12 enero, 2010

Dibujos

El rey despertó esa mañana presa de la inquietud. Había tenido un sueño, vago e impreciso, que había dejado oscuridad en su alma. Consultó el oráculo, que fue diáfano: debía guardar una penitencia para apaciguar a los dioses. A su juicio quedaba el carácter de la mortificación. El resultado fue la muda angustia y la sorda incertidumbre, de las que era imposible extraer indicación o sugerencia. El rey atendió los asuntos de su estado. Ordenó sacrificios humanos. La noche llegó y trajo el sueño aciago. La mañana lo llevó desesperado ante el oráculo, que fue diáfano: la mortificación debía pesar sobre el rey mismo. Se clavó en la espalda las rituales espinas y caminó sobre las antiguas brasas. La noche no trajo la paz: los dioses seguían insatisfechos. El rey consultó el oráculo una vez más, que se negó a dar razón: lo que debía ser dicho había sido ya pronunciado. Enloquecido, el rey decidió huir. Caminó sin rumbo por el altiplano. Varias veces giró la luna. Cada mañana, el alma del rey despertaba oscurecida por el sueño de la víspera. Quiere la crónica que el rey regresara al punto de partida al cabo de numerosas lunas. Esa noche soñó su largo periplo. Una divinidad menor lo cargaba en su carro de fuego y lo elevaba al cielo, para que pudiera ver el dibujo creado por sus pasos. A los ojos de los dioses, había trazado nítidas imágenes en las arenas del valle de Nazca. El rey amaneció muerto y pretende la crónica que su rostro mostraba calma.