mi madre que intercede por mi ante mi padre. "Carlos", dice, y reconozco el tono, la manera de decir ese nombre, que es la manera que usa todas y cada una de las veces que asume alguna forma de defensa de sus hijos, "Diego no puede nadar con anteojos, se mojan y no vé, además de que podrían arruinarse, ¿por qué no los ponés en algún lugar seguro?, eso es lo que te estaba queriendo decir..."

Entonces veo, alli, en el fondo de mi campo de visión, que mi padre se dirige hacia la ligustrina y busca mis anteojos. Es su gesto de buena voluntad.

Entre tanto, yo llego al borde de la picina y escucho que mi hijo mayor, que ya había salido del agua, se acerca a nosotros gritando y riendo y arroja una toalla con la que cubre a su hermana. A él no lo veo, porque yo sigo nadando de espaldas y estoy con la cabeza hacia el borde de la piscina, pero lo escucho reir. Al ver a la nena cubierta con la toalla, se me pasan por la cabeza dos o tres ideas amenazantes, como que podría sofocarse, asustarse, enredarse y caerse al agua, y digo "pero cómo vas a tapar así a tu hermana, ¿no ves que es peligroso?".

El nene vuelve a agarrar la toalla y se aleja, entristecido. Yo no digo nada más. En esta historia faltan muchas cosas, pero, sobre todo, falta mi gesto de buena voluntad.

05 marzo, 2010

Me retiro a construir un laberinto...

Si, estoy enganchado con Lost. Y me gustaría creer que estos muchachos se atraverán a prescindir de un final que eche por tierra el kilombo y que nos dejarán disfrutar, así, sin buscarle otra explicación que su mera posibilidad, del laberinto de Tsui Pen.

Dudo que lo hagan. Pero qué bueno sería.

05 febrero, 2010

Variaciones sobre un mismo tema

...no sólo desnudo: despellejado, privado de la más mínima superficie que establezca un límite y un contorno, tensión superficial, arrojado a la deriva, desmembrado, descuartizado, desecho en madejas, trozo de trozo de trozo, nimiedad cósmica, polvo de estrellas, partícula que sólo aporta número al universo, polvareda que un esfuerzo de la vista o un efecto de la distancia puede presentar como una cosa indivisa, una mosca, por ejemplo, y no el caos espantoso de millones de partículas mutuamente indiferentes...

30 enero, 2010

Alguien tiene que ser el malo


273. ¿A quien llamas malo? - Al que quiere avergonzar siempre.
274. ¿Qué tienes por lo más humano? - Ahorrar a alguien la vergüenza.

275. ¿Cuál es la señal de que se ha alcanzado la libertad? - No tener vergüenza delante de sí mismo"
Nietzsche, La Gaya Ciencia.


La clave (o la trampa), en el fragmento de arriba, está en la palabra "humano": ese adjetivo puede entenderse en un sentido positivo o en uno negativo. Pensamos nietzscheanamente si vemos el tinte peyorativo que esa palabra tiene ahí. Lo humano, consta hasta en la Wikipedia, es algo que para Nietzsche debe ser superado. Una herramienta para eso es la malignidad.

La malignidad, entiendo, sería la fuerza que hace salir de sus escondrijos a los compasivos, a los que están dispuestos a ahorrar a alguien la vergüenza, a permitirle a quien no ha alcanzado la libertad, no otra cosa que un esclavo, pasar por alto su condición. Una suerte de concepción instrumental de la malignidad.

Hay quienes que para convencerse de que han alcanzado la libertad salen a la caza de miserables para humillarlos, para no ahorrarles vergüenza. Convertir eso en una disposición proactiva, buscar en todos y cada uno la falla (y sabemos que a cualquiera que se mire lo suficientemente de cerca...), no deja de parecerme una forma menor de ejercer la voluntad creadora. En otro lugar de la Gaya Ciencia, Nietzsche dice:
"¿El mal es necesario? (...) Estos jóvenes quieren que les venga de fuera, o fuera se les ponga visible, no la felicidad, sino la desgracia, y su imaginación se esfuerza en hacer de ella un monstruo para ponerse en seguida a lidiar con él. (...) Ni saben qué hacer de sí mismos y por eso escriben en la pared las miserias de los demás; siempre necesitan a los demás."
Me quedo pensando en esa paradójica manera de depender de los demás, quizás todavía, e irremediablemente, humano, demasiado humano.