25 agosto, 2012
¿No ves que ya no somos chiquitos?
Y después queda ahí el hueco de ese minúsculo entusiasmo, la sensación del brazo amputado que es énfasis de una ausencia, y uno se queda mirando como diciendo "¿y? ¿ya pasó?" y ahí no queda nada y otra vez a esperar, a cuidar semillas invisibles y minúsculas, que las trae y lleva el viento, y repararlas del clima y de los pájaros y esperar a que brote, otra vez, un entusiasmo que, para llegar a baobab, tiene primero que ser brizna.
-¿Baobab?
-Si, Antoine, las rosas me chupan un huevo. No quiero un entusiasmo de rosa. Quiero un entusiasmo fuerte como un baobab...
-Pero es que yo pensé... creí... bah, la idea era...
-Si, Antoine, ya sé cuál era tu idea. Era una linda idea.
Antoine me mira. Se lo ve apesadumbrado. Se ve que, de alguna manera, lo he decepcionado. Se recuesta en su silla y juega con la cuchara del café. Abre la boca como para decir algo y escucho la pequeña apnea que prepara la salida de la voz. Se calla, sin embargo.
-¿Sabés, Antoine? Hace años, había en el patio del departamento donde vivía una bolsa de tierra. Brotó algo, ahí. Lo cuidamos y lo dejamos crecer. Resultó un jacarandá. O la semilla estaba en la bolsa, o cayó con la mierda de algún pájaro, andá a saber. Lo dejamos en la bolsa hasta que estuvo lo suficientemente grande como para pasarlo a una maceta. Lo transplantamos. Luego nos mudamos y lo llevamos con nosotros. Tuvimos que pasarlo a una maceta más grande. Alcanzó un par de metros de altura. Se ve que el macetón donde lo teníamos no lo favorecía. El tronco era un palito fino y flexible que tenía en la punta un penacho de esas hojitas compuestas propias de los jacarandaes, pero resistió vivo, aguanto tormentas y heladas y resolanas. Pero nunca nos decidimos a plantarlo. Ningún lugar parecía lo suficientemente bueno. Yo me fui de esa casa, con dolor, con furia. Ahora, necesito un baobab. ¿Me entendés, Antoine? Un baobab...
10 agosto, 2012
El fabricante de espejos
Los más célebres fabricantes de espejos exportaban sus maravillas desde Venecia, que era además un estado guerrero. Cuando la ciudad entró en guerra con el turco para detener su avance en los Balcanes, se encontró peleando del mismo lado que los ejércitos rumanos del príncipe Vlad III, rey de Valaquia. Petre Wajcescu era vidriero y no conocía el arte de fabricar espejos. Era uno de los tantos rumanos que habían sido arrastrados por la leva y habían quedado entre las tropas del Príncipe Radu, quien, en alianza con el turco, quería arrebatarle la corona de Valaquia a su hermano Vlad, entregando de esa manera el control de los Balcanes, las puertas del Sacro Imperio Romano Germánico, al Imperio Otomano.
El Papa no podía permitirlo, por lo que ejércitos de toda Europa enfrentaron al Sultán. Naves venecianas recorrieron el Adriático hostigando a los buques turcos. Una nave de la armada serenísima capturó el bajel (uno de tantos) en el que se hallaba Petre. Fue liberado a su suerte en tierra de la República cuando convenció a los oficiales de la nave de que era un cristiano prisionero del infiel. Abandonado en Venecia, encontró trabajo como vidriero en el taller de un fabricante de espejos, a cambio de casa y comida.
Ahí Petre aprendió a mezclar el estaño y el delicado mercurio. Aprendió a aplicar al cristal los paños de lana para fijar el azogue, desde ese momento, invisible al mirar el espejo.
Luego de violar a la hija de su maestro, huyó de Venecia y emprendió el regreso a Bucarest. Petre se instaló en Targoviste, la capital del reino, y llegó a ser el más famoso fabricante de espejos de los Balcanes.
Una noche, tres lacayos pálidos llegaron a su taller a encargarle la fabricación de 72 espejos. Vlad III, señor de Valaquia, quería adornar con ellos los recintos de su castillo de Poenari, para que las aguas tristes del Arges se multiplicaran en el interior de la fortaleza (como si pudiera de ese modo quitar las manchas de sangre de los boyardos que mandara a morir en su construcción).
72 era una cantidad que el modesto taller de Petre, donde sólo él trabajaba, difícilmente podría producir en el tiempo que se le ordenaba, pero no podía negarse: su señor era terrible (lo supieron 20.000 prisioneros turcos que colgaron empalados a las puertas de Targoviste, sacrificados para aterrorizar a los generales enemigos).
Una vez iniciados los trabajos, el príncipe en persona visitó una tarde el taller para conocer al artesano. Vlad se paseó (la larga capa negra de la orden del Dragón) entre los espejos terminados, sin pronunciar palabra, mientras Petre temblaba de terror. Al partir, prometió pagar un precio que ningún artesano de Valaquia hubiera imaginado obtener por su obra, si se cumplía con el plazo. Petre no necesitó más para entender las consecuencias de lo contrario.
Fue esa tarde que Petre comprendió, además, que su trabajo, esforzado y eximio, no sería jamás apreciado por su señor.
El plazo impuesto vencía cuando la última gota de mercurio había escurrido ya de los cristales. Había logrado los 72 espejos a tiempo (y había pensado en lo arbitrario del número durante las muchas mañanas que había dedicado a elegir las mejores láminas de vidrio). 72 espejos perfectos, incapaces de la más mínima distorsión, en los que había invertido todo lo que los venecianos le habían enseñado y todo lo que él les había robado antes de huir.
Los lacayos pálidos terminaron de cargar 72 impecables cristales en 18 carruajes tirados, cada uno, por 3 caballos (estaba previsto que algún cristal se rompiera durante el viaje a Poenari). Pagaron la suma convenida y el vidriero no pronunció una palabra, a pesar de haber salvado la vida y de haberse convertido en el artesano más rico de Valaquia.
Es que Petre Wajcescu, de oficio vidriero, fabricante de espejos, había descubierto durante aquella visita a su taller que, como el azogue, su amo, Vlad III El Empalador, hijo del príncipe Dracul, vaiboda de Valaquia, no se refleja en los espejos.
01 agosto, 2012
Manos
La cuestión es que se acostó y nos dimos la mano y se durmió. Tiene la mano grande. Casi tan grande como la mía. Y fuerte. Ya no es la mano de un niño. No es aún la de un hombre, pero ya no es la de un niño. Entonces agarré fuerte esa mano. Quería que esa forma, ese volumen, esa tensión, quedara grabada en mi mano, en la memoria de mi mano, porque intuí que esa era una última vez, que esa era una de una serie de últimas veces que ya han comenzado a ser.
La vida no se priva aún de ofrecerme primeras veces. Sorprendentes, excitantes, frustrantes o dolorosas, mi vida sigue llena de primeras veces. Pero empiezo a ser consciente ahora de las últimas. No sé cuántas veces más mi hijo se dormirá tomando mi mano.
Cualquier día de estos, serán esas las manos de un hombre que comprenderá que no hay nada que pueda sostenerlo guardado en las manos de su padre.
31 julio, 2012
N+2 ocurrencias de (casi) un mismo texto
Intro. Trumpet solo...
Summertime... Y la vida es fácil. La nana negra está en el campo con el hijo del amo y el niño blanco rompe en llanto. Un rasguño, una espina, una piedra o el fracaso en la pesca. The fish are jumping and the cotton is high. A ver mi niño, tu papá es rico (es el dueño de este campo, del algodón y de todos estos negros que lo cosecharemos: para vos la vida está resuelta), tu mamá es bonita, así que hush you little baby, don't you cry. Pero la negra es un poco cruel, o de un fatalismo impiadoso. No llore mi niño, la vida es fácil y el día de verano es espléndido, pero one of this mornings, you gonna rise up singing, te saldrán alas, and you'lll take to the sky. Te vas a morir, claro que te vas a morir. But till that morning there is nothing can harm you, esa mañana está escrita en el gran libro del Señor y, si hoy no es ese día, hoy sos inmortal, no será este rasguño el que te mate, ni esa piedra, ni ese río. Daddy and mammy standing by se ocuparán de eso (el algodón está crecido y tenés la vida resuelta)...
Trumpet solo, bridge...
Summertime, time, time, and the living is easy... Amanecen dos en un departamento con vista a la Bahía de San Francisco, un amanecer espléndido. Estuvieron garchando toda la noche y los sorprende la mañana en un nuevo trip. Ella mira el techo: "hay peces que saltan... y algodón... allá arriba". A él le pega mal, se asusta, empieza a llorar. Vamos, che, niño rico, your mamma's good looking now, todavía es joven, tu viejo tiene guita, ¿de qué te quejás? Ah, ¿es por mí? No, un día de estos vos también vas a elevarte cantando (te va a pegar bien), you'll spread your wings, y llegarás al cielo. Hasta esa mañana, por mí no te preocupes, there is nothing can harm me, así que, pibe, no llores. No, no, no. No llores.
Guitar solo. Coda. Finale.
Fantasías que despiertan los modos de decir Summertime de Ella y Janis (con sus sutiles diferencias en la letra).
04 julio, 2012
El grito (el gran baile en el cielo)
-¿Acaso no está muerto de miedo?
-No... No tengo miedo de morir
-¿En serio? ¿Está seguro?
-Es algo que pasa un día u otro. Qué importa.
-Si está asustado, está bien. Es decir: ¿quién no lo estaría?
-¿Por qué debería tener miedo de morir?
-No sé, alguna gente se asusta.
-No hay motivos para eso. Hay que irse algún día...
-Si, es verdad. Supongo que así debe ser. Pero, si está asustado...
-Nunca dije que tuviera miedo de morir.
-¿Puede confiar en mi? Sólo estoy buscando conversación. No hay razón para gritarme.
-Le dije que estoy calmado. No intente dar vuelta mis palabras.
-No hago eso.
-¿No? Yo creo que sí. Lo conozco bien.
-OK, lo lamento. No debí decir nada. Fue un error... Le pido disculpas por mi falta de sensibilidad. Le prometo que me mantendré callado mientras estemos juntos.
(Las primeras cinco líneas que corresponden al viejo coinciden textualmente con el texto que se oye en el principio de The Big Gig in the Sky, en la grabación original, un poco en el segundo plano de la mezcla.)