29 diciembre, 2012

La cualidad nutricia

El relato conecta dos hechos, separados en el tiempo por un par de meses. Un par largo, se diría, para sugerir que, tal vez, "un par" significa algo más que simplemente dos.

Son, los dos hechos, banales.

El más antiguo de los dos corresponde a un día que estaba preparando pasta. Había puesto el agua al fuego y, cuando rompió el hervor, quise abrir el paquete, un paquete de esos fideos cortos con forma de tirabuzón.

Se me rompió el celofán y la pléyade de fideítos se consteló por la cocina. Aquello del universo en constante expansión, supongo. Barrí y junté los fideos que pude, pero algunos habían caído en el hueco entre la cocina y la mesada, de donde, a decir verdad, ni intenté, en ese momento, retirarlos.

Me olvidé de ellos hasta el segundo acontecimiento, que fue por estos días. Una invasión de hormigas. Había dejado la mesada llena de trastos sucios y se vé que la cualidad nutricia de los restos atrajo a unas hormigas chiquitas y negras que yo sé que viven conmigo en esta casa.

La mesada y la propia cocina eran un, como se dice, hervidero de hormigas. Estaban sobre los platos, las fuentes, los vasos, entre las hornallas, abigarradas, móviles,  apretaditas, como los murciélagos de Luca, recortando, troceando, trasegando los restos para ellas tan valiosos.

Me puse a lavar, que no era otro el problema. Lavé los trastos, limpié la mesada y la cocina, pasé lavandina, y las hormigas se fueron retirando, espantadas, a medida que mi tarea avanzaba.

Lo que conectó ambos hechos fue descubrir, al limpiar el espacio entre la cocina y la mesada, intactos, los fideos que se me habían caído aquella vez que se me rompió el paquete.

Es decir, algo un poco inquietante, ver que, en su voracidad, las hormigas habían ignorado un alimento, supuestamente, de origen orgánico.

Rocié el área con veneno para hormigas y me fui a hacer otra cosa.

10 diciembre, 2012

Lucas Pizarro y sus noches de invierno

...entonces nos acercamos el uno al otro y nos besamos. Un beso en los labios, tierno, suave, hecho de varios besos más pequeños. Cuando terminó ese beso, ella tomó mi cara con sus dos manos, como quien eleva una ofrenda, como una caricia, y dirigió mi cabeza hacia un costado. Me dió un largo y dulce beso en la mejilla. Mi reacción fue reír, un poco exageradamente. Aún no sé qué puede haberle significado mi risa. Tampoco sé yo mismo qué quise decir, si fue una risa nerviosa, o una forma de aceptación.

Esa fue la despedida. Salí de su casa. Estaba oscuro y hacía mucho frío. Me calé el gorro de lana y alcé el cuello de mi abrigo. Un beso en la mejilla. No había romanos esperándome. Estaba solo.

22 noviembre, 2012

Postal

Muchas veces, como hacemos todos, seguramente, he intentado reconstruir o recuperar recuerdos de la infancia. La memoria de mis primeros años es un árbol bastante seco del cual sólo extraigo cada tanto unos pocos frutos no muy jugosos. Son retazos, o más bien postales, casi fotografías y, en muchos casos, ni siquiera auténticos recuerdos sino la reimplantación de un recuerdo a través de un relato de alguien mayor.

Mi madre, sin ir muy lejos. De ella guardo algunos recuerdos, pero sobre todo muchas palabras.

Si algo es mi madre, por ejemplo, es su historia del abuelo gallego. Y esa historia es a su vez vaga e incompleta. Es la historia de mi madre comiendo almejas. Recogía las almejas con mi bisabuelo, en días de caminata por la arena. Ella era un niña de unos cinco o seis años, la edad que tiene ahora una de mis hijas. Caminaba con su abuelo por una playa que podría ser Mar de Ajó, en esa zona donde el mar todavía está sucio de la afluencia del Plata (hay otra anécdota de mi madre que involucra a Mar de Ajó, un destartalado ómnibus de pasajeros y el esfuerzo de mi abuelo, su padre, para ayudar a mover el ómnibus, que se había encajado en la arena).

Caminaban por esas playas, que hace sesenta años habrán sido desoladas y rústicas, y recolectaban almejas. El abuelo las abría vivas, las rociaba con limón y las comía. El abuelo gallego le enseñó a mi madre a comer almejas crudas, lavadas con la misma agua del mar, apenas laceradas un poco por el ácido del limón.

Y yo me pregunto qué habrá sido eso que tanto impresionó a la niña de seis años, qué cosa señaló ese recuerdo de entre el cúmulo de experiencias, si el gesto del hombre, si el acto primal de devorar al animal crudo y todavía vivo, si el sabor fuerte y agresivo del molusco y el cítrico, si el ritual, la coreografía del gesto que imagino (la danza de las manos para despegar la valvas con un cuchillo, apretar el limón, adivinar el reventar de la pulpa, la caída de alguna gota en los ojos de la nena que mira, fascinada, incrédula, al animal reaccionar y retorcerse), si habrá sido el atardecer o la figura del hombre contra el sol, o tal vez el juego, el estar de rodillas en la arena, buscar con la vista los pequeños y redondos agujeros que delatan el lugar donde la almeja se ha enterrado, cavar con la pequeña palita de metal, atrapar al animal antes de que logre hundirse más profundo, cuidar de no romper las valvas con la pala, juntar la cosecha en un balde lleno de agua de mar.

Mi madre nunca contó que se riera entonces. Siempre ha presentado la escena como un momento pleno de felicidad, pero no recuerdo risas en la historia. Aquel hombre, del que sólo sé que juntaba almejas con su nieta y que las comía bañadas en limón, dejó en la niña que después fue mi madre una impronta tan profunda que se concentró en un único acontecimiento, relatado una y otra vez (ahora lo pienso) como cuento para ir a dormir (y afloran recuerdos de mi madre: sentada en un banco, entre mi cama y la de mi hermana, dándole una mano a cada uno para evitar celos y competencias, y contando la historia del abuelo, una historia con tan escasos elementos como aquí los repito: un hombre y su nieta caminan por la playa buscando almejas para comerlas crudas, rociadas con limón). Ese era el cuento. Ese o el de los tres chanchitos, una canción de cuna y a dormir.

Algo fascinante habrá tenido la voz de mi madre. La certeza de una forma del amor, algo próximo al encantamiento causado por un único gesto, una escena simple y acotada, aguda y exigua como una espina, y clavada con igual tenacidad.

Y el cuento pasó finalmente a mi memoria. Aquel inmigrante gallego en las costas del Plata, que imagino taciturno, dejó, diría casi con certeza que sin saberlo, su ciega marca para que una madre la pasara a su hijo. Creo que no fue tanto la historia como la pura voz de mi madre, su inexplicable entusiasmo, aquello inefable que el relato no podía contener pero que la voz revelaba.

Con los años, mi madre formalizó un manifiesto deseo de conocer Galicia. El tiempo le dio la oportunidad. Viajó a España a visitar a una hija, inmigrante de la oleada de los años dos mil. Y fue a Rajó. Y vio las rías. No sé si comió almejas. Honró la memoria de su abuelo, conoció olvidados y vagos parientes.

En las costas del Atlántico argentino hace años que ya no se ven almejas. De chico, yo todavía las juntaba cuando íbamos de vacaciones a San Clemente. Era un juego y la ocasión para que mi madre repitiera la historia del abuelo gallego. Nos divertíamos, mi hermana y yo. No recuerdo haber comido jamás esas almejas. Apenas si recuerdo si alguna vez mi madre hizo con ellas algo parecido a una paella, hirviéndolas, creo, hasta que las valvas se abrieran.

Hace unos días leí en un diario que se habían vuelto a ver almejas en la costa. Pedían a la gente que no las recolectara, para no fracasar su regreso.

En fin. Así son las postales: parece que tienen un origen, una causa o un motivo y, sobre todo, que se dirigen hacia otro, un lugar o un destinatario, pero en realidad son retazos encallecidos de algo que, suponemos, pasó, sin causa ni efecto, sin trama ni desenlace.

08 octubre, 2012

La Gorgona

Acaricio su rostro con mis manos bellas, finas, delicadas. He logrado desarmarlo luego de una breve lucha; no ha sido difícil, aunque ha sido el primero en mucho tiempo que logra combatir conmigo sin mirarme a la cara. Por eso vive aún. Ha venido a buscarme, como tantos otros, no sé para qué. Para medir su valor, tal vez. Lo tengo atrapado, mi cuerpo enroscado al suyo, y se resiste a abrir los ojos. Es hermoso y fuerte. Tiembla de pavor y respira agitadamente. Le tomo la cara con ambas manos, como alzando un cáliz, una copa. Siento su carne trémula, envuelta por mi cuerpo. Acerco mi boca para besarlo. Al sentir la proximidad de mi aliento, no puede resistir el terror y abre los ojos. Me mira a la cara. Aunque mi rostro es bello, no tarda ni un segundo en convertirse en una fría estatua de piedra. Desesperada, furiosa, desenrosco mi cuerpo de su cuerpo inerte, con violencia, y lo arrojo lejos de mí. La piedra estalla en pedazos.

Lloro.

Mi nombre es Medusa. Los hombres conocen mi historia. Vivo en el Inframundo y cumplo una condena.

Esta es mi mano. La he mirado muchas veces. La extiendo delante de mí; estiro los dedos, los separo, la palma hacia abajo. Dispongo del tiempo. En la penumbra, advierto la tensión, el dibujo afilado de los tendones. Tengo bellas manos. Finas, delicadas. Giro esta mano, la palma hacia arriba, la llevo a mi aljaba y saco una flecha. Veo mi izquierda empuñando el arco, alzándolo a la posición de tiro. Apoyo con la derecha la flecha en la cruz que forman mi puño y el arco. Cuántas veces he visto mis manos en este gesto: a la distancia de un brazo, mis dos manos juntas, una un puño cerrado, sosteniendo el arco, la otra aferrando la flecha, acercándose a mi cara mientras tensa la cuerda, hasta quedar fuera de mi vista, exactamente junto a mi mejilla, la cabeza apenas inclinada, el aliento contenido, máxima la tensión del arco, destino de la flecha. Ya no miro mis manos sino el pecho de ese pobre idiota que me busca y me presiente y me ignora.

Mi mirada es certera. No me distraigo en mi mano al soltar la flecha. Sin hacer ningún ruido, con la mudez calma de una serpiente fugaz, la flecha busca su blanco.

No falla.

El hombre herido cae. Me busca con la mirada y me revelo. Me mira fijo a los ojos. No tengo tiempo siquiera de acercarme a abrazarlo en su agonía. Se vuelve piedra.

Lloro.

Multitud de hombres petrificados adornan mis aposentos. Museo del horror y de la muerte, paseo entre sus cuerpos inútiles mi silueta intocable.

Me llamo Medusa. Pero soy la Gorgona ahora.

Ningún hombre puede acercarse a mí. Esa fue la condena de Atenea por el delito de haber sido ultrajada ¡Si tan sólo hubiera sabido apaciguar a Poseidón! ¡Si hubiera sido capaz de evitar que me deseara! Pero no, fui al templo de Atenea buscando refugio, y Poseidón me siguió y me acorraló. No fui lo suficientemente valiente para enfrentar la fuerza del dios. Tuve miedo. Tuve miedo de lo que pudiera ser de mí. Sólo quería vivir. Hermoso Poseidón, por favor, no, apiádate. Sí, soy tu sierva si tú los dices. Tu esclava, sí. Sí, hermoso Poseidón, esta pobre mortal está aquí para tí, si es tu deseo, hermoso Poseidón.

Debo arrepentirme ahora de mis palabras.

Sólo he sabido del poder de Poseidón, que aún reina en los mares. Al contrario, a mí Atenea me condenó a habitar el Inframundo, sin conocer jamás el amor de un hombre.

Escucho nuevos pasos en mi cueva. Otro temerario viene a medirse con la Gorgona. Me deslizo suavemente hasta flanquearlo. Lo observo en silencio, lo sigo. Es joven y fuerte, y mantiene la vista hacia el piso. Otro que cree que puede enfrentarse a mí sin mirarme. Se detiene y gira su espada hacia donde yo estoy. Me ha oído. Me mantengo inmóvil y en silencio. Él retoma su andar a tientas por la gruta, buscándome sin saber que estoy a su lado. Me decido a provocarlo. Deslizo mi cuerpo de sierpe a sus espaldas con un roce claramente audible. Se da vuelta y me busca. Ya no estoy. Sigue caminando. Yo tomo distancia. Armo mi arco y apunto a sus pies. La flecha cae justo delante de él, indicando claramente el lugar de donde ha venido. Otros hombres hubieran levantado la vista. Él no lo hace. La flecha le señala que estoy lejos y que su espada no podría alcanzarme. Sólo se aleja unos pasos y se protege detrás de una columna. Él tiene que acercarse a mí. Hago un rodeo y vuelvo a flanquearlo. Con los ojos cerrados, aspira el aire. Siente mi olor. Camina en mi dirección. Lo dejo acercarse unos pasos y vuelvo a dispararle, otra vez a los pies. La flecha en la tierra le hace comprender que no quiero hacerle daño, que quiero que se acerque. Sonríe, y sin levantar la vista, camina en la dirección que le marca mi flecha. Una nueva flecha le confirma el rumbo y mi intención. Lo dejo acercarse a unos pocos pasos. Entonces me revelo, lentamente, en silencio. Para hacerme daño, debería estar aún más cerca. El hombre me adivina y se cubre el rostro con su escudo. Es él quien está vulnerable. Está a tiro de mi arco y en línea con mis ojos, y lo sabe. Puedo advertir la tensión con que aferra su espada, alzada hacia mí. Me acerco lo suficiente para que pueda ver mi cuerpo frente a sus pies, por debajo del escudo. No retrocede. Cuando intento rodearlo, da un salto y se aleja, evitando la emboscada. Armo mi arco y esta vez le apunto a las piernas. No quiero matarlo, quiero atraparlo, para rodearlo con mi cuerpo reptil. Erro. El hombre se aleja y se esconde entre las ruinas. Ahora soy yo la que no puede verlo. He quedado al descubierto. Está intentando tomarme por la espalda. Me deslizo velozmente y me pierdo entre las derrumbadas columnas. No lo encuentro, lo he perdido. No puede estar muy lejos, aún en este laberinto. Él tiene que acercarse a mí. Siento a mi espalda el veloz deslizarse de unas sandalias y adivino la amenaza. La espada pasa sobre mi cabeza y yo alcanzo apenas a darme vuelta, mientras el hombre cae y rueda a esconderse entre las rocas. Armo mi arco tan rápido como puedo y disparo. Erro. Me alejo. Yo soy la que tiene el arco. La distancia es mi aliada. Pero ahora no tengo dudas. Él quiere matarme. Lo he perdido nuevamente. Intentará otra vez emboscarme. Avanzo lentamente por un pasillo estrecho con el arco armado, apuntando al frente. Logra una vez más sorprenderme. Aparece velozmente de atrás de unas columnas a mi izquierda y de un mandoble parte mi arco. Rueda otra vez entre las ruinas y lo pierdo de vista. Ha eliminado mi ventaja. Grito de furia y me lanzo a perseguirlo. Lo encuentro de pie en medio de una gran recámara, dándome la espalda, viendo cómo me acerco en el reflejo de su escudo, la espada lista, el cuerpo tenso. Quiere que me acerque. Quiere matarme.

Es que soy la Gorgona. Soy (ahora) la Gorgona. Por fin lo comprendo. Ya no soy más la que fui, la bella Medusa, la hermosa, la esbelta, la perfecta, la que deseaban los hombres y los dioses.

Soy ahora una bestia, la sierpe, la de la voz viperina y el cabello reptil, soy el monstruo de la mirada mortal que se arrastra por las ruinas de esta enorme gruta del infierno, acechando a los audaces que se aventuran en la oscuridad, para saltarles a la cara y convertirlos en piedra, sin un hálito de vida ni un temblor de ansiedad. Piedra pura dura y muda. Pero hoy ha llegado otro hombre que ha sabido acecharme sin mirarme a los ojos, sin mirar a la Gorgona. La única, la inabordable.

Solitaria Gorgona.

Puedo por fin maldecir a Atenea, ¿qué otro mal puede hacerme? Tal vez este hombre que me espera de espaldas con la espada en alto sea por fin el que termine con este dolor. Yo ya no soy una mujer. Nunca volveré a serlo.

Me acerco a él desarmada. Se prepara para saltar. Gira con violencia, la espada firme en su mano, directo a mi cuello. No sé si me mira. Por las dudas, cierro los ojos.

06 octubre, 2012

El don

Habría que intentar otro pesar, 
otra alegría, un sitio 
distinto para esta alma que se espeja...
 Tamarit 


El libro inició su recorrido hace meses, años, tal vez. Fue pergeñado, deseado, escrito y fabricado en Córdoba. Fue dedicado a una decena de personas. Otros tantos ejemplares fueron entregados en don a un mensajero y transportados por unas primeras manos humanas desde La Docta hasta la Reina del Plata. Ese primer mensajero podía guardar un ejemplar para sí, pero debía acercar al resto a otro destino. Un tiempo humano, que no se mide sino por los azares de las ganas y la voluntad, transcurrió hasta que las manos del primer mensajero se encontraron con otras y conversaron y entregaron en don los ejemplares del libro. Manos humanas lo transportaron desde la Reina del Plata hasta algún lugar del Oeste. La cruda y bruta materialidad del libro esperó otra vez un tiempo humano hasta que tuvo lugar un nuevo encuentro. El segundo mensajero guardó un ejemplar para sí y transportó camino al Sur la ruda materialidad del papel y la cartulina. Mis manos recibieron un don y un testigo. Guardé un ejemplar para mí. Otros dos ejemplares más esperaban aún para encontrar su destino. Más tiempo humano pasó. Hoy, mis humanas manos pasaron los dos últimos ejemplares a un nuevo mensajero, que guardará un ejemplar para sí. Sólo falta un libro. En estos tiempos interesantes que nos tocan, la historia que quiero contar es la de un curioso libro, un libro de poemas, un libro impreso en papel, que recorrió por tierra, en bolsos, carteras, guanteras o mochilas, cientos de kilómetros para hilvanar una decena de puntos.