08 junio, 2009

Luz de luna

Ahí está, puedo verla. Tantas noches he pasado acá, bajo su ventana, restregándome bajo el pálido fuego de la luna estas manos delicadas, un manojo de dudas, hasta verla salir a caminar por las calles de Nueva Orleans. La he perseguido como... qué otra cosa decir: como un lobo.

No sé cuántos rosarios he rezado. Sí sé que le he pedido cada vez al Señor de los cielos fuerza para destruir esto que amo y amar esto que destruyo, pero bajo la tenue luz de la luna he deambulado, oculto el rostro pecador por el ala del sombrero, y la he seguido, inocente y desprevenida, niña rica. Es como un llamado, la luz de la luna, las luces brillantes, la gente. No es algo que pueda elegir. Ya no recuerdo cuándo me convertí en esto que soy, cuándo fue que me ví atrapado en esta vida y empecé a regatearle al día mi rostro, cuándo empecé a rondar las noches.

Ya está, ya la tengo. No escuchará mis pasos ni verá acercarse mi sombra.

Brilla la luna sobre la calle Bourbon.

21 marzo, 2009

Este post contiene spoilers

...pienso en dejar de escribir. Cada vez que pasan semanas sin que el acto de escribir adquiera otro valor que el que corresponde a una serie más o menos domesticada de ejercicios mediocres de un oficio, pienso en el hecho de dejar de escribir. Y no me refiero a tomar la decisión de no hacerlo más, sino de descubrir, de darse cuenta, como en el fragmento de Onetti, que uno "deja de escribir", así, en presente digamos que continuo.

Y pienso en que el fragmento de Onetti le dio una forma a la vaga sensación que tuve al completar la última página de Los detectives salvajes: "es esta una novela sobre dejar de escribir".

Novelas sobre ser un voluminoso cuerpo muerto baleado absurdamente en medio del desierto de Sonora...

18 febrero, 2009

"Como en tantas otras noches...

... con el mismo grado de velocidad en los movimientos, sabiendo que copio, sin quererlo, gestos de noches anteriores, sintiéndome revivir orgullos, melancolías y postergaciones, dejo de escribir..."

Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres.

13 febrero, 2009

Calistenia

En la dimensión física del escribir, entra también el desentumecerse los dedos. Agitarlos velozmente sobre el teclado, garrapatear (garrateclear) boberías nada, carabelas, letras en orden tuntún, qwerty uióp, y entrelazar los dedos, dar vuelta las palmas hacia el frente, estirar los brazos (hiperextensión de los músculos extensores del alma).

Luego, con suerte, lograr que una idea aparezca: en la dimensión física del escribir, el tímido calor de las manos ("me pican las manos, reina") busca estimular la secreción de los jugos que ponen a funcionar la mente (secreciones del alma), para lograr que la brutal inercia ceda y la motricidad fina (de los dedos y del alma) dé lugar a un verso, una estrofa, un poema, un cuento, un ensayo o algo, apenas algo, algo así, que sea (en sí y para otros) un hecho social significativo...

23 octubre, 2008

Beat


¿Lo volvieron a escuchar? Bonito, ¿no? Me gustaría ahora dirigir parte de su atención hacia el final de la pieza. Espero que hayan reparado en el largo espacio de silencio que transcurre entre los tres acordes que la culminan.

Me gustaría hacerles notar una cosa, si están dispuestos a creerme: esos acordes se forman mediante las varias notas individuales que tocan los muchos guitarristas que mencioné en el post anterior. ¿Qué cómo lo sé? Bueno, digamos que lo escuché por ahí.

No sé si será evidente para ustedes una cosa: para que esos acordes suenen como tales, debe haber algo que les permita a los músicos actuar de consuno. No se trata de una espera caprichosa que cada instrumentista quiebra según su antojo. Si así fuera, escucharíamos un desordenado arpegio, algo como la caída del estante con las copas, una cascada de bochinche.

En cambio, como una resbalosa referencia, estos guitarristas guardan, en el estricto silencio, el tiempo.