29 septiembre, 2013

Nota al pie, según Piglia

Seis años después de este post, vengo a consignar que en la primera entrega del programa Borges por Piglia, emitido por estos días por "la televisión pública", Ricardo Piglia asegura que sí, que Walsh organizó mañosamente el texto de Nota al pie para que la nota se imponga paulatinamente al cuerpo del relato...

17 septiembre, 2013

Chiquitina

Es domingo. Como suele hacer, mi chiquitina se despertó temprano, la primera. Curiosamente, me pidió de bañarse. Así, mientras ella se baña y sus hermanos duermen, yo me preparo un mate y me siento a desayunar. La escucho cantar. A mi chiquitina le encanta cantar. Entonces me asalta una fantasía, una especie rara de melancolía prospectiva. Me imagino viejo, terminantemente viejo, pongamos setenta y tantos años, vaya a saber si recibiendo a mi chiquitina, para entonces una mujer madura, en una casa mía o estando yo de visita en su casa, sentado en una silla, en la cocina, tomando mate, y, mientras ella hace los que sean entonces sus quehaceres, se pone a cantar y al escucharla cantar yo recordaré estas mañanas de domingo en que mi chiquitina cantaba bajo la ducha, jugando, y yo tomaba mate o me sentaba a escribir estos ejercicios de nostalgia prospectiva. Será una tristeza mansa, casi feliz. Eso espero.

12 septiembre, 2013

Un Zarathustra cimarrón y vernáculo...

Qué les voy a decir: por lo general, me olvido de este blog. Sigue su curso de electrones y flota medio a la deriva.

Pero que esté como en animación suspendida no significa que esté muerto: digamos que está esperando volver, como se dice de los espíritus, en un cuerpo nuevo.

Dicha la cursilería, comparto con los que siguen por ahí y que tan bien nos acompañamos cuando estos bares eran más animados, como con los que pasan a curiosear en esta tapera, la novedad de que tal vez esa idea del "cuerpo nuevo" no esté tan fuera de lugar: tengo la fortuna de que algún escrito de por aquí vaya a ser parte del catálogo de la Editorial Funesiana. Qué me contursi??

Ya les contaré.

Gracias por todo.

10 junio, 2013

El don II

La historia del libro que voy a contar empieza, si no antes, en La Plata. Antes de su factura material, comenzó a ser deseado e imaginado allí. La parte que corresponde al papel y la tinta, se concreta en Barcelona. En el medio, claro, un viaje, una escritura, muchos años. Luego, dos amigos se encuentran a compartir un asado a la argentina en una terraza del Gótico. Hablan poco de los viejos tiempos y bastante más de las urgencias de la edad. El libro pasa de manos, junto a otros tres ejemplares. Vuela en la bodega de un Boeing hasta Buenos Aires, y de allí, nuevamente a La Plata. Las historias de libros que me gustan son morosas y suponen involuntarias esperas: pasan meses hasta que el amigo mete el libro en un sobre. Lo lleva consigo en su diario trajín a Buenos Aires y desde allí lo despacha en encomienda a la lejana Patagonia. El correo jura y perjura haber intentado la entrega y haber dejado el correspondiente aviso, nunca advertido por el destinatario, que meses después pregunta por el libro. Lo rastrean. El paquete fue devuelto al remitente, que tampoco advirtió el correspondiente aviso. A pesar de haber sido despachado desde Buenos Aires, el libro espera (esperamos que aún espere) en una sucursal del correo de las afueras de La Plata. Allí irá el amigo a buscarlo, si aún está, y no volverá a despacharlo, sino que lo guardará: el tercero vendrá por él desde el Sur en unos meses, para concretar por fin en La Plata el encuentro con un libro que fue soñado en esa misma ciudad, donde los tres amigos se conocieron, y que le está dedicado.

23 mayo, 2013

La caída de Tokio

"...cada cual tiene un trip en el bocho, difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo...'

Tomados de la mano dimos el paso.

Saltamos apenas un pozo más que nada nominal y ya del otro lado nos volvimos con nostalgia, pero seguíamos tomados de la mano.

Vimos a Tokyo desplomarse en silencio, mudo, "como leones ciegos".

Vimos la lava devorar las avenidas y achicharrar a los autos como caracoles y a los caracoles evaporarse como cabecitas de fósforos. Vimos amapolas y azahares abrazarse de júbilo, aferrarse a los muros y acariciar el musgo y la hiedra.

Vimos humo huir de Tokyo, perseguido por vapor y exhalaciones. El humo se dobló, rozó el vapor y burló a las exhalaciones. Corrió, se dispersó, ensambló los dedos de las manos como un sabio japonés que no espera nada. El vapor se coló de a poco, hasta quedar despegado, desdoblado, desmedido.

Se hizo agua el vapor y la lluvia les lavó los pies a las amapolas.

Llueve con ganas, a veces. Otras veces parece que fuera a morir un tigre o incendiarse una pagoda. Llovió con ganas, aquella vez.

Ganas de golpear tambores.

Las amapolas agradecieron el baño con flores de dos metros (o tres) y los azahares buscaron el sol con notorio esfuerzo, que les hinchó las mejillas blancas hasta que las venas verdes parecían avenidas.

Ni una rata murió en la tormenta (saben pararse en el lugar exacto donde no cae la lluvia, puesto que es sabido que las gotas caen siempre en el mismo lugar).

Los perros vergonzosos, en cambio, corrieron por los pasillos y las escaleras y con los rabos muy cerca del suelo fueron muriendo de a uno, de a dos, nunca de a tres.

Amarillas máquinas despejanieve los apilaron.

Un alma piadosa arrojó un caracol encendido que prendió como un rumor en las uñas resecas, en los dientes picados.

Lo vimos todo, tomados de la mano.

Giramos sobre un pie (el derecho yo, el izquierdo vos) y nos alejamos del pocito nominal que se estaba llenando de lava o de lluvia, según quien de nosotros se volviera a mirar.